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Monday, February 9, 2015

"Fragmentos del Libro Invisible" de Silvina Ocampo

Fragmentos del Libro Invisible (Silvina Ocampo)
Argentina

Cerca de las ruinas de Tegulet, en la Ciudad de los Lobos, antes de mi nacimiento, hablé. Mi madre, encinta de ocho meses, me oyó decir una noche: "Madre, quiero nacer en Debra Berham (Montaña de Luz). Llévame, pues allí podrás ser la madre de un pequeño profeta, y yo el hijo de esa madre. Cumpliendo mis órdenes te aseguras un cielo benévolo".

De mi discurso prenatal conservo un recuerdo vago envuelto en brumas; una festividad de flores y de cánticos, a medida que pasa el tiempo lo alegra. El viaje era largo y peligroso, pero mi madre, que era ambiciosa, pintó sus ojos, untó de manteca su pelo, elevó su peinado como una colmena, y con todas sus pulseras –que le servían por las mañanas de espejos–, los pies desnudos y su mejor vestido, obedeció a mi voz. El sol del verano como una enorme hoguera abrasaba a los hombres. Ella lo atravesó sin perecer porque me amaba.

Los relatos de mi madre, que guardaba como una reliquia, el vestido hecho jirones por el viaje (además de una fiebre palúdica y una erupción en forma de rosas, sobre la dorada oscuridad de su piel), exigían mis explicaciones: "No fue por vanidad que te ordené un viaje tan penoso. Si no me hubieras oído hablar en tu seno antes de nacer, si no hubieras acudido a Debra Berham, no hubieras sido mi madre: esto molestaba a tu alma y no a mi soberbia.
Tengo muchas cosas tuyas que juntar en este mundo para llevarlas al cielo". "Contemplar un árbol o una jirafa, respirar el olor de la lluvia o del fuego, oír las carcajadas de las hienas, mirar de frente el sol, en éxtasis la luna, no parecen cosas importantes: no sabremos nunca todo lo que hemos perdido o ganado en esos instantes de contemplación. Un mes antes de mi nacimiento, si no hubieras estado, en la noche, esperando los cantos del alba; si hubieras estado como tus hermanas, dormida, no hubieras escuchado mi voz en tus entrañas. Fuiste dócil al destino, fuiste atenta: de ese modo se logra la dicha." Mi caballo rojo espanta los reptiles cuando lo llevo al río a beber. Grutas, follajes intrincados, son mis guaridas en los días de tormenta, pues nunca duermo debajo de un techo. Me alimento de frutas, de yerbas y de raíces. Mi rostro, como los cielos del poniente y de la aurora, jamás se repite. No me conozco. Conozco a los otros, a los que me conocen. Algunos pastores dicen que soy un monstruo, con largo y sedoso pelo, otros que soy de una belleza deslumbrante y altiva. Dicen que mis ojos son de un azul profundo, de un verde desvaído, tan hundidos en las órbitas que no se pueden ver sino a ciertas horas. Dicen que mis pupilas sólo reflejan el rostro de los seres que comparten mi fervor y que los otros ven en ellas el mero reflejo de una calavera o de un mono.

La mentira origina el miedo y el miedo la mentira.

Conozco el lenguaje de los muertos, de las plantas abisinias, de las bestias y de los minerales. He compuesto dos libros, dos libros invisibles cuyas frases imprimí únicamente en mi memoria, sin recurrir a la tinta, al papel y a la pluma. Desdeño esos groseros instrumentos que fijan, que desfiguran el pensamiento: esos enemigos de la metamorfosis y de la colaboración. El que se atreva a imprimir mis palabras las destruirá. El mundo no se reirá de mí sino de él. Mi libro, en caracteres impresos, se tornaría menos importante que un puñado de polvo.

