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Cada semana leeremos un cuento o un poema de algún autor hispano.
Te invito a participar de la siguiente manera:
1. Escoge un cuento, poema, o ensayo de la lista de autores que aparece en la columna del lado derecho del blog. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí.
2. Después de leer el material elegido, crea una historia usando las ocho palabras que el grupo ¡ Y qué me cuentas! escogió en clase, o escoge otras ocho palabras de la lectura que quieras practicar. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí.
3. Sube tu historia usando el enlace de comentarios ("comments"). Lo encontrarás al final de cada lectura.
No temas cometer errores en tu historia. Yo estoy aquí para ayudarte. Tan pronto subas tu historia, yo te mandaré mis comentarios.
¿Estás listo? ¡ Adelante!

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Este video muestra el momento en el que los estudiantes de ¡Y qué me cuentas! crean una historia usando ocho palabras extraídas de un cuento previamente leído en clase.

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Recomendación al Gobierno de México por parte del Consejo Consultivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (CCIME) durante su XVII reunión ordinaria.

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Monday, May 11, 2015

"El regreso", de Emilio Díaz Valcárcel


EL REGRESO

Emilio Díaz Valcárcel

Se detuvo frente al balconcito sin saber qué hacer. Miró por un instante el viejo sillón de mimbre, la escalera de tablas carcomidas, las puertas cerradas y pegadas a la faz de la casa como dos ojos enormes. Se quedó inmóvil, la mirada perpleja, en el mismo momento en que una patrulla de recuerdos lo asaltaba. Debe de estar en el rosario, dijo, y se volvió para ver si lo habían escuchado. Pero sólo un perro vagabundo cruzaba la callejuela solitaria, veteándose de luz al pasar bajo las bombillas que se encarnizaban contra la noche. Volvió a contemplar el balcón destartalado, el viejo sillón de mimbre, rechazando un recuerdo. (El cuarto femenino, el olor a cold cream, el suave y voluptuoso olor a cold cream que él siempre llevó dentro aun sin tener que percibirlo con los sentidos; el cuarto femenino en penumbras, las piernas blancas, la mano sobre la redonda rodilla, la madre ausen­te. . . ¿Cuánto tiempo hacía? ¿Cuándo? ) “Todavía no”, le había dicho Catalina. “Cuando vuelvas seré tuya.”
El hombre se llevó las manos a la frente, donde comen­zaban a destellar diminutas gotas. ¿Por qué tengo que volver a esto?, se dijo.

Sunday, May 10, 2015

El Asedio, de Emilio Díaz Valcárcel



EL ASEDIO
Emilio Díaz Valcárcel

Una familia normal y feliz, pensó apoyada sobre el vo­lante. Un padre gordo y de apariencia próspera, recién afei­tado, una bella pareja de niños, y una madre que alcanza ya los treinta años, mofletuda, satisfecha como toda mujer que siente colmados sus instintos cardinales.
Sintió subírsele a la garganta el confuso sentimiento de ilegitimidad que permanecía anclado en ominoso acecho en el fondo de su espíritu. Un espíritu contrahecho, pensó, regocijándose en su propio flagelo. O tal vez el espíritu esté intacto, murmuró agarrándose a una posible reconciliación consigo misma. Pero ningún alivio provino de este pensa­miento. Y, sin saber por qué, tiró molesta de su falda hacia abajo, como si con ello cortara el torturante fluir de pen­samientos que había comenzado justamente cuando ella detuvo el automóvil frente al edificio de departamentos. La falda, que delataba unas caderas secas, no era lo suficiente­mente larga para cubrir las rodillas nudosas, casi masculinas.

Friday, May 8, 2015

Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández

Nadie encendía las lámparas
Nadie encendía las láparas
Buenos Aires: Sudamericana, 1947

Felisberto Hernández
Uruguay

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.

Thursday, April 9, 2015

El monstruo de Vicente Blasco Ibañez


Para leer El monstruo de Vicente Blasco Ibañez haga clic aquí


"El siniestro" por el grupo de alumnos de ¡Y qué me cuentas! en Austin, Texas.

Austin “¿Y qué me cuentas?” 11 de febrero de 2015




K Falls


¡Hola Ramón!

