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Wednesday, April 1, 2020

"Carpincheros" de Augusto Roa Bastos

 Carpincheros

 Augusto Roa Bastos
(Paraguay)

La primera noche que Margaret vio a los carpincheros fue la noche de San Juan.

Por el río bajaban flotando llameantes islotes. Los tres habitantes de la casa blanca corrieron hacia el talud para contemplar el extraordinario espectáculo.

Las fogatas brotaban del agua misma. A través de ella aparecieron "los carpincheros. "

Parecían seres de cobre o de barro cocido, parecían figuras de humo que pasaban ingrávidas a flor de agua. Las chatas y negras embarcaciones hechas con la mitad de un tronco excavado apenas se veían. Era una flotilla entera de cachiveos. Se deslizaron silenciosamente por entre el crepitar de las llamas, arrugando la chispeante membrana del río.

Cada cachiveo tenía los mismos tripulantes: dos hombres bogando con largas tacuaras, una mujer sentada en el plan, con la pequeña olla delante. A proa y a popa, los perros expectantes e inmóviles, tan inmóviles como la mujer que echaba humo del cigarro sin sacarlo en ningún momento de la boca. Todas parecían viejas, de tan arrugadas y flacas. A través de sus guiñapos colgaban sus fláccidas mamas o emergían sus agudas paletillas.

Solo los hombres se erguían duros y fuertes. Eran los únicos que se movían. Producían la sensación de andar sobre el agua entre los islotes de fuego. En ciertos momentos, la ilusión era perfecta. Sus cuerpos elásticos, sin más vestimenta que la baticola de trapo arrollada en torno de sus riñones sobre la que se hamacaba el machete desnudo, iban y venían alternadamente sobre los bordes del cachiveo para impulsarlo con los botadores. Mientras el de babor, cargándose con todo el peso de su cuerpo sobre el botador hundido en el agua, retrocedía hacia popa, el de estribor con su tacuara recogida avanzaba hacia proa para repetir la misma operación que su compañero de boga. El vaivén de los tripulantes seguía así a lo largo de toda la fila sin que ninguna embarcación sufriera la más leve oscilación, el más ligero desvío. Era un pequeño prodigio de equilibrio.

Iban silenciosos. Parecían mudos, como si la voz formara apenas parte de su vida errabunda y montaraz. En algún momento levantaron sus caras, tal vez extrañados también de los tres seres de harina que desde lo alto de la barranca verberante los miraban pasar. Alguno que otro perro ladró. Alguna que otra palabra gutural e incomprensible anduvo de uno a otro cachiveo, como un pedazo de lengua atada a un sonido secreto.

El agua ardía. El banco de arena era un inmenso carbunclo encendido al rojo vivo. Las sombras de los carpincheros resbalaron velozmente sobre él. Pronto los últimos carpincheros se esfumaron en el recodo del río. Habían aparecido y desaparecido como en una alucinación.

Margaret quedó fascinada. Su vocecita estaba ronca cuando preguntó:

-¿Son indios esos hombres, papá?

-No, Gretchen, son los vagabundos del río, los gitanos del agua -respondió el mecánico alemán.

-¿Y qué hacen?

-Cazan carpinchos.

-¿Para qué?

-Para alimentarse de su carne y vender el cuero.

-¿De dónde vienen?

-¡Oh, Püppchen, nunca se sabe!

-¿Hacia dónde van?

-No tienen rumbo fijo. Siguen el curso de los ríos. Nacen, viven y mueren en sus cachiveos.

-Y cuando mueren, Vati, ¿dónde les dan sepultura?

-En el agua, como a los marineros en alta mar -la voz de Eugen tembló un poco.

-¿En el río, Vati?

-Son las fogatas de San Juan -explicó pacientemente el inmigrante a su hija.

-¿Las hogueras de San Juan?

-Los habitantes de San Juan de Borja las encienden esta noche sobre el agua en homenaje a su patrono.

-¿Cómo sobre el agua? -siguió exigiendo Margaret.

-No sobre el agua misma, Gretchen. Sobre los camalotes. Son como balsas flotantes. Las acumulan en gran cantidad, las cargan con brazas de paja y ramazones secas, les pegan fuego y las hacen zarpar. Alguna vez iremos a San Juan de Borja a verlo hacer.

Durante un buen trecho, el río brillaba como una serpiente de fuego caída de la noche mitológica.

Así se estaba representando probablemente Margaret el río lleno de hogueras.

-¿Y los carpincheros arrastran esos fuegos con sus canoas?

-No, Gretchen; bajan solos en la correntada. Los carpincheros sólo traen sus canoas a que los fuegos del Santo chamusquen su madera para darles suerte y tener una buena cacería durante todo el año. Es una vieja costumbre.

-¿Cómo lo sabes, Vati? -la curiosidad de la niña era inagotable. Sus ocho años de vida estaban conmovidos hasta la raíz.

-¡Oh, Gretchen! -la reprendió Ilse suavemente-. ¿Porqué preguntas tanto?

-¿Cómo lo sabes, Vati? -insistió Margaret sin hacer caso.

-Los peones de la fábrica me informaron. Ellos conocen y quieren mucho a los carpincheros.

-¿Por qué?

-Porque los peones son como esclavos en la fábrica. Y los carpincheros son libres en el río. Los carpincheros son como las sombras vagabundas de los esclavos cautivos en el ingenio, en los cañaverales, en las máquinas -Eugen se había ido exaltando poco a poco-. Hombres prisioneros de otros hombres. Los carpincheros son los únicos que andan en libertad. Por eso los peones los quieren y los envidian un poco.

-Ja -dijo solamente la niña, pensativa.

Desde entonces, la fantasía de Margaret quedó totalmente ocupada por los carpincheros. Habían nacido del fuego delante de sus ojos. Las hogueras del agua los habían traído. Y se habían perdido en medio de la noche como fantasmas de cobre, como ingrávidos personajes de humo.

La explicación de su padre no la satisfizo del todo, salvo tal vez en un solo punto: en que los hombres del río eran seres envidiables. Para ella eran, además, seres hermosos, adorables.

Torturó su imaginación e inventó una teoría. Les dio un nombre más acorde con su misterioso origen. Los llamó HOMBRES DE LA LUNA. Estaba firmemente convencida de que ellos procedían del pálido planeta de la noche por su color, por su silencio, por su extraño destino.

"Los ríos bajan de la luna -se decía-. Si los ríos son su camino -concluía fantástica-, es seguro que ellos son los Hombres de la Luna".

Por un tiempo lo supo ella solamente, Ilse y Eugen quedaron al margen de su secreto.

No hacía mucho que habían arribado al ingenio azucarero de Tebicuary del Guairá. Llegaron directamente desde Alemania, poco después de finalizada la Primera Guerra Mundial.

A ellos, que venían de las ruinas, del hambre, del horror, Tebicuary Costa se les antojó al comienzo un lugar propicio. El río verde, los palmares de humo bañados por el viento norte, esa fábrica rústica, casi primitiva, los ranchos, los cañaverales amarillos, parecían suspendidos irrealmente en la verberación del sol como en una inmensa telaraña de fiebre polvorienta. Sólo más tarde iban a descubrir todo el horror que encerraba también esa telaraña donde la gente, el tiempo, los elementos, estaban presos en su nervadura seca y rojiza alimentada con la clorofila de la sangre. Pero los Plexnies arribaron al ingenio en un momento de calma relativa. Ellos no querían más que olvidar. Olvidar y recomenzar.

-Este sitio es bueno -dijo Eugen apretando los puòos y tragando el aire a bocanadas llenas, el día que llegaron. Más que convicción, había esperanza en su voz, en su gesto.

-Tiene que ser bueno -corroboró simplemente Ilse. Su marchita belleza de campesina bávara estaba manchada de tierra en el rostro, ajada de tenaces recuerdos.

Margaret parecía menos una niña viva que una muñeca de porcelana, menudita, silenciosa, con sus ojos de añil lavado y sus cabellos de lacia plata brillante. Traía su vestidito de franela tan sucio como sus zapatos remendados. Llegó aupada en los recios y tatuados brazos de Eugen, de cuya cara huesuda goteaba el sudor sobre las rodillas de su hija.

