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Sunday, July 25, 2010

"Manos Muertas" by Jorge Ibargüengoitia

MANOS MUERTAS
Jorge Ibargüengoitia.

La ciudad de México, al crecer, fue tragándose, como un cáncer, los pueblos que estaban a su alrededor. Uno de ellos fue Coyotlán, que queda al sur. Desde que llegaron los conquistadores ha sido un pueblo de postín. Hasta la fecha tiene plaza de armas, convento del siglo XVI, calles arboladas, casas coloniales habitadas por millonarios, vista a la Sierra, aire puro, agua abundante, etc.
En una de las calles principales habían tirado una gran casa y fraccionado el terreno. Habían conservado una parte de la fachada y sobre ella, puesto un letrero que decía: "SE VENDEN TERRENOS. INFORMA EL DOCTOR GORGONZOLA."
La sala de espera del consultorio de Gorgonzola era un pasillo lóbrego lleno de monjas enfermas. Allí pasé media hora mirando un diagrama del aparato digestivo, en espera de que el Doctor me recibiera. Cuando entré en su despacho lo encontré en mangas de camisa, sentado frente a un escritorio. Le dije que quería comprar un terreno y él me señaló con el dedo, como si acabara de reconocerme.
— ¡Usted estudió con los Hermanos Maristas!
No pude negarlo. Gorgonzola se levantó de su asiento y me dio un abrazo.
— ¡Tenemos un sello inconfundible!
Él era un rollizo bebé de cincuenta años. Me daba al hombro y tenía pelo ralo, pero rubio, ojos inyectados, pero azules, y una gran papada.
Fue a un armario y sacó un plano, mientras decía:
—Estos terrenos no son míos. Me encargo de venderlos por un favor que le hago a la Compañía de Jesús.
Me explicó que los terrenos eran bienes de Manos Muertas. La venta iba a ser anticonstitucional, pero muy devota. En la casa que habían tumbado para hacer el fraccionamiento había estado una escuela de franciscanos; cuando los jesuitas devolvieron a los franciscanos la iglesia de San Francisco que está en Madero, los franciscanos tuvieron, en pago, que entregarles a los jesuitas varias propiedades, entre otras, la casa en cuestión. Como los jesuitas no querían casas ni escuelas, sino dinero para obras pías, Gorgonzola que era muy católico, se había ofrecido a hacer el fraccionamiento y a venderlo. Fuimos a ver los terrenos.
—Lo que usted pague por este terreno será una bicoca.
Para fraccionar los jesuítas tuvieron que poner drenajes, alumbrado y hacer una calle que hubo necesidad de regalar al Distrito Federal. ¿Usted cree que es justo?
Entonces me di cuenta de que Gorgonzola no era agente sólo por amor al arte o a la Compañía de Jesús: de un lado de la calle "que hubo necesidad de regalar al Distrito Federal", Gorgonzola tenía un terrenazo que había comprado muy barato por estar encerrado en el interior de una manzana y que, gracias a las obras hechas por la Compañía de Jesús, había aumentado tres o cuatro veces su valor.
—La idea de hacer este fraccionamiento fue mía —me confesó. Compré un lote en donde había dos árboles que me gustaron. —Ha comprado usted el mejor terreno de México —me dijo Gorgonzola cuando cerramos el trato.
La firma de la escritura fue una ceremonia bastante confusa. Como las órdenes religiosas no tienen derecho a tener propiedades y sin embargo las tienen, cada orden nombra depositario a una persona de honorabilidad reconocida y catolicismo a prueba de bomba. La función del depositario consiste en hacer fraude a la Nación fingiéndose propietario de algo que es de la orden.
El Notario Malancón dio lectura a la turbia historia jurídica del terreno: la señora Dolores Cimarrón del Llano (es decir, los franciscanos) había vendido (es decir, permutado) al señor Pedro Gongoria Acebez (es decir, los jesuitas) el terreno del que ahora yo compraba una fracción. Firmamos la escritura el Ingeniero Industrial Xavier Barajas Angélico, en nombre del apoderado de los jesuitas y yo, en el mío propio.
El señor Barajas Angélico tuvo que hacer un esfuerzo, al firmar, para no echarle una S.J. al final de su apellido; yo le entregué un cheque por cuarenta mil pesos y él a mí, un recibo por doce mil, con lo que quedó consumado el fraude al fisco que hizo que la escritura saliera baratísima. Al final del acto, nos dimos la mano, Malancón, Barajas Angélico, que en su distracción me la ofreció para que la besara, Gorgonzola, que estaba muy satisfecho, y yo.
