INSTRUCCIONES PARA PARTICIPAR EN ESTE BLOG Cada semana leeremos un cuento o un poema de algún autor hispano. Te invito a participar de la siguiente manera: 1. Escoge un cuento, poema, o ensayo de la lista de autores que aparece en la columna del lado derecho del blog. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí. 2. Después de leer el material elegido, crea una historia usando las ocho palabras que el grupo ¿Y... qué me cuentas? escogió en clase, o escoge otras ocho palabras de la lectura que quieras practicar. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí. 3. Sube tu historia usando el enlace de comentarios ("comments"). Lo encontrarás al final de cada lectura.
No temas cometer errores en tu historia. Yo estoy aquí para ayudarte. Tan pronto subas tu historia, yo te mandaré mis comentarios.
Recomendación al Gobierno de México por parte del Consejo Consultivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (CCIME) durante su XVII reunión ordinaria.
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
Para leer el cuento relacionado con este ejercicio, haga clic aquí
Cuento escrito por nuestro grupo de “¿Y qué me cuentas?” en Austin, TX, el 18 de enero, 2017
Nuestras ocho palabras:
1) salpicaduras
2) golpear
3) topacio
4) prado
5) chicos
6) carretera
7) crujiente
8) andrajo
Cuento:
Los chicos andrajosos caminaban por el prado hacia la carretera. El topacio del cielo les alegraba el camino cuando de repente pisaron algo crujiente. Pero no eran hojas, eran salpicaduras de metal golpeándoles en los brazos....
Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.
En un lugar de Sudamérica, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un cirujano cincuentón, tan rico que no necesitaba trabajar. En los ratos de ocio, que eran los más del año, se daba a leer novelas de detectives. Se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que perdió el juicio. Se le llenó la fantasía de todo aquello que leía en los libros; y vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que, picado porque en todas las novelas que leía la justicia acababa siempre por descubrir al delincuente, decidió cometer un crimen tan perfecto que a él sí que no lo descubrieran.
Alfonso Quiroga — que así se llamaba nuestro héroe — era recio de cuerpo y ágil de piernas, pero la cabeza lo avejentaba: calvete, arrugado, con gafas de miope y un bigotazo gris. Vivía en una hermosa quinta, en las afueras de la ciudad, sin más compañía que la de su servidumbre. Al frente se alzaban dos chalets. Aparentemente gemelos — por dentro la disposición de las habitaciones era diferente—, estaban separados por el garage, ancho como para tres automóviles. En el chalet de la izquierda, que era donde anteriormente había ejercido la profesión, estaba instalado Quiroga. El de la derecha había quedado deshabitado desde que murieron sus hermanas. Al fondo de la huerta, en una casita enjalbegada de cal, se alojaban Bonifacia, una india ya muy vieja pero insustituible como cocinera, y los hijos de Bonifacia: Lucía, redondita y agraciada; Manuel, con la boca desfigurada por una coz; y la mujer de éste, Teresa, una apagada. Todavía más atrás de la casita había un rancho, arrendado por dos peones.
El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos rombos de la pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba, más lejos, en unos invernáculos. El hombre pensó que esas cosas (ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza: Breslauer, los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos. Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.
Hace unas semanas, después de leer un cuento del libro Voces sin fronteras, hicimos este ejercicio. Te lo mando para que veas que seguimos trabajando y divertiéndonos.
¡Espero que tú también estés divertiéndote mucho y disfrutando tu nueva ciudad! Saludos y un abrazo, Keatha
Había un anciano que vivía en un espacio primitivo con su perro. El perro siempre sufría de picazones porque tenía muchas pulgas. Sus alaridos molestaban a la gente espiritual que rezaba en la iglesia de al lado. Esa gente decía que las pulgas iban a reencarnarse como perros, para abonar sus pecados.
