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Tuesday, November 8, 2016

"El General hace un lindo cadáver" de Enrique Anderson Imbert


El General hace un lindo cadáver
Enrique Anderson Imbert

En un lugar de Sudamérica, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un cirujano cincuentón, tan rico que no necesitaba trabajar. En los ratos de ocio, que eran los más del año, se daba a leer novelas de detectives. Se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que perdió el juicio. Se le llenó la fantasía de todo aquello que leía en los libros; y vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que, picado porque en todas las novelas que leía la justicia acababa siempre por descubrir al delincuente, decidió cometer un crimen tan perfecto que a él sí que no lo descubrieran.
Alfonso Quiroga — que así se llamaba nuestro héroe — era recio de cuerpo y ágil de piernas, pero la cabeza lo avejentaba: calvete, arrugado, con gafas de miope y un bigotazo gris. Vivía en una hermosa quinta, en las afueras de la ciudad, sin más compañía que la de su servidumbre. Al frente se alzaban dos chalets. Aparente­mente gemelos — por dentro la disposición de las habitaciones era diferente—, estaban separados por el garage, ancho como para tres automóviles. En el chalet de la izquierda, que era donde anteriormente había ejercido la profesión, estaba instalado Quiroga. El de la derecha había quedado deshabitado desde que murieron sus hermanas. Al fondo de la huerta, en una casita enjalbegada de cal, se alojaban Bonifacia, una india ya muy vieja pero insustituible como cocinera, y los hijos de Bonifacia: Lucía, redondita y agraciada; Manuel, con la boca desfigurada por una coz; y la mujer de éste, Teresa, una apagada. Todavía más atrás de la casita había un rancho, arrendado por dos peones.

Sirvientes y peones respetaban el dinero y la bondad del doctor Quiroga, aunque solían irritarse al verlo tan entremetido en los trabajos de la quinta. Tan pronto se ponía a podar los frutales del huerto como movilizaba sus cacharros de química para exterminar plagas, pintaba un cerco o se iba al gallinero a retorcerle el gañote a un pollo para el almuerzo. Era parte del ejercicio físico que él mismo se había proscripto para no sucumbir a la vida sedentaria. Lo hacía también por amor a las cosas del campo. ¡Hasta iba a la cocina y ayudaba a Bonifacia en los pasteles, tamales y empanadas! Pero nada le gustaba tanto como leer los “mysteries” que recibía por correo, directamente de Nueva York. Precisamente fue al leer Dead and Not Buried cuando, fastidiado por la penuria imaginativa de H. F. M Prescott, se le ocurrió a Quiroga que no sólo él sería capaz de escribir una novela mejor, sino que hasta podría dejar seco a alguien sin que hubiera detective en el mundo que lo desenmascarara.
Subió a su cuarto, se sentó en el balcón —era esa hora del crepúsculo en que todavía no se ven las estrellas pero ya se las oye venir a todo galope — y se entretuvo formulando una teoría del crimen perfecto. Primera condición, claro, que nadie, al final de cuentas, pueda averiguar quién fue el asesino. Ni por qué asesinó. Ni cómo asesinó. Ni con qué asesinó. Pero no bastaba. Después de todo, crímenes así los hay a montones. ¿A montones? ¡Ja! Eso es poco decir. El noventa por ciento diría él, el noventa por ciento de los crímenes escapan a la acción de la justicia. Son, por lo general, crímenes ciegos, contrahechos, torpes, estúpidos. Truculencias. Atrocidades. Bazofia de todas las ciudades. ¡Bah! Porquerías de forajidos y facinerosos. No, un crimen perfecto es, debe ser, una aventura intelectual. Requiere la contextura precisa de una charada. ¡Eso! Tiene que ser una obra maestra. Un crimen riguroso e imaginativo como un soneto. Ahí está el detalle. Y, como la poesía pura, debe ser desinteresado. Matar por lucro, por venganza, por celos, por miedo, por política, por misantropía, por eutanasia y la mar en coche echa a perder las posibilidades artísticas de ese limpio acto de cortarle a un prójimo, gratuitamente, la hebra de la vida. ¿Matar por el placer de matar? Tampoco. Manía homicida, no; los maniáticos no sólo no pueden elegir entre el bien y el mal, sino que tienden a reincidir y acaban por repetirse. Un crimen perfecto tiene que ser libre y único. Se le perpetra sin móviles, sin egoísmos. El perfecto asesino debe avanzar con ánimo deportivo, a sangre fría, como quien acepta una apuesta. Descalabrar con un garrote a un pobre tipo que camina por un callejón a oscuras es algo que pueden hacer millares de malhechores: generalmente la policía no los encuentra nunca. Lo decoroso es despenar con estilo, poniendo tal sello personal que importe el riesgo de ser cogido. Ahí estaba lo deportivo de la cosa: firmar el crimen y sin embargo escabullirse. Que el quitar de en medio a un semejante sea bello en sí, como una prestidigitación. Para acrecentar esa belleza convenía crear problemas difíciles. Por ejemplo: el problema de un cadáver encerrado por dentro en un cuarto hermético, el problema de un cadáver que desaparece en presencia de muchos testigos, el problema de un cadáver que no revela el arma real pero inimaginable que lo fabricó... Y otros problemas menores: el de una serie de asesinatos que se cometen de acuerdo a una clave secreta; el del criminal que avisa a la policía cómo y cuándo perpetrará su homicidio; el de la coartada, falsa pero indestructible; el de las huellas que se interrumpen a mitad del camino, sin causa aparente; el de la casa inencontrable; el de un hombre ubicuo... Y a estos problemas había que resolverlos con elegancia trigonométrica. Quiroga soltó una risita picara. Trigonometría. ¡Qué bien!: el triángulo de la víctima, el asesino y el detective.