Pasaron varios años, al cabo de los cuales tuve dinero para construir y fui con mi arquitecto y unos amigos a
enseñarles el terreno. Todo estaba igual; la fachada de la casa antigua tenía el mismo letrero que decía "SE VENDEN
TERRENOS. ..", los árboles estaban de pie, etc.; pero la entrada de la calle que "hubo necesidad de regalar al Distrito
Federal" estaba obstruida por una barricada. Estábamos saltándola, cuando apareció una mujer harapienta.
—¿Qué quieren?.
—¿Cómo que qué queremos? —pregunté tartamudeando—. Ese terreno que está allí es mío.
—No es cierto. Estos terrenos son del doctor Gorgonzola.
Me puse furioso.
—¿Conque son del doctor Gorgonzola? A ese quisiera verlo para decirle tres verdades.
En ese momento llegó el aludido en un Volkswagen.
—Dígale a la señora ésta quién soy yo —le dije.
Pero Gorgonzola no me reconoció, a pesar del sello inconfundible que tenemos los ex alumnos de los maristas.
— ¡No deje entrar a nadie! —le gritó a la mujer, y se fue.
Yo no sabía qué hacer. Decidí ignorar a la mujer, y haciéndola de cicerone, conduje a mis amigos al terreno. Cuando les decía "éste es mi terreno", la mujer nos arrojó piedras.
Al día siguiente, ocurrió algo peor; mi arquitecto fue al Departamento del Distrito Federal a pedir Licencia de Construcción y regresó lívido.
—Dicen en el Departamento que ese fraccionamiento no existe.
Fui al consultorio de Gorgonzola. —Soy la persona que compró un terreno hace dos años —empecé diciendo al entrar.
De nada me sirvió, porque Gorgonzola estaba hablando por teléfono y no me hizo caso.
—Ya le dije que no puedo —decía Gorgonzola por teléfono—. No estoy en condiciones. Hágame favor de no molestarme —y colgó—. ¿En qué puedo servirle? —Soy la persona. . . etc.
—¡Ah! Yo ya no tengo nada que ver con esos terrenos. Pasé por alto el hecho de que el día anterior él había ordenado a la mujer harapienta que no me dejara entrar en sus terrenos y le dije que en el Departamento del Distrito no querían darme licencia para construir.
—Es que Uruchurtu nos tiene mala voluntad —no me explicó quiénes eran "nosotros", si la Compañía de Jesús y él, él y yo o los tres—. No ha querido aprobar el fraccionamiento. Ya están todos los documentos presentados. Sólo falta una firma. Pero usted no se preocupe, amigo, construya; con licencia o sin ella.
Se levantó del asiento, me tomó del brazo, salimos del consultorio y fuimos caminando a los terrenos. La mujer harapienta nos saludó respetuosamente. Pasamos de largo por mi terreno y llegamos al suyo, en donde estaba construyendo una clínica, estilo colonial, sin licencia. —Mire usted. Palo dado, ni Dios lo quita. Me despedí de Gorgonzola sin haber logrado nada y fui al despacho de Barajas Angélico.
Las oficinas de la Compañía Industrial Metropolitana, S.A., que es una organización fantasma para mangonear bienes jesuítas, eran amplias y bien amuebladas. Había ocho escritorios y un jesuíta vestido de beige. Me acerqué a él y le pregunté por Barajas Angélico.
—Ya no está en México —me dijo en tono de conmiseración; ha de haber creído que venía a confesarme.
— ¡Ese fraccionamiento nos ha dado tantos dolores de cabeza!
Abrió un cajón de su escritorio y sacó unos papeles. Estuvimos revisándolos durante más de una hora. Allí estaban las cuentas de lo que había costado el drenaje, el alumbrado, el pavimento y un recibo "bueno por una calle", firmado por el "Licenciado". Uruchurtu no había aprobado el fraccionamiento, pero en cambio, había aceptado y recibido la calle que hubo necesidad de regalar al Distrito Federal.
Para conseguir la Licencia de Construcción, bastó con hacer un cambio en la solicitud y decir que el terreno estaba en tal calle en vez de que era parte de tal fraccionamiento. Uruchurtu tendría un corazón de piedra pero afortunadamente hasta al mejor cazador se le va la liebre. El siguiente problema que hubo, consistió en determinar el verdadero nombre de la calle. La escritura y el recibo firmado por el "Licenciado" decían Calle de Reforma Norte, los recibos de contribuciones, Prolongación de Reforma, los de consumo de agua, Cerrada de Reforma y en la esquina decía Reforma, a secas.
