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Monday, September 24, 2012

"La pena" de Carlos Fuentes


Los invito a que realicen la autoevaluación de este cuento haciendo clic aquí.

La pena
Carlos Fuentes

                                                             A Julio Ortega

Tomado del libro "La frontera de cristal"

Juan Zamora me ha pedido que cuente este cuento de espaldas. Es
decir: él va a estar deespaldas al lector todo el tiempo. Dice que siente
vergüenza. O como él dice, "estoy apenado". La"pena"como sinónimo
de "vergüenza" es una particularidad del habla mexicana, igual que
decir "mayor" en vez de "viejos" para no ofender a éstos, o decir
"está malito" para suavizar una enfermedad mortal. La vergüenza
duele; el dolor, a veces, avergüenza.

De manera que Juan Zamora no les dará la cara a ustedes a lo largo
deesta narración. Sólopodrán ver su nuca, su espalda. No digo "sus
nalgas"porque ya sabemos lo que esto significa en México. Darlas.
El acto másruin de cobardía, entrega o cortesanía abyecta. No es el
caso de Juan Zamora. Usa una sudadera universitaria de esas muy
largas, tamaño xxx (Extra Large) que al frente trae los blasones de

la universidad en cuestión, que se arremangan fácilmente y cuelgan
hasta los muslos, enfundados en unos jeans. No, Juan Zamora insiste
en que les diga que no va a darlas. Nada más quiere insistir en su
vergüenza igualita a su pena. No culpa a nadie. Es cierto que el
mundo lo tocó y a él le tocó un mundo.

Pero al cabo cuanto ocurrió pasó por él y en él. Eso es lo que cuenta.

Ésta es una historia de la época del auge petrolero en México, fines de
los setenta, principios de los ochenta. De arranque, eso ya explica
parte de la identificación pena—vergüenza de la que habla Juan
Zamora. Vergüenza porque festejamos el auge como nuevos ricos.
Pena porque la riqueza fue mal empleada. Vergüenza porque el
Presidente dijo que nuestro problema ahora era administrar la
riqueza. Pena porque los amolados siguieron siéndolo. Vergüenza
porque nos volvimos frívolos, dispendiosos, esclavos de un capricho
vulgar y de una cómica prepotencia. Pena porque no fuimos capaces
de administrar ni la vergüenza. Pena y vergüenza porque no servimos
para ser ricos, sólo nos conviene la pobreza, la dignidad, el esfuerzo...
En México siempre ha habido gente corrupta, autoritaria y con exceso
de poder. Pero todo se les perdona si al menos son serios (¿hay una
corrupción seria y otra frívola?).  La frivolidad es lo insoportable, lo
imperdonable, la burla a todos los jodidos. De allí la pena y la
vergüenza de esos años en que fuimos millonarios de temporada para
amanecer al poco tiempo quebrados, en la calle, y llorando de risa
antes de reír de dolor.

Juan Zamora está pues de espaldas a ustedes. A él le tocó irse a
estudiar a Cornell gracias a una beca cuando tenía veintitrés años
de edad. Era un esforzado estudiante de medicina en la Prepa y luego
en la UNAM, y él les jura a ustedes que con eso le hubiera bastado
si a su madre no se le mete en la cabeza que en la época del auge
mexicano se necesitaba una temporada de postgrado en una
universidad yanqui.

—Tu padre nunca supo aprovecharse. Mira que ser durante veinte
años abogado administrador de don Leonardo Barroso y morirse sin
un quinto partido por la mitad. ¿En qué estaría pensando? Ni en ti ni
en mí, Juanito, eso tenlo por seguro.

—¿Qué te decía, mamá?

—Que la honestidad es recompensa suficiente. Que él era un
profesional honrado. Que no iba a traicionar al Maestro Mario de la
Cueva y a sus demás profesores de la Facultad de Derecho. Que a
él le inculcaron que la abogacía era una profesión honorable. Que
no se podía defender la ley siendo uno mismo corrupto. Pero si no
es nada indebido, Gonzalo, yo le decía a tu papá, aceptar un pago
por hacer favores o llevar un asunto a la atención del ministro
Barroso no es ningún crimen. ¡Todos en el gobierno se hacen ricos
menos tú!

—Eso se llama soborno, Lelia. Es un triple engaño, además una
mentira. Si el asunto sale, parece que fue porque me pagaron para
 impulsarlo. Si no sale, parezco un ratero. En todo caso, engaño al
 ministro, al país y a mí mismo.

—Un contratito de obras públicas, Gonzalo, nomás eso te pido que
pidas. Te dan tu comisión y santas pascuas. Ni quién se entere. Nos
podemos comprar con eso una casa en Anzures. Salir de la Colonia
Santa María. Mandar a Juanito a una universidad gringa. Mira que
el muchacho es muy buen estudiante y sería una lástima que se
desperdiciara entre la chusma de la UNAM.

Juan nos manda decir que su madre contaba estas cosas con una
sonrisa amarga, un rictus que su hijo sólo veía, a veces, en los
cadáveres que estudiaba en la escuela.

Tuvo que morirse su padre el licenciado Gonzalo Zamora para
que su viuda le pidiera un solo favor a don Leonardo Barroso,
vea si puede usted darle una beca a Juanito para que estudie
medicina en los Estados Unidos. Don Leonardo, con gran
elegancia, dijo que no faltaba más, lo haría de mil amores, es
lo menos que se merecía la memoria de Zamorita, un abogado
tan honesto, un funcionario tan cumplido...