Ya había caído la noche, y ahora se veía en las nubes el aciago resplandor de las luces de la ciudad. Millares y millares de estrellas; y allá abajo, millares y millares de seres que estarían en ese mismo instante yendo y viniendo por el laberinto de calles. Uno de esos seres sería el elegido para el sacrificio. Uno. Cualquiera. ¿Hombre, mujer? Lo mismo daba. Elegiría la víctima al azar. O, mejor dicho, que el azar eligiera la víctima. ¿Cómo? Bueno...podría tirar la guía telefónica al aire para que cayera abierta en cualquier página; podría, con los ojos cerrados, clavar la punta del lápiz sobre cualquier nombre... No, no. La guía telefónica sólo da la nómina de un sector social, en su mayoría masculino. ¿Era justo descalificar como posibles mártires a quienes no figuran allí nada más que porque no pueden pagarse el lujo de un teléfono o porque el teléfono está a nombre del jefe de la familia? No señor. Había que complicar el juego del azar. Para corregir lo antidemocrático de la guía telefónica recurriría a santos y santas cuya festividad se conmemora todos los días del año. Que la guía de teléfonos indicara el apellido, y que el santoral del calendario indicara el nombre. Deshojó el taco del almanaque de pared y revolvió los días en el cesto de papeles. Metió el brazo y sacó la hojilla del 19 de marzo: San José. Después hizo una papeleta con cada letra del abecedario. Las revolvió. Escogió una: la “M”. ¡La cosa marchaba!; “José M..." Escribió en otras papeletas solamente los números de aquellas páginas de la guía telefónica que comprendían los abonados de la letra M. Las revolvió. Escogió una: la página 387. Escribió un número para cada columna de nombres en la página: salió la segunda columna. Contó las líneas de cada columna y escribió un número para cada línea: sacó el número 9. Ansioso, conteniendo la respiración, hizo que el dedo bajara por la torre de apellidos. ¡El apellido en la línea novena de la columna segunda de la página 387 era Melgarejo! Sólo que no había allí ningún José Melgarejo. Bueno. No importaba. Lo buscaría. Mañana mismo saldría de caza. Se rió como si le hicieran cosquillas. ¡Linda cacería! Primero, él cazaba la víctima; después, un detective trataría de cazarlo a él. ¡Ja, ja! ¡No está mal, no está mal! “José Melgarejo.” Trece fatídicas letras. ¿Quién sería? Se acostó. Durmió como un bendito: uno de sus sueños fue que José Melgarejo no existía.
Porque ¿es necesario decirlo? Quiroga estaba engañándose. Si se trataba, lisa y llanamente, de despachar un hombre al otro mundo, ¿a qué tantas cábalas? Con echarle el ojo a un Fulano de carne y hueso, ya estaba. ¿No era lo mejor? ¡Ah! Es que allá, en la cueva más soterrada de su alma, estaba el otro yo de Quiroga, haciendo votos para que el apócrifo José Melgarejo siguiera siendo muy apócrifo. Pero Quiroga se engañó a sí mismo. Se dio por satisfecho. El azar había formado un nombre: si el azar no formaba también un hombre, no era culpa suya. Cuando vio que en la guía no había ningún José Melgarejo, sintió alivio, aunque fingió no sentirlo. ¿Por qué desechó la idea de ir al Registro Civil e inquirir, de una vez por todas, si había o no un tal José Melgarejo? Se persuadió de que era para que el rastro de su curiosidad no lo delatase. Pero la razón escondida era otra: tenía miedo de encontrarse con que sí vivía ese señor.
Como quiera que sea, lo cierto es que Quiroga se embarcó en los preparativos del crimen perfecto. Cómo, cuándo, dónde y con qué, todavía no lo podía saber. Al topar con la víctima pensaría en todo ello. Con los hilos de las circunstancias tejería su trama. Entretanto lo primero que había que hacer era quemar su biblioteca policial, no fuera que alguien metiera allí las narices y oliera el pastel. Y después, rodear su vida con un halo de inocencia. Mejor todavía, convertir toda su vida en una coartada colosal. Sin exagerar, sin llamar la atención con costumbres nuevas, había que enaltecer su reputación — intachable, a decir verdad — para que, sucediera lo que sucediera, nadie se atreviese a acusarlo. El pertenecer al patriciado criollo lo ayudaba. Era estimado, en círculos sociales influyentes, como hombre de orden, rico, conservador, culto. (Su locura era interior y secreta.) Si algo dejaba ver eran meras chifladuras. Pero ¿quién iba a notarlas? En estos tiempos todo el país estaba patas arriba y a diario los papanatas comulgaban con ruedas de molino, ¿quién, pues, iba a asombrarse de las opiniones que Quiroga lanzaba desde su sillón del Club? Opiniones inofensivas por lo demás. ¿Y sus artículos periodísticos? Júzguense los temas: folklore, genealogía, anecdotario patriótico... Nada, que se le respetaba. Hasta había políticos de barrio que sopesaban las posibilidades del doctor Quiroga como candidato del Partido Nacionalista. Quiroga se sonreía. ¿Político él? ¡Qué ideal Nunca, nunca. Pero se relamía de gusto. Su respetabilidad agregaba una nueva fruición a sus fantasías macabras: si lo cogían después de asesinar, caería como Sansón, abrazado a las columnas de la sociedad.
Una tarde la urbe resonó con la caballería del Ejército marchando sobre la Casa de Gobierno. Horas después se anunció por radio que una Junta de militares, presidida por el general Veintemilla, gobernaría provisionalmente para salvar la patria ya no recuerdo de qué males. Los nacionalistas vivaron el Ejército, ofrecieron su apoyo al General y solicitaron empleos públicos. Entonces fue más admirable que nunca el alma de violeta del doctor Quiroga. Daba consejos, asistía a reuniones partidarias, aunaba voluntades, pergeñaba editoriales para el periódico oficial, pero modestamente se oscurecía. Lo dicho: un alma de violeta. “Si usted quisiera, doctor...” Ni hablar. El doctor no quería. No quería nada. Jamás aceptaría del gobierno un cargo rentado.