La semana pasada disfrutimos el cuento “Fragmentos del libro invisible” pero era tan largo que no nos quedaba tiempo para escribir nuestro propio cuento. Pero hace dos semanas sí pudimos hacer el ejercicio de las 8 palabras después de leer la transcipción de “Somos fabricantes,” una entrevista de Radio Ambulante. (Radioambulante.org) Trata sobre dos hermanos en un pequeño pueblo de Argentina que decidieron construir un avión de las partes rústicas que pudieran encontrar. Ya no encuentro la transcripción en línea pero creo que se lo puede escuchar en el sitio. He aquí el cuento que escribimos:

Las 8 palabras
pedazo
aterrizar
despoblado
potrero
eléctrica
taller
despegar
inventos

Nuestro cuento:

El siniestro


El avión iba a aterrizar en un potrero totalmente despoblado, cuando de repente falló el sistema eléctrico. Ninguno de los inventos modernos del panel de control pudo mantener al avión a flote.


Cuando cayó del cielo un pedazo del ala se rompió. El avión chocó con el taller mecánico. Dijo el piloto– Ojalá ese condenado avión nunca hubiese despegado.–
¡Que suerte!


***********

Pues, nos divertimos mucho al escribir juntos. Gracias, tambien, por subir el capítulo de La caverna que pensamos leer esta semana. No sé si vamos a leer todo el libro en el grupo, pero yo lo estoy leyendo y ¡estoy esperando ansiosa saber el secreto que el alfarero Cipriano va a descubrir en el sótano de “El Centro!”


Pues, que todos allá se cuiden de la tormenta y del frío; aquí estamos pensando en ustedes.
Gracias otra vez y
¡Saludos!

Keatha

"Nupcias" de Antonio Skármeta

Nupcias
Antonio Skármeta
(Antofagasta, Chile, 1940 -)

Hacía mucho calor en el tren subterráneo, y el joven, ubicado bajo el único ventilador que funcionaba, había cruzado los brazos tras la cintura y simulaba estar leyendo un cartón comercial. la muchacha, incrédula, sólo después de un prolongado momento se animó a hablar.
—devuélvame el zapato —dijo en voz baja.
El joven le concedió una veloz ojeada, frunció el. entrecejo, abrió las piernas para conservar la estabilidad, y muy circunspecto volvió a su lectura.
Por favor —dijo la muchacha un poco más fuerte— tenga la bondad de devolverme el zapato.
Es realmente una belleza —pensó el joven—. si me habla una vez más entreabriendo esos labios, enterraré mis dedos en su pelo, le remeceré la cabeza, la ‘besaré y dormiré’—una siesta apoyado en sus senos. ¿Qué zapato?
—¿Cómo que qué zapato? ¡mi zapato! ¿qué se ha imaginado?
“Dios me asista, pensó, O la soledad me ha desquiciado y estoy delirando, o estoy realmente enamorado—, de esta mujer.”

Wednesday, April 8, 2015

" A partir de esta noche" de Bonaparte Gautreaux Piñeyro

A partir de esta noche

Bonaparte Gautreaux Piñeyro
(Sabana de Chavón, La Romana, 1937-)



Todas las noches eran iguales para María. Y aunque cada día se preguntaba lo mismo y tomaba decisiones para ejecución inmediata, todas las noches eran iguales, exactamente iguales a la anterior. María desvelada, Juan que no llegaba, María que pensaba decir y hablar y mal­decir y revisar la vida que llevaban y las cosas de Juan y el niño que iba a nacer y el futuro y el trabajo y todas las noches el silencio de sus brazos amorosos suspiraba a la llegada del hombre.
Y el “oh Juan, hasta cuándo” se confundía con el torrente de palabras que sólo entiende cada enamorado junto a las frases que no se pronuncian.
“Esta noche cuando llegue se lo voy a decir. No po­demos continuar en esta forma. Cada vez que sale me dice sonriente: “vengo temprano. Tengo una reunión importante”. Al comienzo me gustaban sus salidas por­que a veces venían a visitarme algunas amigas que me hacían pasar el tiempo entre los recuerdos y los chismes. Y pasábamos con facilidad de las modas a los niños y de los niños a los comentarios que circulaban en el pueblo sobre la mujer del médico y el síndico. Y de que si esto a que si lo otro, la espera por Juan era menor... Ahora, con el asunto del embarazo parece no darse cuenta de mi estado nervioso. No puedo explicarme cómo para unas cosas es tan inteligente y para otras es totalmente ciego. Quizá por eso lo quiero tanto. Es como un niño grande que necesita mi protección.