Voy siguiendo a Juan Zamora, el estudiante mexicano con su
sudadera gris, por las tristescalles de Ithaca, Nueva York, donde
 tiene su sede la Universidad de Cornell. No sé qué cosa busca,
pues hay muy poco qué ver aquí. La calle central apenas si tiene
comercios, dos o tres restoranes muy malos y en seguida las
montañas y las barrancas. Juanito se siente, casi, en México, en
San Juan del Río o Tepeji, esos lugares donde a veces iba de
excursión, a respirar el aire de los bosques y las barrancas, lejos
 de la polución capitalina. La barranca de Ithaca es un gran tajo
hondo y prohibitivo, pero por lo visto también es un abismo
seductor. Cornell es famosa por la cantidad de suicidios de
estudiantes desesperados que se arrojan desde el puente de la
barranca. El chiste dice que aquí ningún profesor se atreve a
reprobar a un mal alumno, por miedo a que se aviente a la barranca.

Sin mucho que ver en un domingo aquí, Juan Zamora va a regresar a la casa donde está alojado. Es una bella residencia de ladrillo color rosa pálido con tejas de pizarra azul y rodeada de una pelusa bien cuidada que se convierte en grava alrededor de la casa y se prolonga en un bosque enmarañado, delgado y sombrío detrás de ella. La hiedra trepa por el ladrillo rosa.

Las estaciones suplen aquí la falta de encanto de la ciudad. Ahora
es el otoño y el bosque se desnuda, los árboles de los montes parecen
palillos de dientes carbonizados y el cielo desciende dos o tres
peldaños para comunicarnos a todos el silencio y la pena de Dios ante
la muerte pas ajera del mundo. Pero el invierno en Cornell le devuelve
una voz a la naturaleza que se venga de Dios, vistiéndose de blanco,
regando polvo congelado y estrellas de nieve, extendiendo grandes
mantos albos que son como sábanas suntuosas de la tierra, y también
una respuesta al cielo. Laprimavera estalla rápida y agónica en
puñados de rosas espléndidas  que perfuman y dejan una ráfaga de
olvidos antes de que el verano se instale pesado, soñoliento, lento él
a cambio de la veloz primavera, vagabundo y perezoso verano de
aguas estancadas, mosquitos traviesos, gran respiración húmeda y
montes intensamente verdes.

La barranca, para todo esto, refleja las estaciones pero también las devora, las desploma y las somete a la muerte implacable de la gravedad, abrazo sofocante y final de todas las cosas. Esa barranca es el vértigo en el orden de este lugar.

Hay una fábrica de armas y municiones junto a la barranca, un
espantoso edificio de ladrilloennegrecido y chimeneas indecentes,
casi una evocación de la fealdad de la noche y la niebla nazis.
Las pistolas producidas por la fábrica de Ithaca son las reglamentarias
del ejército salvadoreño, razón por la cual la oficialidad y los soldados
de esa república las llaman "itaquitas".

Juan Zamora me pide que les cuente todo esto mientras él nos da la espalda porque fue recibido como huésped en la residencia de un próspero negociante que en otra época estuvo relacionado con la fabricación de armas, pero que ahora prefiere ser consejero de bufetes que hacen contratos de defensa entre los fabricantes y el gobierno norteamericano. Tarleton Wingate y su familia, en los días en que Juan Zamora llega a vivir con ellos, están entusiasmados por el triunfo de Ronald Reagan en la campaña contra Jimmy Carter. Ven la televisión todas las noches y aplauden las decisiones del nuevo presidente, su sonrisa de estrella de cine, su voluntad para acabar con el exceso de intromisión gubernamental, su optimismo en declarar que vuelve a amanecer en América, su firmeza en detener los avances del comunismo en Centroamérica.

El jefe de la casa, Tarleton Wingate, es un simpático gigantón con
menos arrugas en su fresca cara juvenil que una vieja silla de montar;
su opaca cabellera color arena contrasta con el rubio platino de su
mujer, Charlotte, y con el castaño bruñido rojizo de la niña de la casa,
Becky, que tiene trece años. Cuando los Wingate se sientan todos a
ver la televisión, amablemente invitan a Juan a unirse a ellos. Él no
entiende si les apena cuando salen imágenes terribles de la guerra en
El Salvador, monjas asesinadas a la vera del camino, rebeldes
asesinados por los batallones paramilitares, un pueblo entero
ametrallado por el ejército al huir cruzando un río...

Juan Zamora le da la espalda a la pantalla y les asegura que en México se aplaude igual que aquí al presidente Reagan por salvarnos a todos del comunismo. Les dice también que a México lo que le interesa es crecer y prosperar, como lo prueba la gran explotación del petróleo por el gobierno de López Portillo.

Los gringos sonríen al oír esto pues creen que la prosperidad inocula contra el comunismo y Juan Zamora tiene ganas de preguntarle al señor Wingate cómo van sus negocios con el Pentágono, pero mejor se calla. Lo que insinúa primero y luego declara enfáticamente es que ellos, los Zamora, se adaptan perfectamente a la nueva riqueza de México porque ellos desde siempre han tenido tierras, haciendas —la palabra tiene un gran prestigio en los Estados Unidos, hasta la pronuncian con jota, "jacienda"— y pozos petroleros. Se da cuenta de que los Wingate ignoran que el petróleo es propiedad del Estado en México y se admiran de cuanto les dice Juan. Dogmática, aunque inocentemente, creen que la expresión "mundo libre" es idéntica a "libre empresa".

Ellos lo han recibido con gusto y por tradición. Desde siempre, los
estudiantes extranjeros han sido acogidos con hospitalidad en las
casas privadas cercanas a los campus norteamericanos. No llama la
atención que los ricos jóvenes latinoamericanos busquen así una
prolongación de sus hogares y, sobre todo, que de este modo
aceleren sus conocimientos del inglés.

—Hay chicos —le asegura Tarleton Wingateque han aprendido inglés
pasándose horas delante de la televisión.

Juntos ven en la pantallita la película de Peter Sellers, Being There, donde el pobre hombre no sabe más que lo que ha aprendido viendo televisión y por eso mismo pasa por un genio.