De improviso surgió un nuevo caudillo: un general que acababa de regresar de la Italia de Mussolini después de varios años de agregado militar en la Embajada. Organizó en secreto a los jefes de regimiento y una mañana los periódicos trajeron la noticia con títulos a toda página: “Veintemilla renuncia”; “Una nueva Junta nombra presidente al general José Melgarejo.”
El corazón dio tal vuelco que Quiroga creyó que otra persona le habitaba el cuerpo. También la cabeza le dio vueltas y en una de ésas estuvo a punto de encontrar el juicio que había perdido. ¡José Melgarejo! Se miró al espejo. Demudado. Ojeroso. Se miraron, él y su imagen, y se dijeron con el mismo movimiento de labios: “ya apareció.” Se avergonzó de ser un pusilánime y, con la inconsciencia del fanático, se lanzó a la aventura. Había que planear el crimen. El primer paso: acercarse a la víctima.
No fue difícil. Hasta se dio el lujo de rehusar varias veces la invitación de los nacionalistas para visitar al dictador. Al fin aceptó y lo conoció en una reunión a puertas cerradas de militares y políticos. José Melgarejo era corto de estatura, con manos pequeñitas, carnes muy blandas y cierta gordura femenina, pero su rostro revelaba a cada mirada el ascendiente de un caudillo. Quiroga no sintió el magnetismo de esas miradas, sin embargo: desde el primer instante lo vio ya occiso, con los ojos pegados. ¡Por cierto que hacía un lindo cadáver! Quiroga intervino sesudamente en la conversación. Lo invitaron a otras reuniones. Y en la histeria de esos días su palabra sonaba sana. La seriedad de Quiroga parecía patriotismo: era en verdad la rigidez del alevoso. Encantó a Melgarejo. Una vez Melgarejo lo invitó a él solo. Hablaron sobre la crisis. El gobierno militar se había desacreditado: ¿cómo darle popularidad? Quiroga propuso que, en una forma o en otra, se regalara dinero a todo el mundo. Genial. Formidable. A nadie se le había ocurrido. ¿Y si él, Melgarejo, transmitiera por la Radio del Estado un discurso anunciando la buena nueva? Sí, sería un buen comienzo. El doctor Quiroga, eso sí, tendría que encargarse de escribir el discurso. Bien. Sí. El doctor Quiroga lo escribiría.
Y así Quiroga tuvo acceso al despacho del dictador y a poco entraba y salía como Pedro por su casa. No aceptó el ofrecimiento de una Dirección General, pudor que le valió aún más la estima de Melgarejo. Se hicieron amigos. A veces era Quiroga quien se lo llevaba a celebrar una de esas deliciosas cenas que Bonifacia sabía preparar. Una noche, cenando en casa de Quiroga, se mostró Melgarejo muy preocupado por la fuerza creciente de la oposición.
— Hay que dar apariencias de legalidad a los actos del gobierno — aconsejó Quiroga —. Lo mejor sería convocar a elec­ciones y que pase a ser presidente constitucional.
— ¿Y si no me eligen?
— ¡Cómo no lo van a elegir! Ya sabe cómo se hacen estas cosas. No hay cuidado. A la oposición se la mete en cintura. Un poquito de fraude... En el peor de los casos, usted se queda, pase lo que pase, y todo sigue como ahora.
Se organizó la campaña electoral. Quiroga estaba a todas horas con Melgarejo. Dio constantes pruebas de lealtad. Lo cubrió con su cuerpo cuando asaltaron a balazos el tren en que viajaba. Sacó las castañas del fuego cuando algunos jefes del ejército empezaron a amotinarse. Los políticos, seguros de que el doctor Quiroga no abrigaba ambiciones personales (y de que, por otra parte, no se oponía a las ambiciones personales de los demás) lo ayudaban. Había caudillos reacios, en las provincias más lejanas.
— Déjemelos por mi cuenta — dijo Quiroga —. Los voy a invitar a mi casa. Una fiesta criolla, con vino, empanadas, cordero asado, alfajores y... ¡folklore! Usted les endilga un discursito. Volverán a sus pagos vibrantes de entusiasmo patriótico. Déjemelos por mi cuenta.
La víspera de la fiesta — sábado — Melgarejo y Quiroga se quedaron toda la tarde en la Casa de Gobierno. Salieron al anochecer. En la antesala se les juntó el edecán, Mayor Rosas. “Ah, también viene el edecán a pasar la noche en casa,” se dijo Quiroga. “Bien: en vez de seguir el Plan N" 1 seguiré el Plan N° 2 o el Plan N° 3, según lo que convenga.” Subieron al auto presidencial y partieron. La ciudad, siempre noctámbula, se despertaba y abría miles y miles de ojos iluminados. En cambio, en los suburbios, el parque, oscuro como una sola mancha de árboles, se había echado y parecía dormir con un ojo abierto: el lago. Dejaron el parque atrás. A los lados del camino, unas pocas casas humildes. Después, campo. Otro grupo de casas, con una iglesita barroca rezando en la noche, y a los cinco minutos llegaron a la quinta del doctor Quiroga. Atravesaron las verjas, despidieron al chofer y entraron en el chalet principal. Cenaron. Quiroga trajo unos papeles y se dispuso a tomar notas sobre la reunión del día siguiente.
— Puede retirarse cuando guste — dijo el General a su edecán —. El doctor Quiroga y yo trabajaremos hasta tarde. Mañana, a las once... No: a las once y media, venga a pedir órdenes.
— Ah — intercedió Quiroga con un aire tímido de anfitrión que teme no dar a sus huéspedes toda la comodidad merecida —. En el otro chalet sólo tengo una habitación arreglada, de modo que, si no les es molesto, ustedes se quedan aquí. El Mayor puede descansar en mi cuarto. Permítame mostrarle el camino. Usted, General, tiene ya su habitación preparada. Cuando terminemos de trabajar yo me iré al otro chalet.