En los primeros días habitaron un galpón de hierros viejos en los fondos de la fábrica. Comían y dormían entre la ortiga y la herrumbre. Pero el inmigrante alemán era también un excelente mecánico tornero, de modo que enseguida lo pusieron al frente del taller de reparaciones. La administración les asignó entonces la casa blanca con techo de cinc que estaba situada en ese solitario recodo del río.

En la casa blanca había muerto asesinado el primer testaferro de Simón Bonaví, dueño del ingenio. Uno de los peones previno al mecánico alemán:

-No te de'cuida-ke, don Oiguen. En la'sánima en pena de Eulogio Penayo, el mulato asesinado, ko alguna noche anda por el Oga-morotï. Nojotro' solemo' oír su lamentación.

Eugen Plexnies no era supersticioso. Tomó la advertencia con un poco de sorna y la transmitió a Ilse, que tampoco lo era. Pero entre los dos se cuidaron muy bien de que Margaret sospechara siquiera el siniestro episodio acaecido allí hacía algunos años.

Como si lo intuyera, sin embargo, Margaret al principio, más aún que en el galpón de hierros viejos, se mostraba temerosa y triste. Sobre todo por las tardes, al caer la noche. Los chillidos de los monos en la ribera boscosa la hacían temblar. Corría a refugiarse en los brazos de su madre.

-Están del otro lado, Gretchen -la consolaba Ilse-. No pueden cruzar el río. Son monitos chicos, de felpa, parecidos a juguetes. No hacen daño.

-¿Y cuándo tendré uno? -pedía entonces Margaret, más animada. Pero siempre tenía miedo y estaba triste. Entonces fue cuando vio a los carpincheros entre las fogatas, la noche de San Juan. Un cambio extraordinario se operó en ella de improviso. Pedía que la llevaran a la alta barranca de piedra caliza que caía abruptamente sobre el agua. Desde allí se divisaba el banco de arena de la orilla opuesta, que cambiaba de color con la caída de la luz. Era un hermoso espectáculo. Pero Margaret se fijaba en las curvas del río. Se veía que aguardaba con ansiedad apenas disimulada el paso de los carpincheros.

El río se deslizaba suavemente con sus islas de camalotes y sus raigones negros aureolados de espuma. El canto del guaimingüé sonaba en la espesura como una ignota campana sumergida en la selva. Margaret ya no estaba triste ni temerosa. Acabó celebrando con risas y palmoteos el salto plateado de los peces o las vertiginosas caídas del martín-pescador que se zambullía en busca de su presa. Parecía completamente adaptada al medio, y su secreta impaciencia era tan intensa que se parecía a la felicidad.

Cuando esto sucedió, Eugen dijo con una profunda inflexión en la voz:

-¿Ves, Ilse? Yo sabía que este lugar es bueno:

-Sí, Eugen; es bueno porque permite reír a nuestra hijita.

En la alta barranca abrazaron y besaron a Margaret, mientras la noche, como un gran pétalo negro cargado de aromas, de silencio, de luciérnagas, lo devoraba todo menos el espejo tembloroso del agua y el fuego blanco y dormido del arenal.

-¡Miren, ahora se parece a un grosser queso flotando en el agua! -comentó Margaret riéndose. llse pensó en los grandes quesos de leche de yegua de su aldea. Eugen, en cierto banco de hielo en que su barco había encallado una noche cerca del Shager-Rak, durante la guerra, persiguiendo a un submarino inglés.

Por la mañana venían las lavanderas. Sus voces y sus golpes subían del fondo de la barranca. Margaret salía con su madre a verlas trabajar. La lejía manchaba el agua verde con un largo cordón de ceniza que bajaba en la correntada a lo largo de la orilla en herradura. Enfrente, el banco de arena reverberaba bajo el sol.

Se veía cruzar sobre él la sombra de los pájaros. Una mañana vieron tendido en la playa un yacaré de escamosa cola y lomo dentado.

-¡Un dragón, mamá...! -gritó Margaret, pero ya no sentía miedo. -No, Gretchen. Es un cocodrilo.

-¡Qué lindo! Parece hecho de piedra y de alga.

Otra vez, un venadito llegó saltando por entre el pajonal hasta muy cerca de la casa. Cuando Margaret corrió hacia él llamándolo, huyó trémulo y flexible, dejando en los ojos celestes de la alemanita un regusto de ternura salvaje, como si hubiera visto saltar por el campo un corazón de hierba dorada, el fugitivo corazón de la selva. Otra vez fue un guaca-mayo de irisado cuerpo granate, pecho índigo y verde, alas azules, larga cola roja y azul y ganchudo pico de cuerno; un arco iris de pluma y ronco graznido posado en la rama de timbó. Otra vez, una víbora de coral que Eugen mató con el machete entre los yuyos del potrero. Así Margaret fue descubriendo la vida y el peligro en el mundo de hojas, tierno, áspero, insondable, que la rodeaba por todas partes. Empezó a amar su ruido, su color, su misterio, porque en él percibía además la invisible presencia de los carpincheros.

En las noches de verano, después de cenar, los tres moradores del caserón blanco salían a sentarse en la barranca. Se quedaban allí tomando el fresco hasta que los mosquitos y jejenes se volvían insoportables. Ilse cantaba a media voz canciones de su aldea natal, que el chapoteo de la correntada entre las piedras desdibujaba tenuemente o mechaba de hiatos trémulos, como si la voz sonara en canutillos de agua. Eugen, fatigado por el trabajo del taller, se tendía sobre el pasto con las manos debajo de la nuca. Miraba hacia arriba recordando su antiguo y perdido oficio de marino, dejando que la inmensa espiral del cielo verdinegro, cuajado de enruladas virutas brillantes como su torno, se le estancara al fondo de los ojos. Pero no podía anular la preocupación que lo trabajaba sin descanso.

La suerte de los hombres en el ingenio, en cuyos pechos oprimidos se estaba incubando la rebelión. Eugen pensaba en los esclavos del ingenio. La cabecita platinada de Margaret soñaba, en cambio, con los hombres libres del río, con sus fabulosos Hombres de la Luna.

Esperaba cada noche verlos bajar por el río.

Los carpincheros aparecieron dos o tres veces más en el curso de ese año. A la luz de la luna, más que el fulgor de las hogueras, cobraban su verdadera substancia mitológica en el corazón de Margaret. Una noche desembarcaron en la arena, encendieron pequeñas fogatas para asar su ración de pescado y después de comer se entregaron a una extraña y rítmica danza, al son de un instrumento parecido a un arco pequeño. Una de sus puntas penetraba en un porongo partido por la mitad y forrado en tirante cuero de carpincho. El tocador se pasaba la cuerda del arco por los dientes y le arrancaba un zumbido sordo y profundo como si a cada boqueada vomitara en la percusión el trueno acumulado en su estómago. Tum-tu-tum... Tam-ta-tam... Ta-tam... Tu-tum... Ta-tam... Tain-ta-tam... Arcadas de ritmo caliente en la cuerda del gualambau, en el tambor de porongo, en la dentadura del tocador. Sonaban sus costillas, su piel de cobre, su estómago de viento, el porongo parchado de cuero y temblor, con su tuétano de música profunda parecida a la noche del río, que hacía hamacar los pies chatos, los cuerpos de sombra en el humo blanco del arenal.

Tum-tu-tum... Tam-ta-tam... Tu-tum... Ta-tam... Tu-tummmm. ……………………
La respiración de Margaret se acompasaba con el zumbido del gualambau. Se sentía atada misteriosamente a ese latido cadencioso encajonado en las barrancas.

Cesó la música. El hilván negro de los cachiveos se puso en movimiento con sus botadores de largas tacuaras que parecían andar sobre el agua, que se fueron alejando sobre carriles de espuma cada vez más queda, hasta desvanecerse en la tiniebla azul y rayada de luciérnagas.

