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Saturday, July 28, 2012

"Dos hombres junto a un muro" de Marta Brunet

Dos hombres junto a un muro
Marta Brunet (Chile, 1897-1967)
Para leer el ejercicio de lectura y escritura de este cuento haga clic aquí

En la parte alta del muro encalado, pequeñas ventanas eran manchas de sombras rectangulares. Había una clara noche estival, sin luna, con las estrellas de plata facetada dando reflejos azulencos en la atmósfera muy pura. Un camino cercaba el muro y una paz profunda decía reposo absoluto en seres y cosas.

Arriba, en el boquerón obscuro de un rectángulo, una mancha clara apareció lentamente, como surgiendo de las entrañas de las sombras: un rostro de hombre que se apegó a la cruz de los barrotes y largo rato se quedó tendido al silencio. Una campana en la ciudad dio la hora, dos largos y recios toques que fueron abriendo sus círculos vibrantes hasta perderse allá lejos, donde los cerros brumosos se fundían al horizonte también en bruma. Entonces la cara del hombre se apartó un tanto de la ventana. Dos manos se aferraron a los barrotes y tras una serie de movimientos que no producían el más leve ruido, la cruz se desprendió, rota por el sitio en que los hierros habían sido limados. Una cuerda delgada y fuerte, anudada a trechos, serpenteó muro abajo, hasta tocar el suelo. Aparecieron en la ventana los pies y las piernas del hombre, luego el cuerpo y al fin la cabeza. Los brazos seguían adentro, sujetas las manos al resto de los hierros. Se daba ahora a escuchar. Seguía el silencio hondo, taladrado sólo por un grillo. Súbitamente nació en él la vacilación. Miró la negrura de la celda. Aquello, a pesar de todo, era lo seguro. En cambio la claridad de afuera era lo
desconocido, lo incierto por venir. Continuaba el grillo su trabajo sin tomarse una pausa de reposo. Y súbitamente, también, sintió que ese ruido en dos tiempos lo tomaba, lo motorizaba, empujando sus músculos a la tarea del descenso.

Las manos iban lentas y seguras apropiándose de los nudos que las afianzaban y los pies descalzos en la pared defendían el cuerpo del roce delator. El cric-crac del grillo se hacía más agudo y el hombre sentía que en el corazón otro grillo sonaba al par que aquél, estridentemente.

Cuando tocó el suelo tuvo una especie de vértigo de angustia, tomado siempre por las dos sensaciones opuestas: la seguridad que dejaba arriba y lo pavoroso que lo aguardaba tal vez en un segundo más. El grillo calló y el silencio fue una opresión intolerable. El hombre no se atrevía a aventurar un movimiento. Estaba ahí, apoyado contra el muro, caídos los brazos, la barbilla sobre el pecho.

Era un hombre joven, cenceño, oliváceo, con los ojos encajados muy adentro en las cuencas sombrías. Un tic le atirantaba la boca en una patética expresión de niño que fuera a llorar. Las manos, de largos dedos duros de huesos, tenían gestos bruscos que trazaban el gesto inequívoco de su nerviosidad.

Seis meses pasan lentos cuando transcurren allí, pero al fin de esos seis meses por venir, soportados pacientemente, está la vida segura, la buena vida libre y sin tropiezos, que una experiencia dolorosa es bastante para abrir los ojos al bien y al mal. Alzó la cara y miró la cuerda, fina raya sobre lo blanco del muro. Seis meses... Una de las manos se alzó y se cogió sólidamente a un nudo. Volver arriba y dejar que un día sucediera a otro día y que muchos acumulados formaran los seis meses que le darían la libertad. Pero el grillo se echó de nuevo a taladrar las sombras y en el hombre se hizo inmediatamente el ansia que no admitía dilaciones.

Atravesó el camino y adosado a la pared de enfrente caminó unos pasos hasta llegar al sitio que tenía que escalar. Sacó del bolsillo una nueva cuerda con un garfio en la punta, especie de ancla que debía clavarse arriba. Con un gesto silencioso y preciso la lanzó sobre el muro y se quedó después un largo rato escuchando. Tiranteó la cuerda, que estaba firme y segura. Entonces, ayudado de pies y manos, subió hasta quedar tendido en la arista superior. Recogió luego la cuerda, lanzándola a la parte externa. Abajo se extendía un prado de suave pasto y más allá unos grupos de árboles limitaban en una reja.