— De ninguna manera — dijo Melgarejo —. El Mayor puede dormir en el otro chalet y nosotros nos quedamos aquí. ¿Por qué va usted a dejar su propio cuarto? ¡No faltaba más! El Mayor estará cómodo allá, ¿no?
— Naturalmente — contestó el Mayor.
— Como ustedes quieran — dijo Quiroga. Y pensó: “Hay que seguir, pues, el Plan N° 3.”
Se despidieron. Quiroga y el Mayor Rosas salieron del chalet, cruzaron el garage y entraron en el chalet gemelo. Después de aposentar al Mayor, volvió Quiroga junto al General y empezaron a cambiar ideas. Quiroga tomaba notas y disimulaba su impaciencia. Media hora más ¡y el crimen perfecto! Había premeditado los menores detalles. Plan N° 3. Cada cosa, en su sitio. El tiempo de cada acción, calculado minuto por minuto. Los movimientos de las personas, previstos hasta en sus incongruencias. Su coartada, infalible. Con su imaginación había recorrido todas las etapas del asesinato, con su imaginación ya había asesinado. Sabía qué precauciones tomar en cada caso para no dejar pistas. Ahora, antes de asesinar de veras, contempló en su mente, por última vez, el diagrama de ese juego. Impecable. Cabal. No le faltaba nada, ni siquiera el reto a la policía. Porque al final había dejado una incógnita enorme. Más caballeresco no podía ser. Juego limpio. Ahí quedaba ese cabo suelto, para espolear el interés de algún pesquisante. En los anales policíacos quedaría inscripto ese áureo signo de interrogación.
Cuando los sirvientes y peones se retiraron a la casita de ser­vicio y al rancho, perdidos en el fondo de la huerta — eran las nueve y media —, vieron el chalet iluminado. Allí se seguía traba­jando.
Domingo. Siete de la mañana. Bonifacia, al levantarse, encontró al doctor Quiroga en el patio, colgando de una guirnalda un gran retrato del general Melgarejo. El retrato, sonriente, parecía el aviso de algún dentífrico.
— Simpático, el General ¿no? — dijo Bonifacia.
— ¿Verdad que sí?
— ¿Duerme todavía?
— Como un tronco.
— ¿Le preparo el desayuno?
— ¿A mí? No, gracias. Ya lo tomé. Dentro de un rato iré a ver si el Mayor Rosas está despierto. Si está, le aviso y usted le dice a Lucía que le lleve el desayuno. ¡Cuidado con Lucía! ¡Je, je! El Mayor debe de tener buen ojo para las muchachas guapas... Por el General no se preocupe. Va a dormir hasta tarde. Cuando se levante, yo la llamaré, Bonifacia. Tenemos que andar rápido. Hay mucho que hacer. A Manuel, que trinque el cordero y encienda el fuego. Usted no me lo pierda de vista. ¡Mire que hoy nos juga­mos la reputación de cocineros! La salsa: Bonifacia ¡cuidado con la salsa! Ah, ya probé uno de sus alfajores: ¿sabe que le salieron ricos? Y la masa para las empanadas, no le digo nada. Tiene buena cara. ¡Ojalá que el relleno le vaya a la par! Después que lo pruebe me dice, con toda franqueza, qué le parece. Ahora vaya rellenando las empanadas. ¿Y Teresa?
— Fue a misa.
— Está bien. Cuando vuelva, que se arregle bien, con el vestido que le compré. Lo mismo a Lucía. Que pongan la mesa. Otra cosa: que Lucía no me alborote a los invitados, ¿eh? ¡Je, je! La muchacha tiene el diablo en el cuerpo. Yo le voy a decir, Boni­facia, a qué hora hay que poner la grasa a calentar. Cuando caigan los músicos haga que les sirvan unas copas. ¿Y qué más? Bueno, por ahora eso es todo. Vaya, no más.
Detrás del chalet, entre el jardín y la fuente, ordenaron las sillas para los músicos. El patio se angostaba, entraba en una glorieta cubierta de jazmines del país — allí tendieron las mesas — y salía por el otro lado, para ensancharse otra vez, camino a la huerta. Vinieron los peones y celebraron el sacrificio del cordero asado. Vino Teresa y se vistió con la falda de paisana — amarillo, rosa — que el doctor Quiroga había encargado. Vinieron los mú­sicos y bailarines, y se disfrazaron con trajes más o menos tradi­cionales. Al fin vino Lucía, con su falda nuevecita, violeta y ama­rilla. El Mayor Rosas — ocre, rojo, plata, oro, negro, verde, azul — apareció, muy satisfecho, retorciéndose el bigote, y agregó al carnaval criollo arreos de opereta vienesa.
— Doctor Quiroga — dijo —. Ya es hora. Voy a pedir órdenes al general.
— ¿El general? Todavía no lo he visto. ¿Ya son las once?
— Las once y media.
Fueron a la habitación de huéspedes. Quiroga golpeó la puerta, respetuosamente. Nadie contestó. Ahora golpeó recio. Nada. Se volvió hacia el Mayor Rosas y le dijo, riéndose:
— ¡Le ha hecho efecto! Anoche no podía dormir. Se tomó un narcótico. ¿Lo despertamos?
Pero no pudieron abrir la puerta.
— ¡Mi general! — gritó el Mayor. Sacudió la puerta. Gritó otra vez, arrimando la boca a la cerradura. Quiso mirar por la cerradura.
— Tiene la llave echada por dentro — dijo el Mayor.
— Sí, ya veo — contestó Quiroga. Y agregó, riéndose otra vez
— ¿Oye cómo ronca? ¡No lo despertamos ni a cañonazos!
En efecto, se oía la respiración profunda, lenta, acompasada del dormido.
— ¿No hay otra puerta?
— No. Pero el cuarto tiene una ventana, que da al patio. Hagamos la prueba.
Dieron la vuelta por el pasillo, salieron a un soportal — desde donde se veía el patio y la glorieta — y se acercaron a la ventana. Estaba clausurada, con los pestillos echados por dentro. Una cor­tina espesa, corrida, no dejaba ver nada en el interior de la habi­tación.