Los esperaba siempre. Cada vez con impaciencia más desordenada. Siempre sabía cuándo iban a aparecer y se llenaba de una extraña agitación, antes de que el primer cachiveo bordeara el recodo a lo lejos, en el hondo cauce del río.

-¡Ahí vienen! -la vocecita de Margaret surgía rota por la emoción. El canturreo gangoso o el silencio de Ilse se interrumpía. Eugen se incorporaba asustado.

-¿Cómo lo sabes, Gretchen?

-No sé. Los siento venir. Son los Hombres de la Luna... de la Luna...

Era infalible. Un rato después, los cachiveos pasaban peinando la cabellera de cometa verde del río. El corazón le palpitaba fuertemente a Margaret. Sus ojitos encandilados rodaban en las estelas de seda líquida hasta que el último de los cachiveos desaparecía en el otro recodo detrás del brillo espectral del banco de arena roído por los pequeños cráteres de sombra.

En esas noches, la pequeña Margaret hubiera querido quedarse en la barranca hasta el amanecer porque los sigilosos vagabundos del río podían volver a remontar la corriente en cualquier momento.

-¡No quiero ir a dormir... no quiero entrar todavía! ¡No me gusta la casa blanca! ¡Quiero quedarme aquí..., aquí! -gimoteaba.

La última vez se aferró a los hierbajos de la barranca. Tuvieron literalmente que arrancarla de allí. Entonces Margaret sufrió un feo ataque de nervios que la hizo llorar y retorcerse convulsivamente durante toda la noche. Sólo la claridad del alba la pudo calmar. Después durmió casi veinticuatro horas con un sueño inerte, pesado.

-El espectáculo de los carpincheros -dijo Ilse a su marido- está enfermando a Margaret.

-No saldremos más a la barranca -decidió él, sordamente preocupado.

-Será mejor, Eugen -convino Ilse.

Margaret no volvió a ver a los Hombres de la Luna en los meses que siguieron. Una noche los oyó pasar en la garganta del río. Ya estaba acostada en su catrecito. Lloró en silencio, contenidamente. Temía que su llanto la delatara. El ladrido de los perros se apagó en la noche profunda, el tenue rumor de los cachiveos arañados de olitas fosfóricas. Margaret los tenía delante de los ojos. Se cubrió la cabeza con las cobijas. De pronto dejó de llorar y se sintió extrañamente tranquila porque en un esfuerzo de imaginación se vio viajando con los carpincheros, sentadita, inmóvil, en uno de los cachiveos. Se durmió pensando en ellos y soñó con ellos, con su vida nómada y bravía deslizándose sin término por callejones de agua en la selva.

Con el día su pena recomenzó. Nada peor que la prohibición de salir a la barranca podía haberle sucedido. Volvió a ser triste y silenciosa. Andaba por la casa como una sombra, humillada y huraña. Llegó a detestar en secreto todo lo que la rodeaba: el ingenio en que trabajaba su padre, el sitio sombrío que habitaban, la vivienda de paredes encaladas y ruinosas, su pieza, cuya ventana daba hacia la barranca, pero a través de la cual no podía divisar a sus deidades acuáticas cuando ella sola escuchaba en la noche el roce de los cachiveos sobre el río.

A pesar de todo, Margaret fue mejorando lentamente, hasta que ella misma creyó que había olvidado a los Hombres de la Luna. La casa blanca pareció reflotar con la dicha plácida de sus tres moradores como un témpano tibio en la noche del trópico.

Para celebrarlo, Eugen agregó otro tatuaje a los que ya tenía en su pellejo de ex marino. En el pecho, sobre el corazón, junto a dos anclas en cruz, dibujó con tinta azul el rostro de Margaret. Salió bastante parecido.

-Ya no te podrás borrar de aquí, Gretchen. Tengo tu foto bajo la piel.

Ella reía feliz y abrazaba cariñosa al papito.

Así llegó otra vez la noche de San Juan. La noche de las fogatas sobre el agua.

Eugen, Ilse y Margaret se hallaban cenando en la cocina cuando los primeros islotes incandescentes empezaban a bajar por el río. El errabundo fulgor que subía de la garganta rocosa les doró el rostro. Se miraron los tres, serios, indecisos, reflexivos. Eugen por fin sonrió y dijo:

-Sí, Gretchen. Esta noche iremos a la barranca a ver pasar las hogueras.

En ese mismo momento llegó hasta ellos el aullido de un animal, mezclado al grito angustioso de un hombre. El aullido salvaje volvió a oírse con un timbre metálico indescriptible: se parecía al maullido de un gato rabioso, a una uña de acero rasgando súbitamente una hoja de vidrio.

Salieron corriendo los tres hacia la barranca. Al resplandor de las fogatas vieron sobre el arenal a un carpinchero luchando contra un bulto alargado y flexible que daba saltos prodigiosos como una bola de plata peluda disparada en espiral a su alrededor.

-¡Es un tigre del agua! -murmuró Eugen, horrorizado. -iMein gott!-gimió Ilse.

El carpinchero lanzaba desesperados machetazos a diestro y siniestro, pero el lobo-pe, rápido como la luz, tornaba inofensivo el vuelo decapitados del machete.

Los otros carpincheros estaban desembarcando ya también en el arenal, pero era evidente que no conseguirían llegar a tiempo para acorralar y liquidar entre todos a la fiera. Se oían las lamentaciones de las mujeres, los gritos de coraje de los hombres, el jadeante ladrar de los perros.

El duelo tremendo duró poco, contados segundos a lo más. El carpinchero tenía ya un canal sangriento desde la nuez hasta la boca del estómago. El lobo-pe seguía saltando a su alrededor con agilidad increíble. Se veía su lustrosa pelambre manchada por la sangre del carpinchero. Ahora era un bulto rojizo, un tizón alado de larga cola nebulosa, cimbrándose a un lado y otro en sus furiosas acometidas, tejiendo su danza mortal en torno al hombre oscuro. Una vez más saltó a su garganta y quedó pegado a su pecho porque el brazo del carpinchero también había conseguido cerrarse sobre él hundiéndole el machete en el lomo hasta el mango, de tal modo que la hoja debió hincarse en su pecho como un clavo que los fundía a los dos. El grito de muerte del hombre y el alarido metálico de la fiera rayaron juntos al tímpano del río. Juntos empezaron a chorrear los borbotones de sus sangres. Por un segundo más, el carpinchero y el lobo-pe quedaron erguidos en ese extraño abrazo como si simplemente hubieran estado acariciándose en una amistad profunda, doméstica, comprensiva. Luego se desplomaron pesadamente, uno encima del otro, sobre la arena, entre los destellos oscilantes. Después de algunos instantes el animal quedó inerte. Los brazos y las piernas del hombre aún se movían en una ansia crispada de vivir. Un carpinchero desclavó de un tirón al lobo-pe del pecho del hombre, lo degolló y arrojó al río con furia su cabeza de agudo hocico y atroces colmillos. Los demás empezaron a rodear al moribundo.

Ilse tenía el rostro cubierto con las manos. El espanto estrangulaba sus gemidos. Eugen estaba rígido y pálido con los puños hundidos en el vientre. Solo Margaret había contemplado la lucha con expresión impasible y ausente. Sus ojos secos y brillantes miraban hacia abajo con absoluta fijeza en la inmovilidad de la inconsciencia o del vértigo. Solamente el ritmo de su respiración era más agitado. Por un misterioso pacto con las deidades del río, el horror la había respetado. En el talud calizo iluminado por las fogatas que bogaban a la deriva, ella misma era una pequeña deidad casi incorpórea, irreal.

Los carpincheros parecían no saber qué hacer. Algunos de ellos levantaron sus caras hacia la casa de los Plexnies y la señalaron con gestos y palabras ininteligibles. Era la única vivienda en esos parajes desiertos.

Deliberaron. Por fin se decidieron. Cargaron al herido y lo pusieron en un cachiveo. Toda la flotilla cruzó el río. Volvieron a desembarcar y treparon por la barranca.