Tuesday, April 7, 2015

"El testigo" de Bonaparte Gautreaux Piñeyro

El Testigo

Bonaparte Gautreaux Piñeyro
(1937–)

Hermano, perdóname que me haya dilatado tanto para poder contarte que lo vi todo, todo, todito, que vi cómo te mataron y ahora con el tiempo es cuando vengo a hacerte el cuento. Pero tú sabes cómo soy. Además, entonces era un muchacho y los grandes nos ponían poca atención... Pues sí, llegué temprano porque todo se sabe y en el pueblo se comentó. Y si llegaba cuando estuvieran ellos y tú y toda la gente, se darían cuenta de mi presencia y a lo mejor surgían problemas. Por eso llegué tempranito. Sobre las aguas de las Dos Bocas había una nube blanco-gris que se partió con el primer rayo de sol. Además, yo me estaba sobre la yerba. entre los matorrales y me entretenía mirando hacia el camino. Así fue. Esperando tu llegada. Tu llegada y la de ellos. El camino se llenaba de luz mientras despertaban el río y el monte y los pájaros y yo miraba hacia allá, hacia el lugar por el cual más tarde te vería llegar. Pero no quiero adelantarme porque después me preguntarás por ésto o por lo otro y tú sabes cómo somos en la familia, que comenzamos hablando de una cosa y acabamos hablando de otra sin haber terminado la primera.

Monday, April 6, 2015

Sunday, April 5, 2015

Monday, March 23, 2015

"En busa de un retrato" de Días Mas Paloma


En busca de un retrato

Díaz Mas Paloma 
(España)

Las baldosas coloradas de la entrada cuidadosamente bruñidas con cera, la deslumbrante escalerita de claraboya convertida en invernadero para unas plantas casi amenazadoras de puro rozagantes, la casa de largo pasillo y barnizadas maderas, con los montantes de las puertas coquetamente encortinados de una cretona de florecitas muy limpia y muy planchada.

El comedor de nobles muebles de viejo roble, con su suntuosa cancela modernista –lotos rosas y nenúfares azules de pétalos traslúcidos y esmerilados, entre retorcidos pámpanos de un verde botella– que daba a la azotea. Y en ella, de nuevo las baldosas tan brillantes que parecían pintadas con aceite y bajo el sol azaleas, petunias, alegrías, pendientes de la reina, gitanillas, geráneos, cóleos morados. Y en la sombra helecho, hiedra enana, cintas y esa planta que nosotros llamamos amor de hombre, pero que en inglés es judío errante y en francés miseria. Y en un rincón los cactus, milagrosamente floridos, y las plantas de olor: la hierbabuena, el sándalo y la albahaca.

Pero sobre todo la cocina: una cocina antigua y grande, de azulejos blancos y armarios de pino pintados de blanco, y blancas cortinas en la ventana y una pila de mármol blanco en la que la abuela María lavaba –montañas de espuma blanca– la blanca loza, para secarla después con un suave paño de algodón blanco. Fuera, sobre las cumbres de las montañas circundantes, muchas veces nevaba.

Friday, March 6, 2015

El sonámbulo de Bonaparte Gautreaux Piñeyro


El Sonámbulo

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Rodríguez descubrió su vocación el día en que lo trasladaron para el Servicio Secreto. Había trabajado en distintos departamentos y todos estuvieron satisfechos con su labor. No había quejas. Siempre cumplía las ór­denes tal como se las daban. Y por eso ascendió hasta segundo teniente. Y aunque nunca había sido oficial de inteligencia, en el fondo todos los hombres cabían den­tro del juego de policías y bandidos, un juego que du­rante años hizo correr a los muchachos entre los patios del vecindario v más allá. Pero como le sucedía de mu­chacho, volvieron a darle pesadillas en las noches, y no se preocupaba. No se preocupaba a pesar de que su mujer le decía que fuera al médico, y no iba al médico por falta de tiempo, porque estaba soñando despierto. Parecía un sueño de niño convertido en realidad. Ahora era algo así como un hombre misterioso. Como un ser que tenía una doble vida. La vida que se veía y la vida que se vivía pero no se comentaba, no se mencionaba nunca. Ni en la casa, ni con los amigos. Era una Sub-vida. Una vida misteriosa, clandestina, vivida pero no evocada. Era un trabajo incitante, pero no era como cuando Rodríguez estaba en el Departamento de Tránsito que le po­día contar a su mujer por qué le puso una multa a un conductor, o cuál de las luces era la que tenía mala el vehículo de un amigo suyo. 0 esas tonterías que cuentan los maridos a sus mujeres al regresar del trabajo. No. Rodríguez no podía darse el lujo. Porque en la puerta del Servicio de Inteligencia Militar había un letrero que decía: “Lo que usted ve u oye aquí no lo repita”.