Empezó a bajar. Reinaba el profundo silencio intolerable. La compañía del grillo se había quedado atrás. Cada vez tomaba más precauciones. Hubiera querido acallar los golpetazos sordos de su sangre y el roce casi imperceptible de las manos en la cuerda y el jadear oprimido de la respiración. Hubiera querido no ser, diluirse en las sombras. Cuando faltaban unos metros para llegar abajo, sintió unos pasos que avanzaban firmes y rápidos, acompasadamente. Le pareció que se moría, que la respiración se le quedaba dentro del pecho y que lo ahogaba, que el corazón le echaba a la cabeza una ola de sangre aturdidora, que en los oídos un rumor de marea lo dejaba sordo. Maldijo su ansia de fuga y las habladurías del Choroy, que lo impulsaran a ella. ¿Qué hacer? ¿Cómo era aquello? ¿Por qué a esa hora una ronda? ¿Cómo? ¿Cómo?

Quien avanzaba se detuvo junto a la cuerda y dijo:

--Ya está, bájate de una vez.

El hombre entontecido bajó sin saber lo que hacía. Era como vivir un tal sueño. Al poner pie en tierra se tambaleó. El que hablara --era un viejo de blancos pelos y ojos grises, serenos y tiernos--- volvió a decir, con la voz de grave modulación teñida de reproche:

--Para hacer estas cosas hay que tener más ñeque y no andar desmayándose como una señorita...

Lo seguro estaba arriba, en la celda de estrecha ventanita, detrás de la cruz fría de los barrotes. Seis meses aún... ¿Y ahora? Lo cogió un escalofrío y un sollozo se le ahogó en la garganta.

--¿Qué es lo que te ha agarrado a ti de repente para hacer esta lesera? Siempre habías sido tan sosegado...

Quiso decir algo y la garganta sólo le produjo sonidos ininteligibles y lamentables. El viejo lo miraba severamente, sin temor a un movimiento que lo pusiera en fuga, sin temor a un arrebato que provocara una agresión. Conocía él bien a su gente...

--Yo. Yo... --barbotó al fin--. Me iba... Quería irme a ver si era cierto... Me había dicho el Choroy... Me dijo que... Me dijo el Choroy, el que está recién llegado..., me dijo...

--¿Crees que estás hablando con mucha claridad?

--Yo... Yo...

--Sí, te querías fugar. La que te espera con ésta... Pero ¿ de dónde te bajó el arrebato de irte, a ti que pareces tan mosca muerta?

--Quería ir a ver si era cierto... Es que... Usted no sabe lo que es querer a una mujer y estar sin noticias de ella meses de meses, años de años, y de repente saber que vive con otro hombre. Usted sabe que yo no estoy aquí porque sea malo ni porque haya hecho lo que hice a conciencia. Si maté fue porque estaba borracho y con trago nadie es responsable de lo que hace. Hasta los mismos jueces se dieron cuenta de mi desgracia y me dieron una condena corta. Pero los años son despaciosos para pasar y la mujer viene cada vez menos a verme. Y de repente llega aquí un amigo que me cuenta que ella está viviendo con otro. ¿Qué quiere que haga, mi primero? Estoy como loco y sólo tengo la idea de saber la verdad, aunque me cueste la vida. No me importa nada, nada, sino ver lo que ella está haciendo, si me engaña o no me engaña. Lo prefiero todo a seguir en la duda, que es peor que un pájaro que le fuera a uno comiendo el corazón. Se lo pido por lo que más quiera, déjeme irme, mi primero. Le prometo que vuelvo en cuanto vea qué hay de cierto. Se lo prometo, se lo juro por esta cruz, por mi mamita, por ella misma, que es lo que más quiero en la vida... Déjeme irme, mi primero...

En los ojos del primero brillaba un enternecimiento. Miraba al hombre siempre fijamente, pero a través de él parecía mirar más lejos, algo que estaba en el pasado, doloroso y palpable.