Margaret, inmóvil, veía subir hacia ella, cada vez más próximos, a los Hombres de la Luna. Veía subir sus rostros oscuros y aindiados. Los ojos chicos bajo el cabello hirsuto y duro como crin negra. En cada ojo había una hoguera chica. Venían subiendo las caras angulosas con pómulos de piedra verde, los torsos cobrizos y sarmentosos, las manos inmensas, los pies córneos y chatos. En medio subía el muerto que ya era de tierra. Detrás subían las mujeres harapientas, flacas y tetudas. Subían, trepaban, reptaban hacia arriba como sombras pegadas a la resplandeciente barranca. Con ellos subían las chispas de las fogatas, subían voces guturales, el llanto de iguana herida de alguna mujer, subían ladridos de los que iban brotando los perros, subía un hedor de plantas acuáticas, de pescados podridos, de catinga de carpincho, de sudor...

Subían, subían... -¡Vamos, Gretchen! Ilse la arrastró de las manos.

Eugen trajo el farol de la cocina cuando los carpincheros llegaron a la casa. Sacó al corredor un catre de trama de cuero y ordenó con gestos que lo pusieran en él. Después salió corriendo hacia la enfermería para ver si aún podía traer algún auxilio a la víctima. Ya desde el alambrado gritó:

-¡Vuelvo enseguida, Ilse! ¡Prepara agua caliente y recipientes limpios!

Ilse va a la cocina, mareada, asustada. Se le escucha manejarse a ciegas en la penumbra roja. Suenan cacharros sobre la hornalla.

El destello humoso del farol arroja contra las paredes las sombras movedizas de los carpincheros inmóviles, silenciosos, hasta el llanto de iguana ha cesado. Se oye gotear la sangre en el suelo. A través de los cuerpos coriáceos, Margaret ve el pie enorme del carpinchero tendido en el catre. Se acerca un poco más. Ahora ve el otro pie. Son como dos chapas callosas, sin dedos casi, sin talón, cruzados por las hondas hendiduras de roldana que el borde filoso del cachiveo ha cavado allí en leguas y leguas, en años y años de un vagabundo destino por los callejones fluviales. Margaret piensa que esos pies ya no andarán sobre el agua y se llena de tristeza. Cierra los ojos. Ve el río cabrilleante, como tatuado de luciérnagas. El olor almizclado, el recio aroma montaraz de los carpincheros ha henchido la casa, lucha contra la tenebrosa presencia de la muerte, alza en vilo el pequeño, el liviano corazón de Margaret. Lo aspira con ansias. Es el olor salvaje de la libertad y de la vida. De la memoria de Margaret se están borrando en este momento muchas cosas. Su voluntad se endurece en torno a un pensamiento fijo y tenso que siente crecer dentro de ella. Ese sentimiento la empuja. Se acerca a un carpinchero alto y viejo, el más viejo de todos, tal vez el jefe. Su mano se tiende hacia la gran mano oscura y queda asida a ella como una diminuta mariposa blanca posada en una piedra del río. Las hogueras siguen bajando sobre el agua. La sangre gotea sobre el piso. Los carpincheros van saliendo. Durante un momento sus pies callosos raspan la tierra del patio rumbo a la barranca con un rasguido de carapachos veloces y rítmicos. Se van alejando. Cesa el rumor. Vuelve a oírse el desagüe del muerto solo, abandonado en el corredor. No hay nadie.

Ilse sale de la cocina. El miedo, el pavor, el terror, la paralizan por un instante como un baño de cal viva que agrieta sus carnes y le quema hasta la voz. Después llama con un grito blanco, desleído, que se estrella en vano contra las paredes blancas y agrietadas:

-¡Margaret..., Gretchen...!

Corre hacia la barranca. El hilván de los cachiveos está doblando el codo entre las fogatas. Los destellos muestran todavía por un momento, antes de perderse en las tinieblas, los cabellos de leche de Margaret. Va como una luna chica en uno de los cachiveos negros.

-¡Gretchen..., mein herzchen...!

Ilse vuelve corriendo a la casa. Un resto de instintiva esperanza la arrastra. Tal vez no; tal vez no se ha ido.

-¡Gretchen..., Gretchen...!-su grito agrio y seco tiene ya la desmemoriada insistencia de la locura.

Llega en el momento en que el carpinchero muerto se levanta del catre convertido en un mulato gigantesco. La oye reír y llorar. Lo ve andar como un ciego, golpeándose contra las paredes. Busca una salida. No la encuentra. La muerte tal vez lo acorrala todavía. Suena su risa. Suenan sus huesos contra la tapia. Suena su llanto quejumbroso.

Ilse huye, huye de nuevo hacia el río, hacia el talud. Las hogueras rojas bajan por el agua.

-¡Gretchen..., Gretchen...!

Un trueno sordo le responde ahora. Surge del río, llena toda la caja acústica del río ardiendo bajo el cielo negro. Es el gualambau de los carpincheros. Ilse se aproxima imantada por ese latido siniestro que ya llena ahora toda la noche. Dentro de él está Gretchen, dentro de él tiembla el pequeño corazón de su Gretchen...

Mira hacia abajo desde la barranca. Ve muchos cuerpos, los cuerpos sin cara de muchas sombras que se han reunido a danzar en el arenal al compás del tambor de porongo.

Tum-tu-tum... Tam-ta-tam... Ta-tam... Tu-tum... Tam-ta-tam...

Se hamacan los pies chatos y los cuerpos de sombra entre el humo blanco del arenal.

Dientes inmensos de tierra, de fuego, de viento, mascan la cuerda de agua del gualambau y le hacen vomitar sus arcadas de trueno caliente sobre la sien de harina de Ilse.

Tum-tu-tum... Tam-ta-tam... Tum-tu-tummm...

En el tambor de porongo el redoble rítmico y sordo se va apagando poco a poco, se va haciendo cada vez más lento y tenue, lento y tenue. El último se oye apenas como una gota de sangre cayendo sobre el suelo.



Fuente: El trueno entre las hojas. cuentos de Augusto Roa Bastos

Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2007 

Tuesday, February 25, 2020

Ayuda a Cortázar a escapar del laberinto de Borges

OJO: Si quieren ingresar al juego desde sus teléfonos, por favor, no lo hagan directamente desde Facebook. Facebook solo se ve en modo de retrato (portrait mode) y el juego está diseñado para modo panorama (landscape mode). Facebook no reconoce cuando se rota el celular. Mejor ingresen por su navegador copiando y pegando el enlace del juego el cuál encontrarán al darle clic a la imagen de la pareja de jóvenes. Gracias. 

¡Hola!
"Ayuda a Cortázar a escapar del laberinto de Borges" es un juego interactivo en el que tus habilidades lingüísticas y tecnológicas ayudarán a Cortázar a terminar el cuento "Continuidad de los parques" y a escapar del laberinto de Borges. ¿Quieres ponerte a prueba? Entonces ve el video y posteriormente da clic en la imagen de los avatars abajo del video.

¡Buena suerte!


Has clic en la imagen.
http://eepurl.com/g0BmSz



Entra al grupo de Facebook por si te atoras o quieres aclarar alguna duda.
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Monday, February 24, 2020

"La profecía autocumplida" de Gabriel García Márquez

La profecía autocumplida 
Gabriel García Márquez


Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14.  Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación.  Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:  "No sé pero he amanecido con el presentimiento que algo muy grave va a sucederle a este pueblo". 

El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:  "Te apuesto un peso a que no la haces".  Todos se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace.  Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla  Y él contesta: "es cierto pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo". 

Todos se ríen de él y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mama, o una nieta o en fin, cualquier pariente, feliz con su peso dice y comenta:  -Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.  -¿Y porqué es un tonto?  -Porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo. 

Y su madre le dice:  - No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen. 

Una pariente oye esto y va a comprar carne.  Ella le dice al carnicero:  "Deme un kilo de carne" y en el momento que la está cortando, le dice: Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado". 

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice:  "mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar y se están preparando y comprando cosas". 

Entonces la vieja responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..." 

Se lleva los cuatro kilos y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el
rumor. 

Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo.  Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde.  Alguien dice:  -¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?  -¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!  Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos. 

-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.  -Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.  -Sí, pero no tanto calor como ahora. 

Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:  "Hay un pajarito en la plaza".  Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.  -Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.  -Sí, pero nunca a esta hora. 

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.  -Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.  Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. 

Hasta que todos dicen: "Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos".  Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo.  Se llevan las cosas, los animales, todo. 

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces la incendia y otros incendian también sus casas. 

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado:  "¿Vistes mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?"

Wednesday, February 19, 2020

"Homero" de Eduardo Galeano



Homero
Eduardo Galeano (1940-2015)
Uruguay

No había nada ni nadie. Ni fantasmas había. No más que piedras mudas, y alguna que otra oveja buscando pasto entre las ruinas.

Pero el poeta ciego supo ver, allí, la gran ciudad que ya no era. La vio rodeada de murallas, alzada en la colina sobre la bahía; y escuchó los alaridos y los truenos de la guerra que la había arrasado.

Y la cantó. Fue la refundación de Troya. Troya nació de nuevo, parida por las palabras de Homero, cuatro siglos y medio después de su exterminio. Y la guerra de Troya, condenada al olvido, pasó a ser la más famosa de todas las guerras.

Los historiadores dicen que ésa fue una guerra comercial. Los troyanos habían cerrado el paso hacia el mar Negro, y lo cobraban caro. Los griegos aniquilaron Troya para abrirse camino al Oriente por el estrecho de los Dardanelos. Pero comerciales fueron todas, o casi todas, las guerras que en el mundo han sido. ¿Por qué habría de hacerse digna de memoria una guerra tan poco original?

Las piedras de Troya iban a convertirse en arena y nada más que arena, cumpliendo su destino natural, cuando Homero las vio y las escuchó.

Lo que él cantó, ¿fue pura imaginación?

¿Fue obra de fantasía esa escuadra de mil doscientas naves lanzadas al rescate de Helena, la reina nacida de un huevo de cisne?

¿Inventó Homero eso de que Aquiles arrastró a su vencido Héctor, atado a un carro de caballos, y le dio varias vueltas alrededor de las murallas de la ciudad sitiada?

Y la historia de Afrodita envolviendo a Paris en un manto de niebla mágica cuando lo vio perdido, ¿no habrá sido delirio o borrachera?

¿Y Apolo guiando la flecha mortal hacia el talón de Aquiles? ¿Habrá sido Odiseo, alias Ulises, el creador del inmenso caballo de madera que engañó a los troyanos?

¿Qué tiene de verdad el final de Agamenón, el vencedor, que regresó de esa guerra de diez años para que su mujer lo asesinara en el baño?

Esas mujeres y esos hombres, y esas diosas y esos dioses que tanto se nos parecen, celosos, vengativos, traidores, ¿existieron?

Quién sabe si existieron. Lo único seguro es que existen.


Espejos. Una historia casi universal, Salamanca, Siglo XXI de España Editores, 2008, págs. 47-48


Tuesday, February 18, 2020

"En un bohío" de Juan Bosch


En un bohío
Juan Bosch (1909-2001)
República Dominicana

La mujer no se atrevía a pensar. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta, con los ojos ansiosos; después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo, sumida en una especie de letargo.

El bohío era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, y adentro se vivía entre tierra y hollín. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabía, y sabía también que no podía dejarlo, porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse.

Otra vez rumor de voces. Corrió a la puerta, temerosa de que nadie pasara. Esperó un rato; esperó más, un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. Era el viento, ahí enfrente; el condenado viento de la loma, que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo; o tal vez el río, que corría en el fondo del precipicio, detrás del bohío.

Uno de los enfermitos llamó, y ella entró a verlo, deshecha, con ganas de llorar, pero sin lágrimas para hacerlo.

–Mama, ¿no era taita? ¿No era taita, mama?

Ella no se atrevía a contestar. Tocaba la frente del niño y la sentía arder.

–¿No era taita, mama?

–No –negó–, tu taita viene después.

El niño cerró los ojos y se puso de lado. Aún en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida.

–Yo lo vide, mama. Taba ahí y me trujo un pantalón nuevo…

La mujer no podía seguir oyendo. Iba a derrumbarse, como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día, de golpe. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo, y ella no tenía con qué comprarle una medicina.

El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. Lo halló tranquilo. Era huesos nada más y silbaba al respirar, pero no se movía ni se quejaba; sólo la miraba con sus grandes ojos serenos. Desde que nació había sido callado.

El cuartucho hedía a tela podrida. La madre –flaca, con las sienes hundidas, un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor, porque se hallaba acostumbrada, pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. Pensaba que cuando su marido volviera, si era que algún día salía de la cárcel, hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío, y de éste, ni tablas ni techo. Sin comprender por qué, se ponía en el lugar de Teo, y sufría.

Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio, y el maíz, los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. Pero Teo se entregó, porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel; ella no pudo seguir trabajando porque enfermó, y los muchachos –la hembrita y los dos niños–, tan pequeños, no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Después llegó el temporal, aquel condenado temporal, y el agua estuvo cayendo, cayendo, cayendo día y noche, sin sosiego alguno, una semana, dos, tres, hasta que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse.

Pero mejor era no recordar esas cosas. Ahora esperaba. Había mandado a la hembrita a Naranjal, allá abajo, a una hora de camino; la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. La niña había salido temprano y no volvía. Y la madre ojeaba el camino, llena de ansiedad.

Sintió pisadas. Esta vez no se engañaba: alguien, montando caballo, se acercaba. Salió al alero del bohío con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. Sentía que le faltaba el aire. Miró hacia la subida. Sentía que le faltaba el aire, lo que le obligaba a distender las ventanas de la nariz. De pronto vio un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. Su primer impulso fue el de entrar; pero algo la sostuvo allí, como clavada. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso, después los hombros, el pecho y finalmente el caballo. La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos, ella le miró los ojos y sintió, más que comprendió, que aquel desconocido estaba deseando algo.

Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija, los huevos, los niños enfermos, Teo. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre.

–Saludo –había dicho él.

Sin saber cómo lo hacía, ella extendió la mano y suplicó:

–Déme algo, alguito.

El hombre la midió con los ojos, sin bajar del caballo. Era una mujer flaca y sucia, que tenía mirada de loca, que sin duda estaba sola y que sin duda, también, deseaba a un hombre.

–Déme alguito –insistía ella.

Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega, y si había ido a vender algo, tendría dinero. Tal vez llevaba comida, medicinas. Además comprendió que era un hombre y que le veía como a mujer.

–Bájese –dijo ella, muerta de vergüenza.

El hombre se tiró del caballo.

–Yo no más tengo medio peso –aventuró él.

Serena ya, dueña de sí, ella dijo:

–Ta bien, dentre.

El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. Agarró la jáquima del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. La mujer entró, y de pronto, ya vencido el peor momento, sintió que se moría, que no podía andar, que Teo llegaba, que los niños no estaban enfermos. Tenía ganas de llorar y de estar muerta.

El hombre entró preguntando:

–¿Aquí?

Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. Con una angustia que no le cabía en el alma, se acercó a la puerta del aposento; asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente, como los de los muertos.

–Unjú, aquí —afirmó ella.

El hombre se le acercó, respirando sonoramente, y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. Se volvió. Su mirada debía cortar como una navaja. Salió a toda prisa, hecha un haz de nervios. La niña estaba allí, arrimada al alero, llorando, con los ojos hinchados. Era pequeña, quemada, huesos y pellejos nada más.

–¿Qué te pasó, Minina? –preguntó la madre.

La niña sollozaba y no quería hablar. La madre perdió la paciencia.

–¡Diga pronto!

–En el río —dijo la pequeña—; pasando el río… Se mojó el papel y na más quedó esto.

En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. Seguía llorando, con la cabeza metida en el pecho, recostada contra las tablas del bohío.

La madre sintió que ya no podía más. Entró, y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. Había olvidado por completo al hombre, y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación.

–Vino la muchacha, mi muchacha… Váyase —dijo.

Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado, desamarrar la jáquima y subir al caballo; después lo siguió mientras él se alejaba. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. Ella pensaba: “Medio peso, medio peso perdido”.