— No hay caso — dijo Quiroga—. En la parte de atrás hay una claraboya, pero está muy alta y además es tan pequeña que no podríamos asomar la cabeza. No hay nada que hacer. Esperemos. Dejémoslo dormir una hora más. Si no se levanta cuando lleguen los invitados — y volvió a reírse — derribamos la puerta, lo zama­rreamos y le damos una ducha. Debe de haber recargado la dosis del narcótico que le prescribí.
Doce y cinco. Llegaron tres automóviles, repletos de gente. Las muchachas empezaron a servir el vermouth. Las guitarras y bombos rompieron a tocar vidalas, cuecas, zambas. Se formaban grupos de conversación muy animada. Quiroga se disculpaba por no poder estar con todos. Iba de un lado a otro, sonriente, atento. A ratos entraba en la casa, pero los invitados no lo echaban de menos. Ya venía otra vuelta de vermouth, servida por la linda Lucía. La una menos cuarto. Los bailarines formaron la cueca. Al cabo, Quiroga se acercó al Mayor y le dijo:
— ¿Y? ¿Qué tal? ¿Le gustan los bailes?
— Mucho — respondió el Mayor. Y después de un silencio agregó —. ¿Todavía no ha visto al General?
— No. Seguirá durmiendo.
— ¿No cree que deberíamos ir a decirle que han llegado todos?
— Sí, tiene razón. ¡Qué cabeza la mía! ¿Qué hora es?
— La una y cuarto.
— ¿Ya? ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! Sí, claro. Hay que llamar al general. ¿Vamos?
Al volverse Quiroga levantó la vista y miró hacia la ventana del General.
— Sí. Se ha levantado — le dijo al Mayor, señalándosela—. ¿No ve? Ha abierto las cortinas.
Llegaron al cuarto, golpearon. No respondieron. El Mayor se apoyó en el picaporte y la puerta cedió. Sólo que, al abrirla, el General no estaba. La cama, deshecha; las sábanas, arrugadas; la almohada, hundida. En la cerradura, la llave. Por lo visto, el Ge­neral se había vestido y salido del dormitorio. Tampoco lo encon­traron en el baño. Bonifacia — la única que, además del doctor Quiroga, había andado por la casa — no sabía nada.
— ¿Adónde habrá ido? — murmuró Quiroga —. A menos que...
— ¿A menos que...? — repitió el Mayor.
— Nada. Luego le contaré.
Quiroga cogió al Mayor del brazo y recorrieron otras depen­dencias del chalet. No. El General había hecho mutis. Salieron al jardín delantero. Nada. Ya aguardaba allí el chofer con el auto presidencial. No, el chofer no había visto al General.
— ¡Qué raro! — exclamó el Mayor—. ¿Dónde se habrá metido?
— Puede ser que mientras nosotros entrábamos por atrás, él salía por delante. Quien le dice que ya se ha reunido con los in­vitados.10 Vamos.
— ¿Dónde se habrá metido? — murmuró el Mayor.
— ¿Se habrá ido a misa? — dijo Quiroga, sin convicción.
— ¿A misa? Lo dudo... Usted dijo: "A menos que...”
— Nada, nada. Después hablaremos. Ahora hay que atender a las visitas. Hagamos como que el General ha tenido que ausen­tarse por un asunto urgente. A lo mejor, vuelve a tiempo.
Una y media. Se sentaron a la mesa. Bonifacia y las muchachas trajeron fuentes llenas de empanadas recién sacadas de la sartén. El vino empezó a correr. “¡Viva el general Melgarejo!” “¡Viva, viva!” El frugal Quiroga fue a ver si el asado estaba a punto y, de paso, pidió a los músicos que tocaran un carnavalito. Después de las empanadas, el cordero. Y después, alfajores, frutas... El Mayor miró a Quiroga y le hizo un gesto: “¿Y? ¿Qué hacemos?” Ya no era posible esperar más. Los bailarines habían terminado. Habían retirado los platos. Bonifacia traía el café. El doctor Quiroga se puso de pie, esperó que se hiciera un silencio y empezó su dis­curso. Disculpó la ausencia involuntaria del general Melgarejo y en seguida entonó las alabanzas. Con voluptuosa travesura eligió las palabras de suerte que valieron simultáneamente como pane­gírico y como oración fúnebre. Nadie percibió sus sutilezas necro­lógicas, y Quiroga sonrió al oír los gritos, ahora sí que inútiles, de “¡Viva el general!” “¡Viva, viva!” Resonaron otros discursos, a cual más elocuente. Terminó la sobremesa. Terminó la fiesta. Se fueron todos. Todos menos el Mayor Rosas.
— Usted ha de estar rendido, doctor Quiroga; pero ¿me per­mite que abuse un poco más de su hospitalidad?
— ¡Por Dios! ¡No faltaba más! Lo que usted quiera. Está en su casa.
— Gracias. Quisiera hablar por teléfono, para ver si el Ge­neral está en su casa o si ha ido a la Casa de Gobierno.
No. Nadie sabía dónde estaba el General.
— ¿No le parece raro? — preguntó el Mayor mientras colgaba el teléfono—. No acabo de explicarme cómo el General ha podido irse así, sin despedirse de nadie, sin siquiera avisarle a usted... Recuerdo que usted iba a decir algo... “A menos que...” empezó a decir, y se calló. ¿Qué iba a decir?
