
Batallas de Amor
Por una ingrata fuereña
Pasó tan estirada y tan gargosa
y con unos andados tan decentes,
que voltiaban nomás todas las gentes
y decían pensativas: -- ¡Haiga cosa!
Y se quedaban lelos de mirarla
con aquella hermosura tan divina.
Algunos le seguían hasta la esquina
y otros corrían por alcanzarla.
Yo también, al mirar ese tesoro,
me indagué de su nombre y de sus señas,
y supe que pendía de unas fuereñas
que llegaron antier de Tarimoro.
Y como no me gustan las tardanzas,
sino hacer todo pronto y al instante,
le puse una cartita muy tronante,
llena de amor y hasta algo de esperanzas,
Y no aguardé contestación ni nada
solamente esperé que anocheciera
y salí de mi casa a la carrera
hasta llegar enfrente a su morada.
Pero era más mejor no haber llegado,
pues a la luz incierta y meridiana,
vislumbré que, pegado a su ventana,
estaba muy envuelto un embozado,
Y vi que platicaban muy sonrientes
y hasta muy agarrados de la mano,
sin importarle a ella ni al cristiano
que los miraran al pasar las gentes.
Entonces, al mirar ese fracaso,
bastante disgustado y sorprendido,
le jalé la cobija al individuo,
y le hice ver andaba en muy malpaso.
Y, ¿para qué les cuento lo que hablamos
y el pleitazo tan fiero que tuvimos?
Un porcional de cosas nos dijimos
y bastante las caras nos golpeamos.
Y, no me lo han de creer: con la golpiza
no le dio a la mujer tantito susto.
Más bien parece que tenía harto gusto,
pues nomás se carcajiaba de la risa.
Al mirar eso, dije: -- ¡Margarito!
No sigas adelante; aquí no hay modo.
Déjala, pues, y que se acabe todo,
para que vea que no la necesito.
Y entonces, como un último saludo,
antes de fumigarme entre el arcano,
le pegué otras guantadas al cristiano,
y él también me arrimó las más que pudo.
Pero después de tanta fafaralla,
se aclaró que no es gallo de pelea,
porque, cuando ya vio la cosa fea,
me pidió paz y dijo que aquí es valla.
Nota.- Yo no pensaba poner este penoso sucedido; pero, como en una población chica todo se sabe, yo he sabido que la ingrata mujer anda diciendo que bien que me moquetió el individuo y que yo ni las manos metí. Por eso pongo aquí la verdad, para que se sepa y para que vean que hasta las mujeres bonitas saben echar mentiras, pues lo cierto es que, cuando el cristiano se veía muy agobiado con los golpes, nomás decía: “Hora toca descanso”, y se tapaba la cara con las manos hasta que se reponía tantito; y yo no llegué a decir nada de eso, y hasta fui tan legal de esperarlo cada vez que decía que tocaba descanso.
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