Los Wingate le preguntan a Juan Zamora si la televisión en México es buena y él debe responder con honestidad que no, es aburrida, vulgar, sin libertad y un escritor muy bueno y muy leído por los jóvenes, Carlos Monsiváis, la llama "la caja idiota". Esto le provoca gran hilaridad a Becky y dice que lo va a repetir en su clase, the idiot box. No te des aires de intelectual, le dice Charlotte a su hija, cabecita de huevo, le dice sonriendo mesándole el pelo y la bruñida pelirroja protesta, no me revuelvas el peinado, voy a tener que arreglarme otra vez antes de salir de niñera esa noche y Juan Zamora se asombra de que los niños gringos trabajen todos desde chiquitos, de niñeros, repartiendo periódicos o vendiendo limonada en el verano. —Es para inculcarles la ética de trabajo protestante —dice con solemnidad Mr. Wingate. ¿Y él? ¿Cómo es posible que haya crecido sin televisión?, le pregunta Becky. Juan Zamora sabe muy bien lo que dice. Ser rico y aristocrático en México es cuestión de tierras, haciendas, peones, un estilo de vida elegante, caballos, andar vestido de charro, tener muchos criados, eso es ser gente pudiente en México. No ver la televisión. Y como sus anfitriones tienen exactamente la misma idea en sus cabezas, la entienden, la alaban, la envidian y Becky sale a ganarse cinco dólares como niñera, la señora Charlotte se pone el delantal y va a asear la cocina y el señor Tarleton se queda leyendo con profundo sentido de la obligación el best seller número uno en la lista del New York Times, una novela de espionaje que, de paso, le confirma en su obsesiva paranoia acerca del peligro rojo.

Si la ciudad de Ithaca es una especie de Averno suburbano, la Universidad de Cornell es su Parnaso: un templo rutilante, de colores crema, líneas modernas, casi art deco por momentos, y grandes espacios verdes y luminosos. El campus se comunica, dado lo abrupto del terreno, mediante hermosas terracerías y grandes escalinatas. Ambas conducen a dos lugares que fueron centros de la vida del estudiante mexicano, Juan Zamora. Uno es la Unión Estudiantil, que trata de suplir todas las ausencias de Ithaca: librería y papelería, cine, teatro, ropa, casillas de correo, restoranes y espacios de reunión. Moviéndose entre estos espacios, dándonos la espalda, Juan Zamora intenta relacionarse. Le llama la atención el extremo desaliño de los estudiantes. Usan gorras de beisbol que no se quitan en el interior ni para saludar a las mujeres. Rara vez se ras uran por completo. Beben la cerveza empinando la botella sobre los labios. Usan camisetas sin mangas, mostrando a todas horas el vello de las axilas. Lucen rasgaduras en las rodillas de sus blue jeans y a veces andan con éstos cortados a la altura de los muslos, deshebrándose. Se sientan a comer con las gorras puestas y se llenan las bocas de hamburguesa, papas fritas y todo un menú salido de bolsas de plástico. Cuando de veras quieren ser informales, usan la gorra de beisbol al revés, con la visera enfriándoles la nuca.

Un día, un muchacho atlético, rubio, de facciones pellizcadas, se sirvió un platón de espagueti y empezó a comerlo con las manos, a puños. Juan Zamora sintió una revulsión incontrolable que le cortó el apetito y le obligó, por primera y quizás única vez, a interpelar a un compañero.

—¡Qué asco! ¿No te enseñaron a comer en tu casa?

—Claro que me enseñaron. Mis gentes son bien ricas, qué te crees...

—¿Entonces por qué comes como un animal?

—Porque ahora soy libre —dijo el güero con la boca llena.

Juan Zamora no llegó de saco y corbata a Cornell, sino de blue jeans y chamarra, suéter y mocasines. Su padre, en vida, se resignó a estas "fachas". —Nosotros íbamos de saco y corbata a las clases en San Ildefonso—. Poco a poco, Juan fue alivianando su ajuar, la sudadera, los zapatos Keds, pero siempre mantuvo —de espaldas— una corrección mínima. Él pensaba en sus padres de otra manera. Entendió que el astroso disfraz de los estudiantes era una manera de igualar el origen social, para que nadie preguntara sobre el origen familiar y el estatus económico. Todos iguales, igualados por la facha, el uniforme de mezclilla, la gorra de beisbol, los zapatos tenis. Sólo en su refugio —la residencia de la familia Wingate— podía Juan Zamora decir, impunemente, con aprobación de todos, incluso impresionándolos: —Mi familia es muy antigua. Siempre hemos sido ricos. Tenemos haciendas, caballos, criados. Con el petróleo, simplemente viviremos como siempre, pero con más lujo aún. Ojalá que algún día nos visiten en México. A mi madre le dará mucho gusto recibirlos y agradecerles sus finas atenciones.

Y la señora Charlotte suspiraba con admiración. Era la primera señora blanca y platinada a la que Juan Zamora veía con delantal.

 —¡Qué bien educados son los aristócratas españoles! Aprende Becky.

La señora Charlotte nunca llamó "mexicano" a Juan Zamora. Temía ofenderlo.

El otro espacio de la vida del estudiante mexicano era la escuela de
medicina y sobre todo el anfiteatro de líneas griegas, albo y sólido,
que coronaba una colina como para que los olores de cloroformo y
formol no contaminaran al resto del campus. Aquí las modas
estrafalarias eran sustituidas por el blanco uniforme de la medicina,
aunque a veces aparecían piernas velludas y casi siempre Keds
ennegrecidos en las extremidades del alto batón de clínica.