— Bueno. El mismo General, cuando lo vea, le explicará mejor que yo por qué se fue. Es que anoche, después de muchas horas de escribir y romper papeles, se sintió irritado. De pronto le dis­gustó la idea de esta fiesta... No sé... Se le puso entre ceja y ceja que era humillante para él tener que rebajarse a esto... Que él no tenía por qué buscar la amistad de los políticos... Que después de todo él gobernaba por la fuerza del ejército y no necesitaba de farsas electorales... Y hasta insinuó que, a lo mejor, se iría sin esperar a nadie. Más aún: que estaba tan cansado de lidiar con problemas que no podían resolverse, que tenía ganas de mandar todo a los mil demonios, renunciar al gobierno e irse a algún sitio más tranquilo, a pescar truchas o a papar aire por las calles... Son sus palabras. Yo me reía. No le contradije. Hablaba y hablaba. Estaba muy excitado. Supongo que por eso me pidió un soporífero, para poder dormir. Desde luego, no le creí. Pero, el resto ya lo sabe usted, cuando abrimos la puerta y vimos que el General se había levantado y se había ido calladito sospeché que había cum­plido su amenaza.
— Pero si es así ¿dónde se fue? ¿Y cómo? No tenía auto, así que ha tenido que irse a pie. ¿Largarse por el camino, a pie, al mediodía? ¡Hum! No lo creo.
— ¿Y si se fue caminando hasta la Iglesia? ¿Y de allí al parque?
— Qué quiere que le diga, doctor Quiroga, no lo creo. En fin, es cosa de esperar. Hay algo raro. Si usted no tiene incon­veniente me gustaría echarle otra ojeada al dormitorio del Ge­neral.
Fueron. Todavía no lo habían arreglado. El Mayor observó todo. Sobre la mesa de luz, una lámpara enchufada en un tomaco­rriente del zócalo, y el frasco con el dormitivo. En la pared opuesta a la puerta había una pequeña claraboya, semiabierta. Las cortinas, descorridas; pero el cristal de la ventana estaba pestillado.
Al día siguiente volvió el Mayor.
— Me temo que ha habido juego sucio — le dijo a Quiroga después de informarle que el General no aparecía por ninguna parte —. Un secuestro. Un crimen. No sé.
— Sí. Algo grave ha ocurrido — asintió Quiroga, muy preo­cupado —. Porque usted no cree que le haya venido una especie de surmenage, de amnesia, y se haya escapado por ahí...
— No, cómo voy a creer eso. ¿Usted cree?
— Francamente, no.
— Bueno. Entonces, manos a la obra. ¿Me deja usted inspec­cionar toda la quinta, interrogar a la servidumbre? No es que me las quiera largar de Sherlock Holmes...
En el magín de Quiroga la mención del nombre mágico de Sherlock Holmes tuvo la virtud de conferir al Mayor Rosas las facul­tades de Sherlock Holmes mismo. Sherlock Holmes, el taumaturgo, transmigrado y redivivo. “Ah — se dijo —, el Mayor Rosas es de los míos.” No esperaba que surgiera tan pronto el detective. Y que fuera un detective con aura de novelas. Había detectives mor­finómanos, cínicos, ciegos, con faldas, con sotanas, médicos, perio­distas, abogados, críticos, de arte... ¡Qué bien! La colección se com­pletaba: un Mayor de Ejército, detective... Y, complacido, adivinó en los ojos de lince del Mayor Rosas el genio del análisis y la de­ducción. Ahora se vería si los métodos de Sherlock Holmes eran infalibles.
Lunes. El Mayor Rosas invitó a Quiroga a que lo acompañase hasta la Casa de Gobierno. La Junta, reunida para considerar la emergencia, quería oírle. Quiroga, sin mover un pelo, dio todos los informes que le pidieron. Sí — dijo—, es posible que se trate de un secuestro. Si el General se fue a pie hasta la Iglesia, a lo mejor una banda de opositores que vigilaba nuestra casa lo levantó en un automóvil. En el mejor de los casos, lo habrán encerrado en algún sitio.
El Jefe de Policía, que estaba presente, escuchaba como si oyera llover. Quiroga se alarmó por su negligencia.
Martes. Tres de la tarde. En la Casa de Gobierno los miembros de la Junta, el Jefe de Policía, el Mayor Rosas y el doctor Quiroga, reunidos otra vez. La cosa está que arde. El General se ha hecho humo. ¿Y si la oposición se entera? ¿Hasta cuándo podrán man­tener el secreto? El doctor sugiere que la policía vaya a su casa, que revise palmo a palmo el terreno, que interrogue a todos los presentes en la fiesta... Sí, se hará eso y aún más, dice uno de los militares; y volviéndose hacia el Jefe de Policía le ordena:
— Usted mismo, personalmente, se me pone al frente de la in­vestigación ¿eh?
El Jefe de Policía se cuadra, coge su gorra, su sable, y le dice a Quiroga:
— ¿Vamos, doctor?
— Vamos — contesta Quiroga; y volviéndose hacia el Mayor Rosas trata de comprometerlo con un "¿vamos?” para que también los acompañe y no pierda el rastro. Porque, ha pensado Quiroga, el Mayor Rosas, nadie más, debe ser el Detective. ¿El Jefe de Policía? Un adoquín. Un inepto. Tirará por el suelo el precioso castillo armado en el aire. El Mayor sí que tiene pesquis. Sólo él es capaz de meter una clave dentro de otra y servirse de ese aparato lógico como de un telescopio. Una mota, una simple mota en el crimen, y el Mayor la notaría y acabaría por despejar el enigma. Si no lo despejaba ¿qué mejor tributo a la maestría de Quiroga? Orgullosamente, Quiroga desafiaba al más capaz. Una inteligencia contra otra inteligencia, esto es lo que todavía faltaba a su novela vivida. Por eso ha invitado al Mayor, el conocedor, el sabueso. Y el Mayor fue.