Thursday, March 5, 2015

"Miss Amnesia" de Mario Benedetti


Miss Amnesia

Mario Benedetti

La muchacha abrió los ojos y se sintió apabullada por su propio desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su edad, ni sus señas. Vio que su falda era marrón y que la blusa era crema. No tenía car­tera. Su reloj pulsera marcaba las cuatro y cuarto. Sintió que su lengua estaba pastosa y que las sienes le palpitaban. Miró sus manos y vio que las uñas tenían un esmalte transparente. Estaba sentada en el banco de una plaza con arboles, una plaza que en el centro tenía una fuente vieja, con angelitos, y algo así como tres platos paralelos. Le pareció horrible. Desde su banco veía comercios, grandes letre­ros. Pudo leer: Nogaró, Cine Club, Porley Muebles, Marcha, Partido Nacional. Junto a su pie izquierdo vio un trozo de espejo, en forma de triángulo. Lo recogió. Fue consciente do una enfermiza curiosidad cuando se enfrentó a aquel rostro que era el suyo. Fue como si lo viera por primera vez. No le trajo ningún recuerdo. Trató de calcular su edad. Tendré dieciséis o diecisiete años, pensó. Curiosamente, re­cordaba los nombres de las cosas (sabía que esto era un banco, eso una columna, aquello una fuente, aquello otro un letrero), pero no podía situarse a sí misma en un lugar y en un tiempo. Volvió a pensar, esta vez en voz alta: “Sí debo tener dieciséis o diecisiete”, sólo para confirmar que era una frase en español. Se preguntó si además hablaría otro idioma. Nada. No recordaba nada. Sin embargo, experimen­taba una sensación de alivio, de serenidad, casi de inocencia. Estaba asombrada, claro, pero el asombre no le producía desagrado. Tenía la confusa impre­sión de que esto era mejor que cualquier otra cosa, corno si a sus espaldas quedara algo abyecto, algo horrible. Sobre su cabeza el verde de los árboles tenía dos tonos, y el ciclo casi no se veía. Las palo­mas se acercaron a ella, pero en seguida se retiraron, defraudadas. En realidad, no tenía nada para darles. Un mundo de gente pasaba junto al banco, sin pres­tarle atención. Sólo algún muchacho la miraba. Ella estaba dispuesta a dialogar, incluso lo deseaba, pero aquellos volubles con templadores siempre terminaban por vencer su vacilación y seguían su camino. En­tonces alguien se separó de la corriente. Era un hom­bre cincuentón, bien vestido, peinado impecablemen­te, con alfiler de corbata y portafolio negro. Ella intuyó que le iba a hablar. ¿Me habrá reconocido? pensó. Y tuvo miedo de que aquel individuo la in­trodujera nuevamente en su pasado. Se sentía tan feliz en su confortable olvido. Pero el hombre sim­plemente vino y preguntó: “¿Le sucede algo, señorita?” Ella lo contempló largamente. La cara del tipo le ínspiró confianza. En realidad, todo le inspiraba con­fianza. “Hace un rato abrí los ojos en esta plaza y no recuerdo nada, nada de lo de antes.” Tuvo la im­presión de que no eran necesarias más palabras. Se dio cuenta de su propia sonrisa cuando vio que el hombre también sonreía. Él le tendió la mano. Dijo: “Mi nombre es Roldán, Félix Roldán”. “Yo no sé mi nombre”, dijo ella, pero estrechó la mano. “No importa. Usted no puede quedarse aquí. Venga con­migo. ¿Quiere?” Claro que quería. Cuando se incor­poró, miró hacia las palomas que otra vez la rodea­ban, y reflexionó: Qué suerte, soy alta. El hombre llamado Roldán la tomó suavemente del codo, y le propuso un rumbo. “Es cerca”, dijo. ¿Qué sería lo cer­ca? No importaba. La muchacha se sentía como una turista. Nada le era extraño y sin embargo no podía reconocer ningún detalle. Espontáneamente, enlazó su brazo débil con aquel brazo fuerte. El traje era sua­ve, de una tela peinada, seguramente costosa. Miró hacia arriba (el hombre era alto) y le sonrió. Él también sonrió, aunque esta vez separó un poco los labios. La muchacha alcanzó a ver un diente de oro. No preguntó por el nombre de la ciudad. Fue él quien le instruyó: “Montevideo”. La palabra cayó en un hondo vacío. Nada. Absolutamente nada. Ahora iban por una calle angosta, con baldosas levantadas y obras en construcción. Los autobuses pasaban junto al cordón y a veces provocaban salpicaduras de un agua barrosa. Ella pasó la mano por sus piernas para limpiarse unas gotas oscuras. Entonces vio que no tenía medías. Se acordó de la palabra medias. Miró hacia arriba y encontró unos balcones viejos, con ro­pa tendida y un hombre en pijama. Decidió que le gustaba la ciudad.