El primero de mis libros, que se titula El Libro de la Oscuridad, lo comencé a los doce años. Ni en un árbol, ni en una piedra, ni en la tierra, donde a veces dibujo, grabé uno solo de mis pensamientos. Al principio las frases se formaban en mi mente con dificultad, con lentitud. Una vez que se arraigaban en mi memoria las hacía repetir por mi madre, y, cuando fui mayor, por mis discípulos, que a veces se equivocaban. Estas equivocaciones todavía me deleitan: suelo modificar mi texto de acuerdo con ellas.

La memoria es infinita, pero más infinita y caprichosa, como los senderos de un dédalo, es la invención que la modifica. Mis discípulos tratan de reemplazar la memoria con la imaginación. El segundo libro, que actualmente compongo, y que contiene hacia el final mi autobiografía, se titula El Libro Invisible. Nunca compongo más de nueve frases por día, nunca menos de tres. Al principio necesitaba recurrir a los objetos y a los lugares inspiradores: si hablaba de una piedra tenía que tenerla en mis manos mucho tiempo; si hablaba de una gruta, permanecía en su recinto varios días y varias noches contemplando los cambios de la luz según las horas; si hablaba del agua de un lago tenía que vivir en sus orillas; si hablaba de alguno de mis discípulos tenía que pasar largas horas con él, escuchando su voz, estudiando la estructura de sus frases, las formas de sus equivocaciones, la expresión de su dicha o de su tristeza.

Creo en un número incalculable de dioses que moran en el sonido, en la forma, en el color, en la fragancia. Ninguna cosa es más importante que otra. Yo no deseaba asombrar a nadie, pero ciertas actitudes mías lograron el asombro.

En vez de aspirar una flor, la acercaba a mi oído y, ante los trémulos

discípulos, decía: "Puedo oír el corazón de esta flor como el vuestro. Ella clama

por agua como vosotros por la gracia divina, y vuestra voz es pequeña como la

voz de esta flor. Dios tendría que acercarnos a su oído como yo acerco esta flor

al mío, pero no existe un dios que atienda a estas cosas".

"En las flores hay una voz misteriosa y fina como la del violín que escuchó mi madre, en Persia, a los nueve años. ¿No la oyen ustedes? Las flores y todos los elementos que componen la naturaleza tienen voces sutiles. El espacio está tejido por estas voces. El silencio jamás es absoluto. En las noches más profundas oímos siempre un murmullo lejano, revelador de una suma de infinitesimales voces: todos los pensamientos que se formulan en el mundo vibran en esas voces. En una piedra podemos oír, si escuchamos con atención, el trayecto del tiempo; en el ruido de la lluvia podemos oír el diálogo vacilante de los primeros hombres; en ciertas plantas podemos oír a las mujeres de la antigüedad elaborar secretos; en el estruendo de las olas que se elevan en los mares podemos oír la aclaración de algunos hechos históricos; ciertas alondras nos traen anuncios del futuro más próximo. Si ustedes no se dignan oír estas voces ¿cómo podría un dios oír las vuestras?"

A veces en medio de nuestros diálogos instaba a mis discípulos a cerrar los ojos y a estudiar la oscuridad (éste era uno de nuestros ejercicios diarios). Era penoso al principio. Los ojos cerrados, las moradas de nuestros ojos cerrados eran mundos luminosos donde existían flores, pájaros, rostros, paisajes, objetos imprecisos. Mis discípulos tenían que describir estos mundos, uno por uno, detalladamente. Era difícil, casi imposible, precisarlos: se interponían imágenes indefinidamente variadas, y al final intervenía siempre el sueño. En El Libro de la Oscuridad aparecen más de mil láminas detalladas, más de mil formas distintas, que me transmitieron mis discípulos y que yo mismo estudié en largas meditaciones. Todas tienen un significado. Tratábamos vanamente de hacer coincidir las formas que veíamos en cada una de nuestras oscuridades. Uno de mis discípulos descubrió en mi mano, al abrir los ojos, una hierba amarilla que nació en los dominios de la oscuridad. El sólo la había visto y la encontró en mi mano. Éste fue tal vez el milagro más involuntario que realicé en mi vida. ¿Por qué no elegí un rostro, o aquel jardín con grutas azules, o aquel océano incendiado, para trasladarlos a este mundo, en vez de aquella hierba minuciosa cuyo origen nadie conocerá? Esta planta se llama "Planta dorada". El viento llevará sus semillas al Monte del Líbano y a las sendas que conducen a Damasco. Florecerá en mayo y será invisible durante el día. La buscarán los alquimistas porque puede transmutar los metales.