Pero ocurrió lo que Quiroga había temido. Al día siguiente el Jefe de Policía, extremando torpemente su celo, empezó a arrestar a políticos de la oposición, a allanar los locales donde se confabu­laban. A su consejo, el ejército hizo lo mismo con algunos oficiales antimelgarejistas. Y, como es natural, el país supo así que había gato encerrado. Antes de fin de semana todo el mundo sabía que el general Melgarejo había desaparecido. La oposición salió a la calle. Se distribuyeron volantes revolucionarios. Se empapelaron las paredes con carteles contra el gobierno. Hubo huelgas. Los estu­diantes vociferaban. Tiroteos. Muertos. Un sector del ejército apro­vechó la confusión para dar un golpe de Estado. El nuevo dic­tador, general Villa, desde los balcones de la Casa de Gobierno anunció que el régimen de Melgarejo se había podrido; que hubo que cortar por lo sano y que ahora el país estaba a salvo. El pueblo gritaba: “¡Viva el general Villa!” Alguien en un café insinuó en voz baja que a lo mejor el general Villa había mandado eliminar al general Melgarejo. Otro dio la conjetura por cierta. Un tercero agregó que en realidad había sido un duelo. Hubo variantes. No había sido un duelo a sable, sino a pistola. No había sido un duelo, sino un acto de coraje: Villa entró, él solo, en la Casa de Gobierno, se abrió paso a empujones y liquidó a Melgarejo con un dedo, el dedo del gatillo. El general Villa se convirtió en un héroe nacional. Halagado, no negaba nada, no decía nada. De la noche a la mañana desterraron al Mayor Rosas a la Embajada de Madrid, con lo cual se confirmó la leyenda de que el general Villa le había pegado un tiro a Melgarejo. ¿Por qué, si no, alejaba al edecán? La policía creyó prudente echar tierra al asunto. No fuera que, al manosear la cosa, tocaran de casualidad un fulmi­nante. La desaparición del general Melgarejo se convirtió en un secreto de Estado. Los diarios no se atrevían ni a mencionarla. Cuando el general Villa proclamó la amnistía, sus partidarios la in­terpretaron como una Ley del Olvido y creyeron saber qué es lo que Villa quería que olvidaran. Se olvidó, pues, a Melgarejo.
Quiroga se indignó: “¡Tramposos! ¡Así no se juega, qué dia­blos!” En primer lugar, despojaban su crimen de la gloria de una pesquisa. ¡Eso no valía! La policía echaba pie atrás antes de que se formara el rompecabezas. ¡Fulleros! La gracia de un asesinato está en vencer deportivamente, en buena ley, los mejores esfuer­zos de la policía. Pero si la policía, de entrada no más, abandonaba el caso ¿para qué había servido la delicadeza del asesino? ¡Qué país de porquería! En ninguna otra parte la policía se re­tiraría del tapete verde dejando al asesino cómoda­mente sentado, con los ases en la mano. Archivar el caso Melgarejo importaba tanto como tirar una joya a la basura, junto con una cantidad de crímenes vulgares que no se resuelven jamás, no por ser inso­lubles, sino por indiferencia de las autoridades. Y quizá a esas mismas horas andaba el Mayor Rosas jactándose por ahí de que, de no alejárselo del país, hubiera resuelto el misterio. Sí, es posible que el Mayor Rosas tuviera alguna sospecha. ¿Por qué no? Ese estupendo escamoteo del cadáver de Melgarejo tenía que atraer sospechas. Había contado con que sospecharían de él. Hasta le enorgullecía que sospe­charan de él. Pero ¿hubiera sido capaz el Mayor Rosas de encontrar alguna hilacha en el suntuoso tapiz de su crimen? No, no era posible. Quiroga esta­ba seguro de su arte. ¡Qué divertido hubiera sido en­frentarse a las sospechas del Mayor Rosas y desin­flarlas —pim, pam, pum— a alfilerazos! Sospechas inverificables. Quizá, dentro de muchos, muchos años, cuando se sintiera morir, llamaría a ese Sher­lock Holmes de sable, serreta y soles y jugaría con él como el gato con el ratón. "¿Se acuerda de aquel día de la fiesta —le diría al final, ya con el pie en el estribo, y después de haberlo humillado—, se acuerda cuando usted y yo nos acercamos a la habitación de huéspedes? Pues bien: el general Melgarejo ya no existía ni siquiera como corpus delicti”. "¿De ve­ras? ¡No puede ser! ¿Quiere usted decirme que el general no murió en la cama? ¡Cómo! Yo creí...” “Ya sé, ya sé... Los generales, normalmente, mue­ren en la cama; pero el general Melgarejo no llegó a acostarse. Yo deshice la cama, para hacer creer que él había dormido allí.” “¿Y los ronquidos que le escuchamos?" "¡Bah! producidos por una cinta magnetofónica. La habitación, amigo mío, estaba deshabitada.” “Pero si estaba cerrada por dentro”, diría el Mayor Rosas, sin salir de su estupor. Qui­roga le sonreía piadosamente. "Elemental, querido Rosas, elemental.” Y le contaría cómo dejó la cla­raboya abierta pero pestillo la ventana, salió del cuarto, corrió por afuera el cerrojo de la puerta y se llevó la llave, rodeó por el pasillo el cuarto, se arrimó a la pared de atrás, sujetó la llave en la hendija de una caña tacuara, desde la claraboya atravesó con la caña la habitación y metió la llave por el lado de adentro de la cerradura. Rosas, con la boca abierta, y sin disimular su admiración, ex­clamaría: "Ahora comprendo: con los mismos en­gaños, pero procediendo al revés, usted recogió la llave y abrió la puerta para hacerme creer que Mel­garejo había salido de la habitación. Doctor: ¡usted es un genio! Claro, nadie lo echó de menos a us­ted, pues la fiesta se hacía en el patio y los convi­dados encontraban muy natural que se moviera de un lado a otro... Doctor: usted es un genio”. “Gra­cias, querido amigo; ahora comprenderá usted por qué, para mantener el secreto de ese crimen ma­gistral que ahora le acabo de confesar, tengo que matarlo a usted. Esta copita de anís que usted se ha bebido estaba envenenada. Lo siento.” Quiroga suspiró. ¿Un genio? Bueno... ¿para qué negarlo? Era un genio, efectivamente. Pero su genial edificio ahora