–Mama –llamó el niño adentro–. ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita?

Pasándole la mano por la frente, que ardía como hierro al sol, ella se quedó respondiendo:

–No, jijo. Tu taita viene dispués, más tarde.


Cuentos escritos en el exilio, Santo Domingo, Amigo del hogar, 1962. Págs. 45-52

Monday, February 10, 2020

"El niño y la bomba" de Raúl Leis Romero


El niño y la bomba

Raúl Leis Romero

(Panamá)

Era un sábado por la mañana. El niño salió disparado de su casa con un pan en una mano y la pelota en la otra. Buscó y no encontró a sus amigos por ninguna parte.
Se comió el pan. Caminó hacia un gran lote vació a ver si encontraba a sus amiguitos. Tampoco había nadie en ese lugar. Le dio una patada a la pelota y fue a caer del otro lado de un monte muy alto.
Se metió entre la yerba a buscar la pelota, y se encontró con la bomba. La bomba era de color gris y tenía la nariz enterrada en el barro. El niño no tenía fuerza ni poder, pues apenas podía con la pelota.
La bomba vino a dar a ese lugar, porque se cayó del avión que la llevaba a una guerra. Por suerte la bomba no explotó.
El niño agarró con más fuerza su pelota y le preguntó a la bomba:
- ¿Quién eres? ¿Qué haces? No te pareces a ninguna cosa que conozco...
- Soy una bomba. Tengo poder para destruir, ese es mi trabajo
.-  ¿Acaso puedes acabar con todo lo que quieras? - Dijo el niño.
- Claro que si. -Dijo la bomba.
- ¿Puedes destruir un edificio tan grande como la estación de bomberos?
- En un dos por tres. Puedo hacer volar no solo a los bomberos, también a la escuela, el templo, y todas las casas con la gente de este lugar, niño. - Dijo la bomba.
El niño preocupado le preguntó cómo era que ella funcionaba. La bomba le explicó pero el niño no entendió nada. La bomba le pidió:
- Mira, ayúdame a salir de aquí. ¡Estoy incómoda!.
- ¿Para qué quieres salir? le preguntó el niño. La bomba dijo que tenía que alcanzar el avión y llegar a la guerra, a destruir un pueblo parecido al del niño.
El niño le respondió, que no la podía ayudar a salir porque no estaba de acuerdo con el trabajo que la bomba hacía. Entonces la bomba le propuso un trato al niño: "Si me ayudas a salir de este barro, yo te cumpliré tres deseos. ¡Recuerda que tengo mucho poder!.
El niño lo pensó un momento, y le dijo que sí. Pero que, para estar seguro, la bomba tenía que prometer, jurar y darle su palabra de honor que no se iría para la guerra. La bomba tuvo hasta que firmarlo todo, en un papel que escribió el niño.
El niño corrió a su casa y regresó con una palita que usaba para jugar con arena cuando iba a la playa. Además, trajo la correa con la que amarraban al perro.
El niño cavó durante varias horas alrededor de la bomba. Cuando estuvo libre, rápidamente, le ató la correa en la nariz con el nudo que le había enseñado hacer un tío que era marinero, y entonces le dijo:
Bueno bomba, ¡ahora camina!. En el pueblo se formó un revulú cuando vieron a ese niño tan pequeño, llevando amarrada a la enorme bomba que flotaba en el aire.
El niño le fue enseñando las casas viejas, la gente enferma, y los hombres y mujeres que no sabían ni jota de leer y escribir.
Al fin se detuvieron en un cerrito desde donde se dominaba con la vista a todo el pueblo, y conversaron debajo de un viejo árbol. El niño le pidió a la bomba que cumpliera sus tres deseos:
- Primero, que todas las familias tengan casas buenas, amplias y baratas.
-  Segundo, que la gente no se mueran por enfermedades que se pueden curar.
- Tercero, que todos aprendan a leer y escribir.
La bomba levantó la voz y dijo: - Yo solo soy una bomba, me pides demasiado. Y lloró lágrimas de pólvora y cobre derretido, porque ella no podía hacer eso. Sufría mucho al darse cuenta de todas las cosas que se habían podido construir, de la gente que podrían haber tenido salud, y aprendido a leer y escribir con el dinero que ella, y las otras bombas, habían costado. El niño al ver llorar a la bomba también se puso muy triste: - Puedes irte, pero no le hagas daño a nadie. La bomba decidió no ir a ninguna guerra. Le pidió al niño quedarse con él ese pueblo. Pero también comprendió que era un peligro para la gente porque podía explotar, y acabar con todo y con todos, aún sin ella quererlo.
La bomba tomó una decisión. Llamó al niño que se alejaba y le pidió: -Sácame las entrañas con mucho cuidado. Yo te diré como. El niño entendió lo que la bomba quería hacer. La desarmó y le sacó lo que tenía adentro. Botó en el mar todo lo que podía explotar.
Los alambres sirvieron para arreglar la iluminación de la plaza, que hace tiempo estaba oscura como boca de lobo. Sólo quedó el cascote de la bomba. Entre todos los niños lo cargaron y ahora está ahí en medio de la plaza. La gente ha sembrado flores alrededor y los niños pintan dibujos sobre el cascote, y todos cantan.
Hoy existe una leyenda. La gente cuenta que la bomba es como esos caracoles, en los cuales se escuchan a las olas del mar. Sol que cuando se pega el oído sobre el frío acero del cascote, lo que se escucha no es el mar, ni tampoco sonidos de guerras, sino, canciones y más canciones de paz.
Algunos dicen que los sábados en la mañana, la bomba sonríe.


Wednesday, February 5, 2020

"Final absurdo" de Laura Freixas


Final absurdo
Laura Freixas
(España)
Para leer el ejercicio de ocho palabras de este cuento haga clic aquí

Eran las ocho y media de la tarde, y el detective Lorenzo Fresnos estaba esperando una visita. Su secretaria acababa de marcharse; afuera había empezado a llover y Fresnos se aburría. Había dormido muy poco esa noche, y tenía la cabeza demasiado espesa para hacer nada de provecho durante la espera. Echó un vistazo a la biblioteca, legada por el anterior ocupante del despacho, y eligió un libro al azar. Se sentó en su sillón y empezó a leer, bostezando.

Le despertó un ruido seco: el libro había caído al suelo. Abrió los ojos con sobresalto y vio, sentada al otro lado de su escritorio, a una mujer de unos cuarenta años, de nariz afilada y mirada inquieta, con el pelo rojizo recogido en un moño. Al ver que se había despertado, ella le sonrió afablemente. Sus ojos, sin embargo, le escrutaban con ahínco.

Lorenzo Fresnos se sintió molesto. Le irritaba que la mujer hubiese entrado sin llamar, o que él no la hubiese oído, y que le hubiera estado espiando mientras dormía. Hubiera querido decir: «Encantado de conocerla, señora...» (era una primera visita) pero había olvidado el nombre que su secretaria le había apuntado en la agenda. Y ella ya había empezado a hablar.

—Cuánto me alegro de conocerle —estaba diciendo—. No sabe con qué impaciencia esperaba esta entrevista. ¿No me regateará el tiempo, verdad?

— Por supuesto, señora —replicó Fresnos, más bien seco. Algo, quizá la ansiedad que latía en su voz, o su tono demasiado íntimo, le había puesto en guardia—. Usted dirá.

La mujer bajó la cabeza y se puso a juguetear con el cierre de su bolso. Era un bolso antiguo y cursi. Toda ella parecía un poco antigua, pensó Fresnos: el bolso, el peinado, el broche de azabache... Era distinguida, pero de una distinción tan pasada de moda que resultaba casi ridícula.

—Es difícil empezar... Llevo tanto tiempo pensando en lo que quiero decirle... Verá, yo... Bueno, para qué le voy a contar: usted sabe...

Una dama de provincias, sentenció Fresnos; esposa de un médico rural o de un notario. Las conocía de sobras: eran desconfiadas, orgullosas, reacias a hablar de sí mismas. Suspiró para sus adentros: iba a necesitar paciencia.