con el tumba'o que tienen los guapos al caminar, las manos siempre en los bolsillos de su gabán pa' que no sepan en cuál de ellas lleva el puñal. Usa sombrero de ala ancha de medio la'o y zapatillas por si hay problemas salir vola'o, lentes oscuros pa' que no sepan que está mirando y un diente de oro que cuando ríe se ve brillando. Como a tres cuadras de aquella esquina una mujer va recorriendo la acera entera por quinta vez y en un zaguán entra y se da un trago para olvidar que el día está flojo y no hay clientes pa' trabajar. Un carro pasa muy despacito por la avenida, no tiene marcas pero to's saben que es policía. Pedro Navaja, las manos siempre dentro del gabán mira y sonríe y el diente de oro vuelve a brillar. Mientras camina pasa la vista de esquina a esquina, no se ve un alma, está desierta to'a la avenida, cuando de pronto esa mujer sale del zaguán y Pedro Navaja aprieta un puño dentro el gabán. Mira pa' un lado, mira pa'l otro y no ve a nadie y a la carrera pero sin ruido cruza la calle y mientras tanto en la otra acera esa mujer refunfuñando pues no hizo pesos con qué comer. Mientras camina del viejo abrigo saca un revolver,
esa mujer, y va a guardarlo en su cartera pa' que no estorbe, un 38 Smith and Wesson del especial que carga encima pa' que la libre de todo mal. Y Pedro Navaja puñal en mano le fue pa' encima, el diente de oro iba alumbrando to´a la avenida, mientras reía el puñal hundía sin compasión cuando de pronto sonó un disparo como un cañón. Y Pedro Navaja cayó en la acera mientras veía a esa mujer
que revolver en mano y de muerte herida a él le decía: "Yo que pensaba hoy no es mi día, estoy sal'á, pero Pedro Navaja, tú estás peor, no estás en n'á'". Y créanme gente que aunque hubo ruido nadie salió, no hubo curiosos, no hubo preguntas, nadie lloró, sólo un borracho con los dos cuerpos se tropezó, cogió el revólver, el puñal, dos pesos y se marchó. Y tropezando, se fue cantando desafinao el coro que aquí les traje, y da el mensaje de mi canción: la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios, Pedro Navaja matón de esquina, quien a hierro mata a hierro termina... La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios. Maleante pescador, al anzuelo que tiraste, en vez de una sardina un tiburón enganchaste.
I like to live in America
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios. ocho millones de historias tiene la ciudad de Nueva York. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios. Como decía mi abuelita: El que de último ríe se ríe mejor.
I like to live in America
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios. Cuando lo manda el destino
no lo cambia ni el más bravo, si naciste pa' martillo del cielo te caen los clavos. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay Dios.
Letra de Aguas de Marzo por Antônio Carlos Jobim (1927-1994)
Es palo, es piedra, es el final de un camino
Es un resto de tocón, algo solitario
Es un casco de vidrio, es la vida, es el sol
Es la noche, es la muerte, es un lazo, un anzuelo
Es el palo-rosa del campo, un nudo en la madera
Caingá, candela, es Matita Pereira.
Es madera de viento, alud en barranco
Es misterio profundo, es el quiera o no quiera
Es el viento venteando, el fin de la ladera
Es la viga, es el vano, Fiesta de los tijerales
Es la lluvia lloviendo, la voz de la ribera
De las aguas de marzo, el fin del cansancio
Es el pie, es el suelo, es marcha caminera
Pajarito en la mano, piedra del tira-piedras.
Un ave en el cielo, un ave en el suelo
Un arroyo, una fuente
Un pedazo de pan
Es el fondo del pozo, es el fin del camino
En el rostro el disgusto, un poco solitario.
Es un tarugo, un clavo
Una punta, un punto
Una gota goteando
Una cuenta, un cuento
Es un pez, es un gesto
Es la plata brillando
Es luz de la mañana, un ladrillo llegando
Es la leña, es el día, es el fin de la huella
La botella de ron, un accidente en la carretera
Es el proyecto de casa, es el cuerpo en la cama
Es el coche atascado, es el barro, es el barro
Es un paso, es un puente
Es un sapo, una rana
Es un resto de campo en la luz de la mañana
Son las aguas de marzo cerrando el verano
Es la promesa de vida en tu corazón.
Es una culebra, es un palo, es Juan y José
Una espina en la mano, es un corte en el pie
Son las aguas de marzo cerrando el verano
La promesa de vida de tu corazón.
Es palo, es piedra, es el fin del camino
Es un resto de tocón, algo solitario
Es un paso, es un puente
Es un sapo, una rana
Es un bello horizonte, una fiebre terciana
Son las aguas de marzo cerrando el verano
La promesa de vida en tu corazón.
Palo, piedra, fin del camino
Resto, tocón, poco, solo.
Trozo, vidrio
Vida, sol, noche
Muerte, lazo, anzuelo
Son las aguas de marzo cerrando el verano
La promesa de vida en tu corazón.
Matita Pereira (Matitaperê).- nombre que recibe el cuco rayado, crespín o crispín en Brasil. A su vez relacionado con el folclore de Brasil a través del personaje Sací. Un joven con una sola pierna, negro o mulato, con agujeros en las palmas de sus manos, que fuma en pipa y usa una gorra mágica de color rojo para aparecer o desaparecer. Una criatura bromista que concederá deseos a todo aquel que sea capaz de arrebatarle su gorra. Este personaje es capaz de transformarse en el esquivo Matitaperê para escapar u ocultarse.