Wednesday, March 4, 2015

"Recuerdos de una piel" de Antonio Benítez Rojo


Recuerdos de una piel

Antonio Benítez Rojo

Máximo sospecha que hay algo raro en la casa y la registra a diario, pero, como todas las noches de este invierno tan caluroso, ha puesto el aire en el ocho sin reparar en Mariana. Es curioso observar a Máximo atreverse con los aparatos dei estudio (sobre todo con el estereofónico); olvida la amplia trivialidad de sus gestos usuales y -muy serio- se aplica a los con­troles como si zurciera medias. Esta noche he exa­minado su pregunta sobre los discos que voy a poner, y para contentar su oreja negra al otro lado de la puerta, he reemplazado a Miles Davis por Benny Moré; y triunfal en la concesión a sus servicios, ha salido son­riendo bajo el marco gris, un poco salvajemente, y me ha dejado solo con Mariana. Mariana en el estudio, bien disimulada tras la cortina de ojos anaranjados.

Tuesday, March 3, 2015

"Por las azoteas" de Julio Ramón Ribeyro

Por las azoteas

Julio Ramón Ribeyro

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.

Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.

Friday, February 13, 2015

La caverna, de José Saramago

Los felicito por decidir leer "La Caverna" de José Saramago en su traducción al español.
Hagan clic aquí para acceder al primer capítulo.




Monday, February 9, 2015

"Fragmentos del Libro Invisible" de Silvina Ocampo

Fragmentos del Libro Invisible (Silvina Ocampo)

Cerca de las ruinas de Tegulet, en la Ciudad de los Lobos, antes de mi nacimiento, hablé. Mi madre, encinta de ocho meses, me oyó decir una noche: "Madre, quiero nacer en Debra Berham (Montaña de Luz). Llévame, pues allí podrás ser la madre de un pequeño profeta, y yo el hijo de esa madre. Cumpliendo mis órdenes te aseguras un cielo benévolo".

De mi discurso prenatal conservo un recuerdo vago envuelto en brumas; una festividad de flores y de cánticos, a medida que pasa el tiempo lo alegra. El viaje era largo y peligroso, pero mi madre, que era ambiciosa, pintó sus ojos, untó de manteca su pelo, elevó su peinado como una colmena, y con todas sus pulseras –que le servían por las mañanas de espejos–, los pies desnudos y su mejor vestido, obedeció a mi voz. El sol del verano como una enorme hoguera abrasaba a los hombres. Ella lo atravesó sin perecer porque me amaba.

Los relatos de mi madre, que guardaba como una reliquia, el vestido hecho jirones por el viaje (además de una fiebre palúdica y una erupción en forma de rosas, sobre la dorada oscuridad de su piel), exigían mis explicaciones: "No fue por vanidad que te ordené un viaje tan penoso. Si no me hubieras oído hablar en tu seno antes de nacer, si no hubieras acudido a Debra Berham, no hubieras sido mi madre: esto molestaba a tu alma y no a mi soberbia.