He vivido mucho; demasiado. Veré morir a mis discípulos. Un día penetraré en las regiones que se extienden más allá de la vida. Las visitaré antes de morir. Para eso he estudiado. Lebna, el menor de mis discípulos, era reservado y meditó su muerte con pudor. Era difícil advertir un cambio en él. Con la cabeza inclinada sobre el brazo izquierdo, como cuando descansaba boca abajo, yacía entre las hierbas. No es cierto que ordené un breve silencio a los pájaros y que agrandé el tamaño de la primera estrella, en señal de duelo como algunas personas lo aseguran. "La puesta de sol no es más dolorosa que el alba: si no me afligió tu nacimiento por qué ha de afligirme tu muerte." ¡Ah, qué vana me pareció mi voz sin el eco de la suya! Todas nuestras frases llevan un signo inicial de interrogación: la respuesta está en el oído que la escucha y no en las palabras que la contestan. Con dolor penetré en ese vacío templo del silencio. ¡Ah, qué joven era yo entonces! Después de estas palabras designaré sólo la hora de aquel lugar desierto. Las horas son mansiones en lugares donde no hay edificios. Las horas son personas en lugares solitarios. El mediodía, como una torre, brillaba con cien espejos. El mediodía, como cien jóvenes, deslumbrantemente pesaroso, permanecía inmóvil. "A la hora en que nace la primera estrella vendrás a mi encuentro. Lebna, no me ocultes nada. No eres un adulto en el reino de los muertos; todavía eres un niño." Con estas palabras llamé a Lebna.

Siguiendo la luz de la primera estrella llegó a las nieblas rosadas de este mundo. Se sentó a mi lado en el banco de la plaza desierta y me dijo: –Lo único terrible de la muerte es no saber cuándo uno muere. ¿Qué podría decirte ahora de mi trayecto, de mi viaje al otro mundo? Pasé por muchas puertas; algunas modestas, conmovedoras, otras con incrustaciones de oro y de piedras preciosas que me escandalizaron. Pasé por muchas puertas transparentes, como de hielo, en cuyas transparencias se veían ciertos colores que los mortales no alcanzan a ver; por muchas puertas altísimas, silenciosas, cubiertas de follajes, de frutos y de pájaros cuyas alas trémulas irradiaban luz en las maderas labradas. Pasé por muchas puertas horribles –algunas eran diminutas, algunas tenían una mano de hierro o de bronce, a un lado, o la cabeza de un león mordiendo un aro, en el centro– antes de hallar el otro mundo en un paisaje complicado, entre edificios y objetos heterogéneos, entre camas, cuadros, armarios, arcos, estatuas, columnas, glorietas, miniaturas, látigos, Bistros, tabernáculos, aureolas, espadas, baldaquines, linternas mágicas, barajas, astrolabios, cariátides, mapamundis.

Lebna me hablaba con una naturalidad que parecía fingida.

–Al principio creí que había llegado a una casa de remates, pero había

jardines y bosques y lagos. Es un lugar bello y a la vez horrible. Algunas cosas son idénticas a las que yo había imaginado después de oír tus palabras; otras seguramente se me hubieran ocurrido si hubiera meditado más tiempo sobre la posible complejidad del cielo junto a ti; otras, no se me hubieran ocurrido nunca, porque te hubieran desagradado. Allí, todo lo que nos parecía de oro y no era de oro en el mundo, es de oro: por ejemplo, las retamas iluminadas por el sol, o el pelaje de algunos animales. Todo lo que nos parecía de plata, y no era de plata en el mundo, allí es de plata: por ejemplo, el follaje del cedro del Líbano, o el agua de un pantano en la noche. Pero lo que es más maravilloso es la muchedumbre de objetos que hay y la música dulce que se escucha en sus recintos.