El hombre seguía implorando:

--Hágalo por su mujer..., o hágalo por su madre o por sus hijos... Déjeme irme... A más tardar estaré de vuelta en unos dos días... Nadie me ha visto... No podrán hacerle a usted ningún cargo... Por favorcito se lo pido...

Lo interrumpió poniéndole una mano sobre el hombro al par que decía con seca voz que no admitía réplica:

--Vamos andando para tu celda. No metas ruido, anda despacito...

Pero al hombre se le aflojaron los músculos y todo el alto cuerpo endeble se le desplomó en un desmayo. El viejo le pasó un brazo por la cintura y lo alzó, llevándolo en vilo hasta la pieza en que estaba de guardia. Lo extendió sobre una manta, lo hizo tragar unas cucharadas de café y cuando el hombre empezó a reanimarse, dijo con la misma voz de metal, grave, pero en la cual vibraba ahora una nota de terneza:

--Te voy a contar una historia, para que sepas en lo que suelen parar estas arrancadas a ver una mujer que se quiere. Hace muchos años estuvo en esta misma cárcel un hombre joven que, al igual que tú, en una borrachera mató a su mejor amigo.

"El trago tiene la culpa de tantas cosas... Bueno. El hombre tenía una mujer a la que adoraba. Ya cumpliendo su condena no hizo otra cosa que trabajar en los talleres, en su oficio de ebanista. Su único objeto era juntar unos pesos para entregárselos a su mujer cada vez que ésta venía a verlo. Así pasaron los años. Buen obrero, llegó a ser el capataz de los de su oficio. Era el modelo de los presos. Llevaba más de la mitad de su condena cumplida, cuando cayó en la cárcel un amigo que también fuera amigo de su mujer y que le contó que ella vivía con otro hombre, desde hacía mucho tiempo, y que si seguía viniendo a verlo y le mostraba interés y cariño, era sencillamente por el interés de la plata. El hombre creyó volverse loco de pena y rabia. No sabía qué creer. Tuvo con la mujer una violenta explicación que lo dejó más lleno de dudas aún, ya que ella negó todo lo que el amigo seguía asegurando con detalles precisos. Entonces planeó la fuga. La planeó tan bien que una semana después estaba en su casa, en la casa que fuera la casa de su felicidad. Encontró a su mujer con otro hombre. ¿Qué se hace cuando los celos lo ponen a uno peor que una fiera rabiosa? Se insulta, se grita, se pega y se mata... Cuando el hombre volvió a la cárcel era con otro crimen encima. Había matado a su mujer, y si no mató al hombre que con ella vivía, fue porque este huyó cobardemente desde el primer momento. En este nuevo proceso los jueces fueron menos benévolos y lo condenaron a cadena perpetua. Pero el hombre era un buen hombre, se lo aseguro hermano. Tan buen hombre que en los años que siguieron no hizo otra cosa que trabajar y estudiar. Lo que menos esperaba le llegó un día: el indulto. Pero ¿para qué quería la libertad? Afuera, en el mundo, todo le era desconocido. Su vida era la vida del presidio, sus amigos eran sus compañeros, sus patrones eran sus vigilantes. Cuando le dijeron que podía irse pidió como un favor que lo dejaran en la cárcel en un puesto cualquiera, aunque fuera sin sueldo, pero que no lo echaran. Le permitieron quedarse. Y nadie se ha arrepentido de esta resolución porque ha sido hasta ahora un excelente servidor... Y nada más. Aunque los años pasen, siempre tiene en el corazón la pena negra de su crimen, de la mujer muerta por él... La vida... La vida tiene muchas enseñanzas, hermano. Yo le digo ahora: quédese aquí tranquilo... Olvide... La mujer... A la mujer hay que dejarla... Y perdonarla... Eso es todo.

Un silencio.

--Vamos andando. ¿Cómo estás? ¿Mejor? Vamos, entonces... Mira que después tengo que sacar los cordeles y arreglar los barrotes para que no se den cuenta de... tu lesera. Ya... Despacito y no llores más... No vale la pena llorar... Del mal el menos.

Son una gran sombra en los pasillos, una gran sombra que avanza lentamente, cautelosamente, hasta enfrentar la celda número 18, cuya ventana abre una pupila ciega en lo alto del muro encalado.

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