La mujer alzó la cabeza, respiró profundamente y dijo:

—Lo que quiero es una nueva oportunidad.

Lorenzo Fresnos arqueó las cejas. Pero ella ya estaba descartando, con un gesto, cualquier hipotética objeción:

—¡No, no, ya sé lo que me va a decir! —se contestó a sí misma—. Que si eso es imposible; que si ya tuve mi oportunidad y la malgasté; que usted no tiene la culpa. Pero eso es suponer que uno es del todo consciente, que vive con conocimiento de causa. Y no es verdad; yo me engañaba. —Se recostó en el sillón y le miró, expectante.

—¿Podría ser un poco más concreta, por favor? —preguntó Fresnos, con voz profesional. «Típico asunto de divorcio», estaba pensando. «Ahora me contará lo inocente que era ella, lo malo que es el marido, etc., etc., hasta el descubrimiento de que él tiene otra.»

—Lo que quiero decir —replicó la mujer con fiereza— es que mi vida no tiene sentido. Ningún sentido, ¿me entiende? O, si lo tiene, yo no lo veo, y en tal caso le ruego que tenga la bondad de decirme cuál es. —Volvió a recostarse en el sillón y a manosear el bolso, mirando a Fresnos como una niña enfadada. Fresnos volvió a armarse de paciencia.

— Por favor, señora, no perdamos el tiempo. No estamos aquí para hablar del sentido de la vida. Si tiene la bondad de decirme, concretamente —recalcó la palabra—, para qué ha venido a verme...

La mujer hizo una mueca. Parecía que se iba a echar a llorar.

—Escuche... —se suavizó Fresnos. Pero ella no le escuchaba.

— ¡Pues para eso le he venido a ver, precisamente! ¡No reniegue ahora de su responsabilidad! ¡Yo no digo que la culpa sea toda suya, pero usted, por lo menos, me tenía que haber avisado!

— ¿Avisado? ¿De qué? —se desconcertó Fresnos.

— ¡Avisado, advertido, puesto en guardia, qué sé yo! ¡Haberme dicho que usted se desentendía de mi suerte, que todo quedaba en mis manos! Yo estaba convencida de que usted velaba por mí, por darle un sentido a mi vida...

Aquella mujer estaba loca. Era la única explicación posible. No era la primera vez que tenía clientes desequilibrados. Eso sí, no parecía peligrosa; se la podría sacar de encima por las buenas. Se levantó con expresión solemne.

—Lo siento, señora, pero estoy muy ocupado y...

A la mujer se le puso una cara rarísima: la boca torcida, los labios temblorosos, los ojos mansos y aterrorizados.

—Por favor, no se vaya... no se vaya... no quería ofenderle —murmuró, ronca; y luego empezó a chillar—: ¡Es mi única oportunidad, la única! ¡Tengo derecho a que me escuche! ¡Si usted no...! —Y de pronto se echó a llorar.

Si algo no soportaba Fresnos era ver llorar a una mujer. Y el de ella era un llanto total, irreparable, de una desolación arrasadora. «Está loca», se repitió, para serenarse. Se volvió a sentar. Ella, al verlo, se calmó. Sacó un pañuelito de encaje para enjugarse los ojos y volvió a sonreír con una sonrisa forzada. «La de un náufrago intentando seducir a una tabla», pensó Fresnos. El mismo se quedó sorprendido: le había salido una metáfora preciosa, a la vez original y ajustada. Y entonces tuvo una idea. Pues Fresnos, como mucha gente, aprovechaba sus ratos libres para escribir, y tenía secretas ambiciones literarias. Y lo que acababa de ocurrírsele era que esa absurda visita podía proporcionarle un magnífico tema para un cuento. Empezó a escucharla, ahora sí, con interés. — Hubiera podido fugarme, ¿sabe? —decía ella—. Sí, le confieso que lo pensé. Usted... —se esforzaba visiblemente en intrigarle, en atraer su atención — , usted creía conocer todos mis pensamientos, ¿verdad?

Lorenzo Fresnos hizo un gesto vago, de los que pueden significar cualquier cosa. Estaría con ella un rato más, decidió, y cuando le pareciese que tenía suficiente material para un relato, daría por terminada la visita.

— ¡Pues no! —exclamó la mujer, con tono infantilmente burlón —. Permítame que le diga que no es usted tan omnisciente como cree, y que aunque he sido un títere en sus manos, también tengo ideas propias. —Su mirada coqueta suavizaba apenas la agresividad latente en sus palabras. Pero Fresnos estaba demasiado abstraído pensando en su cuento para percibir esos matices.

—... cuando me paseo por el puerto, ¿recuerda? — continuaba ella—. En medio de aquel revuelo de gaviotas chillando, que parecen querer decirme algo, transmitirme un mensaje que yo no sé descifrar. —Se quedó pensativa, encogida. «Como un pajarito», pensó Fresnos, buscando símiles. «Un pajarito con las plumas mojadas» — . O quizá el mensaje era, precisamente, que no hay mensaje —murmuró ella.

Sacudió la cabeza, volvió a fijar los ojos en Fresnos y prosiguió:

—Quería empezar de nuevo, despertarme, abrir los ojos y gobernar el curso de mi vida. Porque aquel día, por primera y desgraciadamente única vez, intuí mi ceguera — «¿Ceguera?», se asombró Fresnos—. Esa ceguera espiritual que consiste en no querer saber que uno es libre, único dueño y único responsable de su destino, aunque no lo haya elegido; en dejarse llevar blandamente por los avatares de la vida. — «Ah, bueno», pensó Fresnos, algo decepcionado. Claro que en su cuento podía utilizar la ceguera como símbolo, no sabía bien de qué, pero ya lo encontraría.

—Por un momento —continuó la mujer — , jugué con la idea de embarcarme en cualquier barco y saltar a tierra en el primer puerto. ¡Un mundo por estrenar...! — exclamó, inmersa en sus fantasías—. A usted no le dice nada, claro, pero a mí... Donde todo hubiera sido asombro, novedad: con calles y caminos que no se sabe adonde llevan, y donde uno no conoce, ni alcanza siquiera a imaginar, lo que hay detrás de las montañas... Dígame una cosa —preguntó de pronto—: ¿el cielo es azul en todas partes?

—¿El cielo? Pues claro... —respondió Fresnos, pillado por sorpresa. Estaba buscando la mejor manera de escribir su rostro, su expresión. «Ingenuidad» y «amargura» le parecían sustantivos apropiados, pero no sabía cómo combinarlos.

— ¿Y el mar?

—También es del mismo color en todas partes —sonrió él.

— ¡Ah, es del mismo color! —repitió la mujer—. ¡Del mismo color, dice usted! Si usted lo dice, será verdad, claro... ¡Qué lástima!

Miró al detective y le sonrió, más relajada.

— Me alegro de que hagamos las paces. Me puse un poco nerviosa antes, ¿sabe? Y también me alegro —añadió, bajando la voz— de oírle decir lo del cielo y el mar.

Tenía miedo de que me dijera que no había tal cielo ni tal mar, que todo eran bambalinas y papel pintado.

Lorenzo Fresnos miró con disimulo su reloj. Eran las nueve y cuarto. La dejaría hablar hasta las nueve y media, y luego se iría a casa a cenar; estaba muy cansado.

La mujer se había interrumpido. Se hizo un silencio denso, cargado. Afuera continuaba lloviendo, y el cono de luz cálida que les acogía parecía flotar en medio de una penumbra universal. Fresnos notó que la mujer estaba tensa; seguramente había sorprendido su mirada al reloj.

—Bueno, pues a lo que iba... —continuó ella, vacilante—. Que conste que no le estoy reprochando que me hiciera desgraciada. Al contrario: tuve instantes muy felices, y sepa usted que se los agradezco.

—No hay de qué —replicó Fresnos, irónico.