–Qué parecido eres muerto, Lebna, a lo que eras cuando vivías –le respondí–. Te gustaban los objetos. Hacías colecciones de plumas de pájaros, de dientes de leche, de piedras que lustrabas con la palma de tu mano hasta que brillaban y que luego horadabas para hacer collares. Te deleitaba el canto de las ranas.

–¿No habremos soñado que has muerto? Las cosas que me dices no me asombran. Las puertas que me describes me repugnan como me repugnan algunas de las puertas de las casas de la gente rica. Sabes que no tengo predilección por las puertas. He vivido siempre afuera. Las grutas y los follajes donde me he guarecido no tienen puertas. En este mundo las cosas que te parecían bellas no me agradan. Sin embargo, no confío mucho en ti. Nunca fuiste observador.

–Siempre me decías que no era observador. Para disimular mis mentiras muchas veces hablabas de mi imaginación.

–En el cielo, si es que estoy en el cielo, no necesito ser observador –me decía Lebna–, no necesito mentir. Allí puede tocarse el fuego: esto no es una mentira. El interior de las llamas, que parece a veces el interior de una fruta al sol, puede probarse, el gusto que tiene es superior al gusto de la miel de las abejas más refinadas: esto no es mentira. Como se junta un ramo de flores, podría juntar un ramo de llamas, con las llamas más ardientes, anaranjadas, azules o violetas.

–Las frutas adivinan los deseos de quienes las van a probar, tienen más o menos azúcar, son más o menos ácidas de acuerdo con cada paladar. Cambian también de forma para agradar a las personas que las miran. La primavera es eterna en algunas regiones y hay ríos de leche, de miel y de licores cuyo gusto es inmaterial como el de las flores. Hay lámparas que pueden iluminar diez mil jardines a la vez y que son pequeñas como luciérnagas o como la piedra preciosa de un anillo. Hay grutas azules donde la sed no existe y mares obedientes donde cantan sirenas benignas en los bordes nacarados de las olas. La salud es variada como eran variadas en el mundo las enfermedades. La ausencia de dolores tiene distintos grados de agudeza. En los senderos de los jardines hay piedrecitas en cuyo fondo se encuentran diminutos jardines, millones de diferentes jardines; penetrar en ellos no es imposible. En cada gota de rocío hay otra noche en miniatura, con sus estrellas. Contemplar estas bellezas es un entretenimiento inagotable, pero también hay cosas horribles que no sabría describir sino muy lentamente. Hay pájaros anaranjados, con seis patas y cuatro alas, sin cara, sin ojos. Hay un crisantemo grande como un imperio en cuyos pétalos mil hombres pueden pasearse. Los pensamientos vuelan como las mariposas. Hay lagos donde el agua es dura como una piedra transparente. Hay perros con caras de hombres y ovejas como árboles. Hay fuentes de donde mana un agua que no moja; árboles con plumas suaves. Hay casas de hielo con muebles de hielo. Hay soles pequeños como granos de azúcar pero más brillantes que el mismo sol. Hay un ajedrez de nácar con verdaderas reinas y un ruiseñor mecánico cuyas veinte mil canciones corresponden a cada una de sus veinte mil plumas.

Descubrí veinte de las figuras de El Libro de la Oscuridad diseminadas.

Apenas las reconocí, se perdían entre tantos objetos. Reconocí también unas plumas lustrosas como las que más codiciaba en este mundo, unas piedras horadadas, unos dientes de leche del color de la nieve. Oh, hermanos, reprimid los suspiros, no guardéis luto por los objetos perdidos ni por los hombres muertos. Que la hierba se seque, y que la flor caiga, pero que el pensamiento dure para siempre.