Hombres y mujeres, todos de blanco, le daban un aire de comunidad religiosa al edificio. Por sus pasillos relucientes pasaban monjes y monjas juveniles. A Juan se le ocurrió que la castidad seria la regla de esta orden de jóvenes médicos. Además, el uniforme blanco (cuando no asomaban las piernas velludas) acentuaba la androginia generacional. Algunas muchachas usaban el pelo muy corto, algunos muchachos lo usaban muy largo y a veces, desde atrás (de espaldas) era difícil distinguir el sexo.

Juan Zamora había tenido uno que otro contacto sexual en México. El sexo no era su fuerte. Las prostitutas no le agradaban. Las compañeras de la universidad mexicana eran muy exigentes,muy devoradoras, lo distraían, hablaban de tener familia o de ser independientes, de vivir así o asado, de triunfar con una decisión que lo hacía sentirse chinche, culpable, avergonzado de no ser, nunca, aún no, todo lo que podía ser. El mal de Juan Zamora era confundir cada etapa de su vida con algo definitivo, acabado. Así como hay jóvenes que dejan que las cosas fluyan y el azar impere, hay otros que creen que cada veinticuatro horas se acaba el mundo. Juan era de éstos. Sin admitirlo, sabía que las angustias de su madre por la modestia en que vivían, y el orgullo probo de su padre, así como la incertidumbre acerca de las ventajas de su moral, le daban a él un sentimiento de sobresalto perpetuo, de inminencia que, sin embargo, era burlada por el gris, implacable flujo de la vida diaria. Si hubiese aceptado ese paso tranquilo de los días, quizás, también, habría encontrado una relación más o menos estable con alguna muchacha. Pero ellas mismas veían en Juan Zamora a un muchacho demasiado tenso, asustado, inseguro. Un hombre de espaldas, apenado.

—¿Por qué miras siempre para atrás? ¿Crees que alguien nos viene siguiendo?

—Cruza la calle sin miedo. Aquí no hay coches.

—Oye, no te agaches. No viene el golpe

Ahora en Cornell se puso su bata blanca y se lavó bien las manos. Iba
a hacer su primera autopsia, junto con otro estudiante. ¿Le tocaría
hombre o mujer? La pregunta se le impuso porque se refería también
al cadáver que iba a estudiar.

El auditorio estaba a oscuras.

Juan Zamora se acercó a tientas a la mesa de autopsias apenas visible. Entonces su espalda rozó la de otra persona. Ambos rieron nerviosamente. Las luces cegantes, implacables, como de un Jehová vengativo, se encendieron de un golpe y el portero pidió excusas por no haber llegado a tiempo. Trataba de ser siempre más puntual que los chicos, exclamó riendo, apenado.

¿A quién miraría primero Juan Zamora? ¿Al estudiante o al cadáver? Bajó la mirada y vio almuerto cubierto por una sábana. Levantó los ojos y encontró que le daba la espalda una persona muy rubia, de melena larga y hombros no muy anchos. Se volteó y descubrió la cara del cadáver. No era posible saber si era hombre o mujer. La muerte había borrado no sólo su tiempo sino su personalidad sexual. Era viejo, o vieja, eso sí. Era de cera. Había que creer siempre que los cadavers eran de cera. Resultaba más fácil disecarlos. Éste no cerraba bien los ojos y a Juan le sobresaltó sentir que aún lloraban. Pero la nariz afilada y retacada de algodones, la mandíbula ríg ida, los labios hundidos, ya no eran suyos o nuestros. La muerte despojaba de pronombres al individuo. Ya no era él o ella, tuyo o mío. La otra mano, enguantada, le tendió el bisturí.

Trabajaron en silencio. Estaban enmascarados. La persona rubia,
menuda pero decisiva que trabajaba con él conocía mejor que él
las entrañas de un muerto. Lo guiaba en los cortes que era necesario
 hacer. Era un experto, o una experta. Juan se atrevió a mirarle los
ojos. Eran grises, de ese gris avellanado que a veces se da en los
más bellos anglosajones, porque el color insólito va acompañado,
casi siempre, de párpados soñadores, profundidades de deseo,
fluidez pero también intensidad.

Se tocaron las manos enguantadas, con la misma calidad de los
preservativos, aislados por el hule, las mascarillas, los batones.
Sólo los ojos se vieron. Ahora Juan Zamora nos da la cara, se
voltea a mirarnos, se arranca la mascarilla, ya no está de espaldas,
muestra su rostro mestizo, joven, moreno, de huesos notables,
recortados, su piel de postre, piloncillo, panochita de canela, café
con leche, su mentón suave y firme, su labio inferior grueso, su
mirada líquida, negra, que encuentra la mirada gris avellanada.
Juan Zamora ya no está de espaldas. Instintiva, apasionadamente,
nos da la cara, la acerca a los labios del otro, se une en un beso
liberador, completo, que le lava de todas sus inseguridades, de
todas sus soledades, de todas sus penas y vergüenzas. Se besan
los dos muchachos para vencer la muerte, si no para siempre, sí
ahora, en este momento, urgidos, temblorosos, ardientes.

Jim era un muchacho de veintidós años, delicado y refinado, serio y
estudioso, interesado por la política y el arte. Por todas estas razones,
 los otros estudiantes lo llamaban "Lord Jim" y su cabeza rubia, sus
ojos avellanados y su menudez corpórea, iban acompañados de
buenos músculos,buenos huesos, agilidad nerviosa y sobre todo
manos agilísimas y dedos largos. Sería un gran médico —le decía
Juan Zamora— pero no por los dedos y las manos, sino por la
vocación. Era un poco —nos manda decir Juan, a pesar de la
distancia— como su propio padre Gonzalo Zamora, un hombre
dedicado, de una pieza, aunque no digno de compasión.

