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Saturday, November 8, 2014

"Once" de Sandra Cisneros

Eleven
Sandra Cisneros


Lo que la gente no entiende sobre los cumpleaños y lo que nadie te dice es que cuando tienes once años también tienes diez, y nueve, y ocho, y siete, y seis, y cinco, y cuatro, y tres, y dos, y uno. Y cuando te despiertas el día de tu décimo primer cumpleaños esperas sentirte como si tuvieras once años, pero no es así. Abres tus ojos y todo es igual que ayer, excepto que es hoy. Y no te sientes para nada como si tuvieras once años. Te sientes como si tuvieras todavía diez. Y los tienes, bajo el año que te hace tener once.

Como aquellos días en los que dirías algo estúpido, y esa es la parte que todavía tiene diez años. O tal vez algún día necesitarías sentarte en el regazo de tu madre porque tienes miedo, y esa es la parte de ti que tiene cinco. Y quizá un día, cuando ya seas mayor, quizá necesites llorar como si tuvieras tres años, y eso está bien. Es lo que le digo a mamá cuando está triste y necesita llorar. Tal vez se siente como si tuviera tres.

Y es que la forma en la que creces es algo así como una cebolla o los anillos dentro del tronco de un árbol o como mis pequeñas muñecas de madera que encajan una dentro de otra, cada año dentro de otro. Así es como es tener once años.

No sientes que tengas once años. No inmediatamente. Tienen que pasar unos días, semanas tal vez, a veces incluso meses antes de que digas Once cuando te preguntan. Y no te sientes tan inteligente como alguien de once años, no hasta que casi tienes doce. Así es.


Simplemente hoy desearía no tener once años repiqueteando dentro de mí como peniques en una caja de tiritas de lata. Hoy desearía tener ciento dos años en lugar de once porque si tuviera ciento dos habría sabido qué decir cuando la Srta. Pierce puso el sweater rojo sobre mi pupitre. Habría sabido cómo decirle que no era mío en lugar de quedarme simplemente quieta con ese aire en mi rostro y sin nada saliendo de mi boca.

“¿De quién es esto?”dice la Srta. Pierce, y sostiene el sweater rojo en el aire para que toda la clase lo vea. “¿De quién? Lleva un mes en el ropero.”

“No es mío,” dice todo el mundo, “No es mío.”

“Tiene que ser de alguien,” continúa diciendo la Srta. Pierce, pero nadie puede recordar. Es un sweater feo con botones de plástico rojos y con el cuello y los puños dados de sí como si pudieras usarlo de comba. Puede que tenga mil años e incluso si hubiera sido mío no lo habría dicho.

Puede que sea porque estoy flacucha o puede que sea porque no le caigo bien, esa estúpida Sylvia Saldivar dice: “Creo que es de Rachel”. Era un sweater feo, todo harapiento y viejo, pero la Srta. Pierce la cree. La Srta. Price coge el sweater y lo pone justo encima de mi pupitre, pero cuando abro la boca no sale nada.

“No es... yo no... usted no... no es mío.” dije finalmente con una vocecita que puede que fuera yo con cuatro años.

“Por supuesto que es tuyo,” dice la Srta. Pierce, “te recuerdo llevándolo un día.” Como es más mayor y es la profesora, ella tiene razón y yo no.

No es mío, no es mío, no es mío, pero la Srta. Pierce ya está pasando a la página treinta y dos y al problema número cuatro de mates. No sé por qué pero de repente me estoy encontrando mal por dentro, como si la parte de mí que tiene tres años quiere salir por mis ojos, así que los froto fuerte y me muerdo fuerte con los dientes y trato de recordar que hoy tengo once años, once. Mamá está haciendo un pastel para mí para esta noche y cuando Papá venga a casa todo el mundo cantará Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz.

Pero cuando el sentimiento enfermizo se va y abro mis ojos, el sweater rojo sigue todavía ahí como una gran montaña roja. Muevo el sweater rojo a la esquina de mi pupitre con mi regla. Muevo mi lápiz y libros y goma tan lejos de él como puedo. Incluso muevo mi silla un poco a la derecha. No es mío, no es mío, no es mío.

En mi cabeza pienso en cuánto queda para la hora de la comida, cuánto hasta que pueda coger el sweater y tirarlo a través de la valla del patio del colegio, o dejarlo colgando de un parquímetro o hacerlo una bolita y lanzarlo a un callejón. Pero cuando la clase de mates acaba la Srta. Pierce dice en alto y frente a todo el mundo”Ahora, Rachel. Ya es suficiente”, porque ve que he empujado el sweater rojo a la punta de la esquina de mi pupitre y está colgando del borde como una cascada, pero me da igual.

“Rachel,” dice la Srta. Pierce. Lo dice como si se estuviera volviendo loca. “Ponte ese sweater ahora mismo y déjate de tonterías.”

“Pero no es...”

“¡Ahora!”dice la Srta. Pierce.

Ahí es cuando desearía no tener once años, porque todos los años dentro de mí (diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno) están empujando desde detrás de mis ojos al meter un brazo por una manga del sweater que huele como a requesón y luego el otro brazo por la otra y me quedo ahí con los brazos separados como si el sweater me doliera, y me duele; pica y está lleno de gérmenes que ni siquiera son míos.

Y entonces es cuando todo lo que he estado aguantando toda la mañana desde que la Srta. Pierce puso el sweater en mi mesa finalmente sale y de repente estoy llorando delante de todo el mundo. Desearía ser invisible, pero no lo soy. Tengo once años y es mi cumpleaños y estoy llorando como si tuviera tres delante de todo el mundo. Agacho mi cabeza y entierro mi cara en mis estúpidos brazos de sweater de payaso. Mi cara está ardiendo y hay saliva saliendo de mi boca porque no puedo parara los ruiditos de animales que salen de mí hasta que no queden más lágrimas en mis ojos y mi cuerpo tiembla como cuando tienes hipo y la cabeza me duele como cuando bebes leche muy deprisa.

Pero la peor parte es justo después de que suene la campana de la comida. Esa estúpida de Phyllis Lopez, que todavía es más tonta que Sylvia Saldivar, ¡dice que recuerda que el sweater es suyo! Me lo quito de un tirón y se lo doy, y la Srta. Price hace como si todo estuviera bien.

Hoy cumplo once años. Hay un pastel que Mamá está preparando para esta noche y cuando Papá venga a casa del trabajo, nos lo comeremos. Habrá velas y regalos y todo el mundo cantará Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos Rachel... sólo que ya es demasiado tarde.

Hoy tengo once años. Tengo once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno, pero desearía tener ciento dos. Desearía tener cualquier edad excepto once años, porque quiero que el día de hoy se aleje ya, que se aleje como un globo que huye, como una pequeña “o” en el cielo, tan tan pequeña que tienes que cerrar los ojos para verla.

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