—Pero era —prosiguió la mujer, como si no le hubiera oído— una felicidad proyectada hacia el porvenir, es decir, consistía precisamente en el augurio (creía yo) de una felicidad futura, mayor y, sobre todo, definitiva... No sé si me explico. No se trata de la felicidad, no es eso exactamente... Mire, ¿conoce usted esos dibujos que a primera vista no son más que una maraña de líneas entrecruzadas, y en los que hay que colorear ciertas zonas para que aparezca la forma que ocultan? Y entonces uno dice: «Ah, era eso: un barco, o un enanito, o una manzana»... Pues bien, cuando yo repaso mi vida, no veo nada en particular; sólo una maraña.

«Bonita metáfora», reconoció Fresnos. La usaría.

—Cuando llegó el punto final —exclamó ella, mirándole de reojo— le juro que no podía creérmelo. ¡Era un final tan absurdo! No me podía creer que aquellos sueños, aquellas esperanzas, aquellos momentos de exaltación, de intuición de algo grandioso..., creía yo..., terminaran en..., en agua de borrajas —suspiró—. Dígame —le apostrofó repentinamente — : ¿por qué terminó ahí? ¡Siempre he querido preguntárselo!

—¿Terminar qué? —se desconcertó Fresnos.

— ¡Mi historia! —se impacientó la mujer, como si la obligaran a explicar algo obvio —. Nace una niña..., promete mucho..., tiene anhelos, ambiciones, es un poquitín extravagante..., lee mucho, quiere ser escritora..., incluso esboza una novela, que no termina —hablaba con pasión, gesticulando — , se enamora de un donjuán de opereta que la deja plantada..., piensa en suicidarse, no se suicida..., llegué a conseguir una pistola, como usted sabe muy bien, pero no la usé, claro..., eso al menos habría sido un final digno, una conclusión de algún tipo..., melodramático, pero redondo, acabado..., pero ¡qué va!, sigue dando tumbos por la vida..., hace un poquito de esto, un poquito de aquello..., hasta que un buen día, ¡fin! ¡Así, sin ton ni son! ¿Le parece justo? ¿Le parece correcto? ¡Yo...!

—Pero ¿de qué diablos me está hablando? —la interrumpió Fresnos. Si no le paraba los pies, pronto le insultaría, y eso ya sí que no estaba dispuesto a consentirlo.

La mujer se echó atrás y le fulminó con una mirada de sarcasmo. Fresnos observó fríamente que se le estaba deshaciendo el moño, y que tenía la cara enrojecida. Parecía una verdulera.

— ¡Me lo esperaba! —gritó — . Soy una de tantas, ¿verdad? Me desgracia la vida, y luego ni se acuerda. Luisa, los desvelos de Luisa, ¿no le dice nada? ¡Irresponsable!

—Mire, señora —dijo Fresnos, harto—, tengo mucho que hacer, o sea, que hágame el favor...

—Y sin embargo, aunque lo haya olvidado —prosiguió ella, dramática, sin oírle — , usted me concibió. Aquí, en este mismo despacho: me lo imagino sentado en su sillón, con el codo en la mano, mordisqueando el lápiz, pensando: «Será una mujer. Tendrá el pelo rojizo, la nariz afilada, los ojos verdes; será ingenua, impaciente; vivirá en una ciudad de provincias...» ¿Y todo eso para qué? ¡Para qué, dígamelo! ¡Con qué finalidad, con qué objeto! ¡Pero ahora lo entiendo todo! —vociferó—. ¡Es usted uno de esos autores prolíficos y peseteros que fabrican las novelas como churros y las olvidan en cuanto las han vendido! ¡Ni yo ni mis desvelos le importamos un comino! ¡Sólo le importa el éxito, el dinero, su mísero pedacito de gloria! ¡Hipócrita! ¡Impostor! ¡Desalmado! ¡Negrero!

«Se toma por un personaje de ficción», pensó Fresnos, boquiabierto. Se quedó mirándola sin acertar a decir nada, mientras ella le cubría de insultos. ¡Aquello sí que era una situación novelesca! En cuanto llegara a casa escribiría el cuento de corrido. Sólo le faltaba encontrar el final.

La mujer había callado al darse cuenta de que él no la escuchaba, y ahora le miraba de reojo, avergonzada y temerosa, como si el silencio de él la hubiera dejado desnuda.

—Déme aunque sólo sean treinta páginas más —susurró—, o aunque sean sólo veinte, diez... Por favor, señor Godet...

—¿Señor Godet?... —repitió Fresnos. Ahora era ella la que le miraba boquiabierta.

—¿Usted no es Jesús Godet?

Lorenzo Fresnos se echó a reír a carcajadas. La mujer estaba aturdida.

— Créame que lamento este malentendido —dijo Fresnos. Estaba a punto de darle las gracias por haberle servido en bandeja un argumento para relato surrealista—. Me llamo Lorenzo Fresnos, soy detective, y no conozco a ningún Jesús Godet. Creo que podemos dar la entrevista por terminada. —Iba a levantarse, pero ella reaccionó rápidamente.

—Entonces, ¿usted de qué novela es? —preguntó con avidez.

—Mire, señora, yo no soy ningún personaje de novela; soy una persona de carne y hueso.


—¿Qué diferencia hay? —preguntó ella; pero sin dejarle tiempo a contestar, continuó—: Oiga, se me ha ocurrido una cosa. Ya me figuraba yo que no podía ser tan fácil hablar con el señor Godet. Pues bien, ya que él no nos va a dar una nueva oportunidad, más vale que nos la tomemos nosotros: usted pasa a mi novela, y yo paso a la suya. ¿Qué le parece?

—Me parece muy bien —dijo tranquilamente Fresnos— . ¿Por qué no vamos a tomar una copa y lo discutimos con calma? —Sin esperar respuesta, se levantó y fue a coger su abrigo del perchero. Se dio cuenta de que no llevaba paraguas, y estaba lloviendo a mares. Decidió que cogería un taxi. Entonces la oyó gritar.

Estaba pálida como un cadáver mirando la biblioteca, que no había visto antes por estar a sus espaldas. La barbilla le temblaba cuando se volvió hacia él.

—¿Por qué me ha mentido? —gritó con furia—, ¿por qué? ¡Aquí está la prueba! —Señalaba, acusadora, los libros — . ¡Cubiertos de polvo, enmudecidos, inmovilizados a la fuerza! ¡Es aún peor de lo que me temía, los hay a cientos! Sus Obras Completas, ¿verdad? ¡Estará usted satisfecho! ¿Cuántos ha creado usted por diversión, para olvidarlos luego de esta manera? ¿Cuántos, señor Godet?

—¡Basta! —gritó Fresnos—. ¡Salga inmediatamente de aquí o llamo a la policía!

Avanzó hacia ella con gesto amenazador, pero tropezó con un libro tirado en el suelo junto a su sillón. Vio el título: «Los desvelos de Luisa». Creyó comprenderlo todo. Alzó la cabeza. En ese momento menguó la luz eléctrica; retumbó un trueno, y la claridad lívida e intemporal de un relámpago les inmovilizó. Fresnos vio los ojos de la mujer, fijos, desencajados, entre dos instantes de total oscuridad. Siguió un fragor de nubes embistiéndose; arreció la lluvia; la lámpara se había apagado del todo. Fresnos palpaba los muebles, como un ciego.

— ¡Usted dice que el cielo es siempre azul en todas partes! —La voz provenía de una forma confusa y movediza en la penumbra—. ¡Sí! —gritaba por encima del estruendo —, ¡menos cuando se vuelve negro, vacío para siempre y en todas partes! — ¡Tú no eres más que un sueño! —vociferó Fresnos, debatiéndose angustiosamente — . ¡Soy yo quien te he leído y quien te está soñando! ¡Estoy soñando, estoy soñando! — chilló en un desesperado esfuerzo por despertar, por huir de aquella pesadilla.

— ¿Ah, sí? —respondió ella burlona, y abrió el bolso. Enloquecido, Fresnos se abalanzó hacia aquel bulto movedizo. Adivinó lo que ella tenía en sus manos, y antes de que le ensordeciera el disparo tuvo tiempo de pensar: «No puede ser, es un final absurdo...»

«Ni más ni menos que cualquier otro», le contestó bostezando Jesús Godet mientras ponía el punto final.