Contrastaban los dos hombres jóvenes y se veían bien juntos, el rubio y el moreno. Primero llamaron la atención en el campus, luego fueron aceptados e incluso admirados por el cariño obvio que se profesaban y la manera espontánea de su relación. Amorosamente, Juan Zamora se encontraba a sí mismo finalmente satisfecho, identificado a la vez que sorprendido. Desconocía en verdad su tendencia homosexual y sentirla revelada de esta manera, con este hombre, tan plena y apasionadamente, con semejante satisfacción y entendimiento, lo llenó de un tranquilo orgullo.

Continuaron estudiando y trabajando juntos. Su conversación y su vida tenían un carácter inmediato, como si el mal de Juan Zamora —el temor de que cada día fuese el último, o por lo menos el definitorio— se hubiese convertido, gracias a Lord Jim, en su bien. No hubo, durante varias semanas, ni antes ni después. El goce compartido llenaba los días, impedía la entrada de otras preocupaciones, de otros tiempos.

Una tarde, trabajando juntos en una autopsia, Jim le preguntó por primera vez a Juan sobre sus estudios en México. El estudiante mexicano dijo que a él le tocó estudiar en la Ciudad Universitaria, pero que a veces pasaba por la antigua Escuela de Medicina en la Plaza de Santo Domingo. Era un edificio colonial muy bello, donde estuvo alojada la Santa Inquisición. Esto le produjo una risa nerviosa a Lord Jim; era la primera vez que Juan se alejaba de él hasta un periodo no sólo remoto sino, acaso, prohibido y detestado para el alma anglosajona. Juan persistió. No hubo mujeres doctoras en México hasta el año 1873 y a la primera de ellas, Matilde Montoya, sólo se le permitió hacer autopsias en auditorios vacíos y con los cadáveres vestidos.

La risa nerviosa de Jim rompió un poco la tensión, o la distancia (¿eran la misma cosa?) que esa simple referencia a la Santa Inquisición introdujo en la manera de estar juntos. Era la primera irrupción de un pasado en una relación que instintivamente los dos muchachos vivían sólo para el presente. Juan Zamora tuvo una sensación inasible pero desoladora de que en ese momento también se abría una perspectiva aún más peligrosa, la del futuro. Cubrieron con lentitud el cadaver de una bella muchacha suicida que nadie reclamó.

Juan Zamora tuvo cuidado de que sus citas de amor con Lord Jim fuesen siempre en la tarde, para regresar a tiempo a casa de los Wingate, cenar con ellos, ver televisión, hacer comentarios. Ahora Reagan iniciaba su guerra sucia y secreta contra Nicaragua y esto empezaba a molestar, sin saber bien por qué, a Juan Zamora. En cambio, Tarleton celebraba la decision de Reagan de ponerle un hasta aquí al marxismo en las Américas. Quizás éste era el motivo de la frialdad creciente de Charlotte y Tarleton Wingate, y de la confusión un tanto cómica de la niña Becky, quien era despachada a su cuarto cuando llegaba Juan, como si su mera aparición fuese anuncio de una peste. ¿Tenía Juan Zamora cara de guerrillero y sandinista?

Claro, el estudiante mexicano entendió en seguida que los rumores de su asociación homosexual habían bajado desde el Parnaso hasta la Suburbia, en una comunidad tan pequeña, pero decidió no ceder, continuar normalmente, porque su relación era exactamente eso, una relación normal, para los únicos que tenían algo que opinar al respecto, y que eran Jim y él.

Jim era demasiado sensible, tenía muy buenas antenas, y se dio cuenta de cierto malestar nervioso en su amante. Sabía que no era atribuible a la relación entre ambos. Abrazados juntos en la cama del norteamericano en uno de los dormitorios del colegio, Juan trató de excusarse porque esa tarde no había podido funcionar correctamente y Jim, acariciándole la cabeza recostada sobre su hombro, le dijo que era normal, eso le pasaba a todo el mundo. Los dos eran médicos y debían saber bien la cantidad de estereotipos que rodeaban toda actividad sexual, del signo que fuese, desde la masturbación que supuestamente enloquecía a los adolescentes hasta el uso perfectamente normal de material pornográfico por los ancianos. Pero los mitos de la homosexualidad eran los peores. Él entendía. Los Wingate no toleraban a una pareja gay. No era la diferencia racial ni la diferencia social lo que les molestaba. Pero Juan nunca se las echó de rico con Jim. No dijo nada. A Jim no le interesaba el pasado.

Juan trató de besar a Jim pero éste se incorporó, desnudo, enojado y dijo que era él quien no toleraba el puritanismo repugnante de esa gente, su espantoso disfraz de bondad y su perpetua, inviolable santidad política y sexual. Se volteó con furia a ver a Juan.

—¿Sabes a qué se dedica tu casero el señor Tarleton Wingate? A inflar presupuestos de las compañías privadas que hacen negocios con el Pentágono. ¿Sabes en cuánto vende el señor Wingate un retrete para los aviones de la Fuerza Aérea? En doscientos mil dólares por excusado. ¡Casi un cuarto de millón para cagar cómodamente en el aire! ¿Quién paga el gasto de la Defensa y la ganancia de la compañía de Wingate? Yo. El contribuyente.

—Pero él dice que adora a Reagan porque acaba con el gobierno y baja los impuestos...

—Pregúntale al señor Wingate si quiere que el gobierno deje de gastar
 en la defensa, en salvar bancos quebrados o en subsidiar
 a agricultores ineficientes. Díselo, a ver qué te contesta.

—Me llamará comunista, probablemente.

—Son unos cínicos. Quieren la libertad de empresa para todo, menos para armar ejércitos y salvar a financieros pillos.

Le cuesta a Juan Zamora admitir las razones de Lord Jim, aceptar algo que rompe su regla de hacerse querer y quedar bien con los Wingate y a través de ellos, con la sociedad norteamericana. Pero esta crítica la lanza su amante, el ser que Juan más quiere en el mundo, y la lanza implacable, enojado, sin importarle la reacción de nadie, incluso Juan.