Muchos muertos creerán que están en el cielo cuando llegan al infierno; esto no sucede por obra de la misericordia divina ni por la perversidad de un demonio que colmándonos de lujo y de belleza física agota la pureza de nuestro espíritu: esto sucede porque está en la naturaleza del hombre equivocarse. En el invierno de una noche murió Nastasen, el primogénito de mis discípulos. Follajes oscurecidos me anunciaron su muerte. Lo imaginé a la distancia, con el cabello ensangrentado y un tigre a sus pies. Encontramos su cuerpo flotando en la superficie de un lago donde solía bañarse a la luz de la luna, en verano. Un tigre lo había herido, en el lago; ya casi muerto intentó lavar sus heridas.

A la hora más blanca del alba cuando rompen a cantar los pájaros, envuelto en las alas del viento, llamé a Nastasen. Siguiendo la luz del alba llegó a mi lado. Reclinados en el parapeto de un puente mirábamos el agua mientras hablábamos. Su voz tranquila y melodiosa se elevaba como un rayo de luz entre las sombras.

–Pasé por muchas puertas modestas, cubiertas de follajes o de marfil con rosas, o con incrustaciones de oro y de piedras preciosas, o transparentes, en cuyas transparencias se veían colores que los mortales no alcanzan a ver, o silenciosas y altísimas. De acuerdo con sus descripciones reconocí muchas de las puertas que me había mencionado Lebna en su narración, comprobé que otras eran nuevas, recién colocadas: en algunas me dijo que había sentido un olor fresco a pintura o a madera. Las basuras, los aljibes, los pisapapeles, las glorietas se habían acumulado. Había visto unas pulseras iguales a las de mi madre, unas pesadas rosas como las que regaba en su jardín. Había oído una hermosa música, dulce y penetrante como la del violín de Persia en su recuerdo.

Si Lebna y Nastasen están en el infierno trataré de merecer la misma suerte. Estoy casi muerto, pero estoy pensando. Estaré muerto y seguiré pensando. El cielo o el infierno se compone de todos los objetos, sensaciones y pensamientos que los hombres tuvieron en la tierra. Esos objetos, esos pensamientos, esas sensaciones determinarán el porvenir de ese lugar infinito.

Oh, trama suspendida en el espacio, tejido luminoso y abyecto, que unirá el presente al pasado y el pasado al futuro. ¿Dónde nació tu primer hilo? ¿Somos el mero sueño de algún dios? ¿Somos una escala prismática? Lebna, Nastasen, Alda, Miguel, Aralia, mis discípulos, al ánfora de la sabiduría he acercado vanamente mis labios. ¡Qué amarga es su agua cristalina!

Mi madre desapareció misteriosamente. No he de llamarla como a mis discípulos, la visitaré; no le pediré que haga otro viaje. Ahora comprendo por qué sus pulseras, sus rosas y la música de su memoria se encuentran en el otro mundo. Tal vez volveremos a nacer y un día todo lo que pensemos o hagamos en la tierra alguien ya lo habrá hecho o pensado antes que nosotros. Entonces, sólo entonces, sabremos si ese lugar que nosotros los mortales hemos preparado es el cielo o el infierno.

Tanto afán tuve en nacer en Debra Berham y ahora lo que llevo en mis manos es un puñado de tierra, unas figuras de la oscuridad, una hierba, unas pulseras, unos frutos y unas flores. Con qué lentitud tan minuciosa tendré que esperar que los siglos renueven las palabras de mis libros y originen un nuevo caudal de objetos que perfeccionarán la felicidad o el dolor. Dios me verá como yo vi las imágenes en la oscuridad. No me distinguirá de las otras imágenes. Soy la continuación desesperada de mi libro, donde encerré a mis discípulos, a mi madre y a mí mismo.

Soy Lebna, soy Nastasen, soy Alda, soy Miguel, soy Aralia, soy mi madre, soy el caballo que espanta a los reptiles, soy el agua del río, soy el tigre que devoró a Nastasen y el terror de la sangre, soy la oscuridad múltiple y luminosa de mis ojos cerrados.

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