se desmoronaba. No solo le habían arrebatado la satisfacción de medir sus fuerzas con la jus­ticia y derrotarla, sino que hasta le habían robado el asesinato. Sí, el general Villa era un ladrón. Se había robado toda la fama. Probablemente era un mequetrefe incapaz de matar una mosca, y ahí es­taba en el sillón presidencial, pavoneándose con plu­mas ajenas, como un héroe de historia sudameri­cana pintado con los fascinantes colores de la san­gre. Más: Villa, al robarle el crimen, se lo envi­leció. Quiroga lo había consumado sin ninguna in­quina, con toda pureza y desinterés; ante la opinión pública, sin embargo, ese homicidio aparecía degra­dado en tiranicidio. Era tanto su rencor que hasta tuvo impulsos de ir a la Plaza Central y gritar a los cuatro vientos: "¡El asesinato es mío. Yo, yo, yo solito soy el asesino!" Y lo arrestarían. Y él dic­taría cuidadosamente su confesión. Y al día siguien­te, en los periódicos, a grandes titulares, la publi­carían. ¡La cara de las señoras! Si daba risa el solo imaginar sus visajes de asco. Porque en las buenas novelas de detectives, aun en las que no son buena literatura, la pasión por los problemas abstractos impone un helado recato en la descripción del de­güello. Esas novelas nunca llegan a dar repugnan­cia. Pero el estilo más desapasionado de la crónica periodística hace hervir las sensaciones del lector en un baño rojo. Los periódicos sí pueden dar repulsión. “Apenas el Mayor Rosas se retiró al otro chalet — se leería en El Bien Público—, el ingenioso Doctor Alfonso Quiroga suministró a Melgarejo un anestésico; y cuando perdió el sentido lo desnudó, le ligó brazos y piernas para evitar una abundante hemorragia, lo tendió en la bañadera, dejó correr el agua para que se llevara la sangre antes de que coagulara y comenzó a descuartizarlo vivo, con toda su pericia de cirujano. Melgarejo falleció en el curso de la delicada operación quirúrgica. Le sacó las vísceras, le cercenó la cabeza y dividió el cuerpo en cuatro pedazos. De las partes más carnosas apartó varios kilos, bien cortados. El resto, embolsado en una tela impermeable, lo llevó a la cocina, donde había puesto a calentar, al gas, un crisol de cobre lleno de una solución de soda cáustica y agua. Puso a hervir primero la cabeza y después, uno por uno, los miembros y pedazos sueltos. A medida que se di­solvían las proteínas y grasas fue sacando con unas tenazas los huesos, los lavó en la pileta y los astilló. En una olla calentó ácido nítrico y allí disolvió los huesos: el humo se iba por la chimenea. Cuando renovaba el ácido se cuidaba de mezclarlo con mucha agua para que, al derramarlo por la pileta, no corroyera las cañerías. A las ropas las desintegró en la solución de soda cáustica. Limpió los instrumentos y los guardó en su sitio...” Y así por el estilo. ¡La cara que pondrían los lectores de El Bien Público!Hasta la negra tinta del periódico tendría un olor deletéreo. ¡Y la nocturnidad de esa escena! Sublime, sublime... ¡Qué gran modelo! Clásico. Pero él no confesaría. Sería una locura. Con una confesión no ganaría nada. Echaría a perder el único mérito que le restaba: que nunca se supiera quién había despanzurrado a Melgarejo, y cómo. Sin contar con que, si confesaba, a lo mejor lo nombraban ministro. Porque así andaban las cosas en su país: ya ni un crimen decente se podía cometer porque en seguida lo hacían a uno héroe. ¡Qué lástima! Un crimen tan bonito, tan bien hecho... La hecatombe de la nueva revolución militar había quitado a la desaparición de Melgarejo el horror de la muerte y la gracia de jugar con la muerte. Una vasta conspiración de políticos, militares, periodistas, policías, charlatanes y cobardes habían inventado un móvil patriótico que deshonraba el desinterés de homicidio. ¡Que los partiera un rayo! ¿Por qué las novelas de detectives se escriben en inglés? ¿Será porque sólo en los países civilizados hay aversión a la muerte violenta? ¿O será que todas esas novelas de detectives son falsas? Juego mental, falso como el del matemático que traza su fórmula sabiendo que nunca tropezará con cosa que se le parezca, irres­ponsable como el del ajedrecista que sobre un tablero a cuadros da jaque a una pieza de palo. El criminal, en esas novelas, se afanaba en cerrar su crimen como una cámara hermética, con una cadena de causas y efectos bien eslabonados. Pero ese orden ¿no era falso? Orden necesariamente separado de la vida. Vida que es un absurdo caos. Ahora Quiroga despreció esas novelas. Se alegró de haberlas quemado. Se prometió no leer ni una más.

Poco a poco se le fue calmando el ánimo. Y se consoló pen­sando en que no era por su culpa que la hábil gradación de su crimen había terminado en un anticlímax; de un empujón hicieron rodar el crimen escaleras abajo, al sótano, grotescamente. Sí, todo se había venido abajo, pero Dios y él sabían que el crimen había sido perfecto. Crimen de sagrado simbolismo, con magnificencias de liturgia. A los bien cortados kilos de carne que había apartado los pasó por la picadora. Frió el picadillo, lo sazonó, lo mezcló con huevos duros, aceitunas, pasa de uva. Ya eran casi las siete de la mañana. Dejó que Bonifacia rellenara con eso las empanadas. Los políticos, al grito de “¡Viva Melgarejo!”, en una comunión de fe mística, se comieron en empanadas a Melgarejo. ¡Qué hermosura, qué hermosura! ¡Oh, si sólo hubiera habido un criminólogo de tal crimen! Beatamente, con resignación, Quiroga levantó los ojos al cielo. Algo de aquel candoroso resplandor que, después del holo­causto de Abel, debió de iluminar el rostro de Caín, brilló también en el rostro de Quiroga. “Dios y yo — repitió — sabemos que, a pesar de todo, el crimen fue perfecto.” Y ofreció a Dios, espectador único y mudo, su homicidio redondo como una hostia.

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