El estudiante mexicano había temido algo así, algo que rompiera la perfecta intimidad enclaustrada de la pareja, la autosuficiencia de los amantes. Odia al mundo, mundo metiche, cruel, que no gana nada con entrometerse con los amantes, salvo eso, el goce malicioso de distanciarlos. ¿Podrían otra vez gozar de la plenitud anterior a este pequeño incidente? Juan confió en que sí, multiplicó sus pruebas de cariño y lealtad a Lord Jim, sus pequeños mimos, su atención. Acaso, la voluntad de reconstruir algo que por ser tan perfecto algún día debía fisurarse, se notaba demasiado.

Están otra vez juntos, con las mascarillas blancas, enguantados, disecando otro cadáver de mujer, anciana ésta. Lord Jim le pide a Juan que le recuerde cómo era ese lugar, el palacio de la Inquisición en México, convertido en Escuela de Medicina. Le divierte la idea de que el mismo local sirva un día para la tortura y al siguiente para el alivio de los cuerpos. El estudiante mexicano desvía el tema y le cuenta de la plaza de Santo Domingo y la antigua tradición de los "evangelistas", que son unos viejos con máquinas de escribir tan viejas como ellos, sentados en los portales y tomando el dictado de los analfabetas que quieren mandarles cartas a sus padres, novios, amigos.

—¿Cómo saben que el mecanógrafo les fue fiel?

—No lo saben. Tienen que tener fe.

—Confianza, Juan.

—Sí.

Jim se quitó la máscara y Juan le hizo un gesto de advertencia, había que cuidarse, ya una vez, la primera vez, se besaron junto a un cadáver, las bacterias de los muertos han matado a más de un médico incauto... Jim lo miró de una manera extraña. Le pidió que le dijera la verdad. ¿De qué? De su familia, de su casa. Jim sabía lo que se decía en la Universidad, que Juan era hijo de gente pudiente, hacendados, etcétera. Juan no se lo había dicho, porque nunca hablaban del pasado. Ahora le pedía por favor que le mandara una carta hablada, como si él, el gringo, fuse el evangelista de la plaza y él, Juan, el analfabeto...

—No es cierto —dijo Juan otra vez de espaldas, pero sin titubear—. Son puras mentiras. Vivimos en un apartamento bastante modesto. Mi padre era muy honrado y murió sin un centavo. Mi madre se lo recriminó siempre. Se morirá recriminándolo. Siento pena y vergüenza por los dos. Siento pena por la moral inútil de mi padre, que nadie la recuerda ni la aprecia y no sirvió para un carajo. Le hubieran celebrado en cambio su riqueza. Siento vergüenza de que no haya robado, de que haya sido un pobre diablo. Pero igual vergüenza sentiría si fuera ladrón. Mi jefe. Mi pobre, pobre jefe.

Se sintió aliviado, limpio. Le había sido fiel a Lord Jim. Desde ahora,
no habría una sola mentira entre los dos. Pensó esto y sintió un
malestar fugitivo. Lord Jim, también, podía ser sincero con él, también.

—Explícame sin pena y vergüenza, como les dices, son algo así como pity y shame en ingles —dijo el norteamericano.

—Me da pena mi madre, quejándose siempre de lo que no fue, adolorida por su vida que debe aceptar y que ya nunca será de otra manera. Me da vergüenza su compasión de sí misma, tienes razón, ese horrible pecado del self pity, de estarse dando pena a uno mismo el día entero. Sí, creo que tienes razón. Hay que tener un poco de compasión para encubrir la pena y la vergüenza por los demás.

Apretó la mano de Lord Jim y le dijo que no debían hablar del pasado, se entendían tan bien en el presente. El norteamericano lo miró de una manera extraña, que Juan casi asimiló a la de la mujer muerta que no se resignaba a cerrar los ojos, la mujer que ambos no acababan de disecar.

—Me sienta muy mal decírtelo, Juan, pero también tenemos que hablar del futuro.

El estudiante mexicano hizo un gesto involuntario pero intenso, un movimiento veloz y simultáneo, aunque reiterado, de una mano llevada a la boca, como si implorara silencio, y otra adelantada, negando, deteniendo lo que se venía...

—Lo siento, Juan. De verdad me apena lo que voy a decirte. Bueno, hasta me avergüenza. Tú entiendes que nadie es totalmente dueño de su destino.

 Juan, esta vez literalmente, le dio la espalda a Cornell. Cortó los estudios, se despidió cortésmente de los Wingate y éstos se mostraron sorprendidos, azorados, preguntándole por qué, ¿tenía algo que ver con ellos, con el trato de la casa?, pero sus miradas eran de alivio y de secreta seguridad: esto tenía que acabar mal... Esperaba verlos un día. Le daría gusto pasearlos por la hacienda a caballo. —Búsquenme si van a México.

La familia norteamericana se sintió aliviada pero al mismo tiempo culpable. Tarleton y Charlotte lo discutieron varias veces. El chico tuvo que notar el cambio de actitud de sus anfitriones cuando empezó a andar con Jim Rowlands. ¿Habían faltado a las leyes de la hospitalidad? ¿Se habían dejado arrastrar por un prejuicio irracional? Seguramente. Pero los prejuicios no se extirpaban de un día para otro, eran viejísimos, tenían más realidad, vamos, que un partido político o una cuenta de banco. Negros, homosexuales, pobres, ancianos, mujeres, extranjeros... la lista era interminable. Pero Becky, para qué exponerla a una mala influencia, a una relación escandalosa. Ella era inocente. La inocencia era digna de protección. Becky los escuchaba murmurar mientras ellos la imaginaban mirando el programa educativo Sesame Street y ella trataba de mantener una cara seria. Si supieran. Trece años y en una escuela privada. ¿Qué le podían reprochar? ¿Para qué servía el dinero? Día tras día, todo el día, la cantinela de la Generación Egoísta, la Me Generation con derecho a todos los caprichos, todos los placeres, y un solo valor, Yo. ¿No eran así sus padres? ¿No tenían éxito porque eran así? ¿Qué le iban a pedir a ella? ¿Que fuera una puritana de la época de la cacería de brujas en Nueva Inglaterra? Entonces la niña se perdía en los sucesos de la pantalla para no oír las voces de sus padres, que no querían ser escuchados y se hizo la pregunta que la confundía mucho, ¿cómo gozar de todo pero parecer una persona muy moral, muy puritana? La sangre le hacía cosquillas, el cuerpo le cambiaba y Becky se angustiaba de no tener respuestas. Abrazó a su conejo de peluche y se atrevió a decirle, ¿Y tú?, ¿entiendes algo Bunny?