Festa da cumeeira.- conocida en Chile como la fiesta de los Tijerales; los tijerales son las vigas que nacen de las soleras de los muros y que se unen en la quilla o viga maestra de una construcción, conformando la estructura sobre la que irá la techumbre. Antes de que lleguen las lluvias, en las construcciones a las que hace referencia la canción, se debe dejar terminada la techumbre y, por tanto, los tijerales con su respectivo festejo. Jobim utiliza aquí el símbolo de esta fiesta (fiesta de la Cumeeira en Brasil) que celebra el fin del proceso de construcción del tejado de una casa.
Bello horizonte.- Juega con ambigüedad de utilizar el término bello horizonte; Belo Horizonte es la capital del estado de Minas Gerais y, además, puede ser un horizonte bello, proporcionado por el cambio de estación y la llegada de las aguas.
En la penúltima estrofa, Elis y Tom cantan la canción cortando las palabras por la mitad. Por eso quizá suene distinto a lo que está escrito, pero esa es la letra correcta.
Miles de disculpas por tenerlos tan abandonados. El proceso del doctorado es intenso y--aunado a tener que cumplir con un trabajo 8 horas diarias--comprenderán que no tengo tiempo ni de respirar. La buena noticia es que acabo de iniciar el proceso de investigación/escritura de la tesis así que ahora sí tendré un poco más de tiempo para actualizar el blog. Por lo pronto, agrego el ejercicio que hizo el grupo "Y qué me cuentas" en Austin, Texas. Keatha, gracias por enviarlo.
Para leer el poema relacionado con este ejercicio, haga clic aquí
Cuando el viento soplaba, escuché el sonido de una flauta. Parecía venir de las ruinas de la vieja torre. Pero el sonido no eran flautas, eran las espadas viejas batidas por los soldados borrachos de ginebra.
La glorieta en frente de la torre hace un contraste grande con las ruinas y su muchedumbre de personas vestidas en su ropa ceñida.
Sigan escribiendo y creando sus propias historias :)
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas. Todavía antes me había dicho: —No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro. —Así lo haré, madre. Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.
El comandante Benjamín Aranda perdió una mano en acción de guerra, y fue la derecha, por su mal. Otros coleccionan manos de bronce, de marfil, cristal o madera, que a veces proceden de estatuas e imágenes religiosas o que son antiguas aldabas; y peores cosas guardan los cirujanos en bocales de alcohol. ¿Por qué no conservar esta mano disecada, testimonio de una hazaña gloriosa? ¿Estamos seguros de que la mano valga menos que el cerebro o el corazón?
Meditemos. No meditó Aranda, pero lo impulsaba un secreto instinto. El hombre teológico ha sido plasmado en la arcilla, como un muñeco, por la mano de Dios. El hombre biológico evoluciona merced al servicio de su mano, y su mano ha dotado al mundo de un nuevo reino natural, el reino de las industrias y las artes. Si los murallones de Tebas se iban alzando al eco de la lira de Anfión, era su hermano Zeto, el albañil, quien encaramaba las piedras con la mano.
Antes de que empezara la pelotera descomunal del progreso, quienes tenían algunos ahorros, los enterraban, era la única forma conocida de guardar dinero, pero más tarde la gente les tomó confianza a los bancos. Cuando hicieron la carretera y fue más fácil llegar en autobús a la ciudad, cambiaron sus monedas de oro y de plata por papeles pintados y los metieron en cajas fuertes, como si fueran tesoros. Tomás Vargas se burlaba de ellos a carcajadas, porque nunca creyó en ese sistema. El tiempo le dio la razón y cuando se acabó el gobierno del Benefactor —que duró como treinta años, según dicenlos billetes no valían nada y muchos terminaron pegados de adorno en las paredes, como infame recordatorio del candor de sus dueños. Mientras todos los demás escribían cartas al nuevo Presidente y a los periódicos para quejarse de la estafa colectiva de las nuevas monedas, Tomás Vargas tenía sus morocotas de oro en un entierro seguro, aunque eso no atenuó sus hábitos de avaro y de pordiosero. Era hombre sin decencia, pedía dinero prestado sin intención de devolverlo, y mantenía a los hijos con hambre y a la mujer en harapos, mientras él usaba sombreros de pelo de guama y fumaba