—Esa calle no existe —me dijo el Administrador de Correos, cuando fui a preguntarle su opinión.
Me explicó que en Coyotlán había tres calles de Reforma sin relación entre sí, pero que ninguna correspondía al lugar en donde yo decía que había comprado un terreno. Han pasado diez años y todavía no se sabe a ciencia cierta cómo se llama la calle donde vivo. El nombre de Reforma, en cambio, ha seguido propagándose por el rumbo; ahora ya hay dos calles de Reforma más; una en la Colonia Atlántida y otra en la Clavos de Cristo, que son nuevas. Esto sin contar con la nueva prolongación del Paseo de la Reforma, que queda en el centro de la ciudad y que es, en realidad, la auténtica calle de Reforma, siendo las demás meras imitaciones.
Cuando mi arquitecto estaba haciendo el deslinde del terreno, se presentó el señor Bobadilla, que vestía a la inglesa y andaba en un Ford 47. Dijo que era dueño del terreno de junto.
—Me está usted invadiendo.
Sacó un plano y una cinta métrica y demostró que, en efecto, estábamos invadiéndolo. Mi arquitecto tuvo que cambiar los límites de mi terreno.
Una mañana, fui a visitar la construcción y me encontré con que un pasillo que estaba en los planos no aparecía en la realidad.
—Es que no cupo —me dijo el arquitecto. Este misterio quedó sin aclararse hasta que Pepe Manzanares construyó en su terreno, que colindaba con el de Bobadilla y con el mío. Un día se presentó Bobadilla en su Ford 47, vestido a la inglesa, con su plano y su cinta métrica y obligó a Manzanares a tumbar una barda.
—Me falta terreno —me dijo Manzanares, creyendo que yo se lo había robado.
—¡Qué coincidencia! —le contesté—. A mí también me faltó un pasillo.
Manzanares, Bobadilla y yo, nos dirigimos respetuosamente al Departamento del Distrito Federal pidiendo un levantamiento catastral.
Fue toda una revelación. La calle, prolongación o cerrada de Reforma, había sido dibujada en los planos con un rumbo y trazada en el terreno con otro. En consecuencia, Manzanares había perdido veinte metros, yo había perdido cincuenta y había construido un excusado en terrenos de mi vecino del lado norte, que a su vez, había perdido cien metros. Y así sucesivamente. En cambio, Gorgonzola, que estaba al otro lado de la calle, había ganado quinientos metros.
Manzanares, Bobadilla y yo nos juntamos en La Flor de México para decidir lo que íbamos a hacer. Había tres caminos a seguir: primero, demandar a la Compañía de Jesús por cobrarnos más metros de los que nos había entregado; segundo, demandar al Distrito Federal, porque una calle, cerrada o prolongación estaba invadiendo nuestros terrenos; tercero, demandar a Gorgonzola por fraude y abuso de confianza. La situación era delicada, porque la Compañía de Jesús nos hubiera liquidado los metros que nos faltaban de acuerdo con el precio estipulado en las escrituras, que era la cuarta parte de lo que nosotros habíamos pagado y la décima de lo que valían en realidad.
—Yo prefiero no mover el bote —dijo Bobadilla—, porque le compré el terreno al sobrino de un jesuita y me hizo un documento en una servilleta de papel.
Por otra parte, no teníamos pruebas para acusar a Gorgonzola, a quien después de todo, nadie había visto sobornar a un albañil para que hiciera una calle chueca. Optamos por dirigirnos, respetuosamente, al Departamento del Distrito Federal pidiendo justicia, con la intención de que el Departamento se echara encima de Gorgonzola. El Departamento nos hizo justicia de la siguiente manera: a) Se hizo un nuevo levantamiento catastral y se le dio carácter de hecho consumado al crimen de los metros perdidos; b) Se hizo un avalúo de nuestras propiedades, se aumentaron nuestras contribuciones y se nos multó por ocultación de bienes; c) Se nos advirtió que el'' Licenciado no quería oír hablar más del asunto".
Esto nos pasó por comprar bienes de Manos Muertas. La única satisfacción que me queda es que Gorgonzola nunca pudo terminar su clínica. Allí está todavía; es una ruina sin terminar, en medio de un inmenso solar abandonado.

2 comments:

  1. Thank you for the dictionary links, Ramon. They speed up the reading.

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