Juan, en su vuelo clase económica de Eastern Airlines a la ciudad de México, quiso imaginar, desde las nubes, un futuro sin Lord Jim y lo aceptó con amargura, con desolación, como si la vida se la hubieran cancelado. Fue lo malo de admitir el pasado primero, el futuro después. Fue lo penoso de salirse del instante donde ellos se amaban sin explicaciones, dueños de un solo tiempo, de un solo espacio, el Edén de la juventud amorosa que excluye padres, amigos, profesores, jefes. Pero no otros amantes.

Suspendido en el aire, Juan Zamora quiso recordarlo todo, lo bueno y lo malo, sólo una vez más y luego cancelarlo para siempre, no pensar nunca más en lo que sucedió. Nunca más sentir el odio, la pena, la vergüenza, la compasión por el pasado que vivieron sus pobres padres. Y tampoco sentir eso mismo: pity, shame por sí o por Lord Jim, por el futuro que iban a vivir ambos, separados para siempre, desolado el de Juan Zamora, feliz, cómodo, seguro el de Lord Jim, su matrimonio concertado desde siempre, desde antes de conocer a Juan, arreglado por las familias de la rica clase profesional de Seattle, del otro lado del continente, donde se esperaba que un joven médico con futuro estuviera casado, tuviera hijos, eso inspiraba respeto, inspiraba confianza, y bueno, en la tradición anglosajona, una experiencia homosexual era aceptada como parte de la educación de un caballero, no había un inglés en Oxford que no pasara por eso, lo decía por si algo llegaba a saberse; Cornell y Seattle estaban muy lejos, el país era inmenso, los amores eran frágiles y pequeños...

—Y los ricos, te diré citando a un buen escritor, somos distintos de la demás gente —clavó el clavo final Lord Jim.

Lo recordó una sola vez, airado, indignado contra la hipocresía de Tarleton Wingate. Ése es el Lord Jim que Juan quería recordar.

Clavó la frente ardiente en la ventanilla helada y le dio la espalda a todo. Abajo, la barranca de Cornell le parecía insignificante, no lo convocaba, no era para él.

Cuando cuatro años más tarde los Wingate decidieron ir de vacaciones a Cancún, se detuvieron en la ciudad de México para que Becky conociera el maravilloso Museo de Antropología. Pero la muchacha —ahora una estudiante de diecisiete años, bastante descolorida a pesar de que im itaba a su madre y se pintaba el pelo de amarillo— era muy curiosa y hasta liberada. Se consiguió un noviecito mexicano en el lobby del hotel y juntos se fueron a pasar un día a Cuernavaca. Era un chico muy apasionado y eso como que le molestó al chofer que los llevó, un tipo enojón e inseguro que trataba de asustar a los turistas con su velocidad en las curvas.

Ahora fue Becky la que animó a sus padres para caerle de sorpresa a Juan Zamora, el estudiante mexicano que vivió con ellos en 1981, ¿se acordaban? Cómo no se iban a acordar. Y como Tarleton y Charlotte Wingate sentían un poco de vergüenza por la manera como partió Juan de su casa, aceptaron la proposición de su hija. Además, el propio Juan Zamora los había invitado a visitarlo.

Tarleton llamó larga distancia a Cornell y pidió la dirección de Juan. La computadora universitaria se la dio enseguida. No era una dirección en el campo.

—Pero yo quiero conocer una jacienda —dijo Becky.

—Ésta ha de ser su town house —dijo Charlotte—. ¿Lo llamamos?

—No —se alborotó Becky—, mejor vamos de sorpresa.

—Eres muy fantasiosa —contestó su padre—. Pero estoy de acuerdo.
 Quizá si lo llamamos, busque la manera de no vernos. Siento que
salió con rencor de la casa. El mismo chofer de turismo que llevó a
Becky a Cuernavaca la condujo ahora con sus padres. El chofer tenía
una sonrisa burlona. Quién la hubiera visto el día anterior,
besuquéandose de lo lindo con un naco de miedo. Ahora, toda modosa
la muy hipócrita, con esa pareja de gringos distinguidos —a veces se
daba el caso— pero en busca de un lugar imposible.

—¿La colonia Santa María? —casi se rió Leandro Reyes, el nombre que Tarleton leyó y anotó mentalmente en el permiso de circular, por si las dudas—. Es la primera vez que alguien me pide llevarlo allí.

Atravesaron no sólo el espacio urbano grueso, amarejado, rumoroso como un río sin agua, de pura piedra suelta, no sólo penetraron la nata corrupta del aire pardo, también cruzaron los tiempos de México D.F. desordenados, anárquicos, inmortales: tiempo imbricado en su anterior y en su porvenir, como un niño que será padre de su descendencia, como un nieto que será la prueba única de que su abuelo caminó por estas calles: al norte siempre, por Mariano Escobedo a Ejército
Nacional a Puente de Alvarado y la Estación de Buenavista, más allá de San Rafael, cada vez más bajo todo, más incierto entre su construcción y su derrumbe, ¿qué es nuevo, qué es viejo, qué está naciendo en esta ciudad, qué se está muriendo, son la misma cosa?

Los Wingate se miraron entre sí, asombrados, adoloridos.

—Quizás hay un error.

—No —les dijo el chofer—. Aquí estamos. Es esa casa de apartamentos.

—Sería más prudente regresar ——dijo Tarleton.

—No —casi grita Becky—. Ya estamos aquí. Me muero de curiosidad.

—Entonces ve tu sola —le dijo su madre.

Esperaron un rato frente al edificio verde, color limón, necesitado de una buena mano de pintura. Tenía tres pisos y ropa colgada a secar en los balcones, una antena de TV y un expendio de gaseosas a la entrada. Una muchacha chapeteada, con delantal pero con permanente, se ocupaba de acomodar las botellas en la nevera. Un viejo pequeño, arrugado y con sombrero de petate, se asomó a la puerta y los miró con curiosidad. A cada lado, una balatería. Pasó un
tamalero gritando rojos, verdes, de chile, de dulce y de
manteca. El chofer —Leandro Reyes, leyó Tarleton Wingate
en el permiso— hablaba interminablemente en inglés sobre
deudas, inflación, el costo de la vida, devaluaciones del peso,
merma de salarios, pensiones que no servían para nada, todo muy amolado.

Salió Becky de la casa y subió con premura al automóvil.

—Él no estaba. Su madre sí. Se asomó a la ventana a ver el coche.
Dijo que hacía mucho que nadie la visitaba. Juan está bien. Trabaja
en un hospital. Le hice jurar que no le diría que estuvimos aquí.

Todas las noches, Juan Zamora tiene exactamente el mismo sueño.
A veces, quisiera soñar algo distinto. Se acuesta pensando en otra
cosa, pero por más esfuerzos que haga, el sueño de siempre regresa
siempre, puntualmente. Entonces él se resigna y admite la soberanía
del sueño, lo convierte en compañero inevitable de sus noches: un
sueño amante, un sueño que debe adorer a quien visita, porque no
se deja expulsar de ese segundo cuerpo del antiguo estudiante y
ahora joven doctor del Seguro Social Juan Zamora.

Regresa él, noche tras noche, hasta habitarlo a él, su gemelo, su
socio, su camisa mitológica, que no se puede mudar sin arrancarle
 la piel al soñador: sueña con una mezcla de confusión, gratitud,
rechazo y enamoramiento; cuando quisiera escaparse del sueño,
lo hace deseando intensamente ser poseído de nuevo por el sueño;
cuando quisiera adueñarse del sueño, la vida cotidiana se asoma
con la sonrisa amarga de todas las auroras de Juan Zamora,
secuestrándolo en los hospitales, las ambulancias, las morgues de
su geografía citadina. Secuestrado por la vida, rehén del sueño,
Juan Zamora regresa todas las noches a Cornell y camina de la
mano de Lord Jim hacia el puente sobre la barranca. Es el otoño
y los árboles vuelven a mostrarse desnudos como agujas negras:
el cielo ha descendido un par de peldaños pero la barranca es más
Honda que el firmamento y convoca a los dos jóvenes amantes con
una promesa mentirosa: el cielo está allá abajo, el cielo existe boca
arriba, respirando maleza y breña, su aliento es verde, sus brazos
espinosos: hay que merecer el cielo entregándose a él, poniendo de
cabeza la mentira que desubica al paraíso y lo exalta hasta las nubes:
el paraíso, de existir, está en la entraña misma de la tierra, nos
aguarda con su abrazo húmedo, donde se confunden carne y
arcilla, donde el gran útero materno se confunde con el barro de
la creación y la vida nace y renace de su gran profundidad genésica,
jamás de su ilusión aérea, jamás de las líneas de aviación que
falsamente unen Nueva York y México, Atlántico y Pacífico,
separando, rompiendo la maravillosa unidad de los amantes, su
androginia perfecta, su identidad siamesa, su bellísima anormalidad,
su monstruosa perfección, para arrojarlos a destinos incompatibles,
a horizontes opuestos, ¿qué horas son en Seattle cuando en México
cae la noche, porqué la ciudad de Jim mira hacia un mar jadeante y
la ciudad de Juan hacia un polvo inquieto, por qué el aire de la costa
es de cristal y el aire de la meseta de excremento?

Entonces Juan y Jim se sientan a horcajadas sobre la baranda del
puente y se miran profundamente, hasta el fondo de los ojos negros
del mexicano y grises del norteamericano, sin tocarse, poseídos por
sus miradas, entendiéndolo todo, aceptándolo todo, sin rencores,
sin ilusiones, dispuestos a tenerlo, sin embargo, todo, el origen del
amor convertido en destino del amor, sin separación posible, por
más que la vida diaria los escinda..

Se miran, sonríen, se ponen ambos de pie sobre la cornisa del
puente, se toman de la mano ysaltan los dos al vacío, con los ojos
cerrados, pero convencidos de que  todas las estaciones se han
dado cita para mirarlos morir juntos, el invierno regando polvo
congelado, el otoño lamentando la muerte pasajera del mundo
con una voz roja y dorada, el lento verano perezoso y verde, y
por fin otra primavera, ya no fugaz e imperceptible, sino eterna
ésta, una barranca repleta de rosas, una caída suave, mortal,
hasta el rocío que los baña cogidos de las manos, con los ojos
cerrados, Lord Jim y Juan, ahora hermanos...

Juan Zamora sí. Pidió que les contara todo esto. Siente pena,
siente vergüenza, pero tiene compasión. Nos ha dado la cara.

Los invito a que realicen la autoevaluación de este cuento haciendo clic aquí.

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