La pared
Ricardo Piglia
(Adrogué, Buenos Aires, 1941)
No morimos de viejos, morimos,
de las viejas heridas.
Ernest Hemingway
Terminaron hace una semana, más o menos. Hoy a la mañana uno de los viejos hizo como un hoyo entre dos ladrillos, pero no llegó a ver el otro lado. Hurgueteó con el dedo y después con un pedazo de rama que cortó del sauce; afuera el cemento se había secado, parece, porque estuvo media hora dale que dale, para nada.
Poder mirar la calle es una gran cosa. La gente cruza haciendo gestos y se ríe y a veces lo saludan a uno y cada tanto pasan camiones y colectivos y una vez pasó un circo. Yo ví muchos circos en mi vida pero ninguno tan importante como ése: un hombre dirigía la caravana, vestido de frac, con galera y qué sé yo, caminando por el medio de la calle, meta subir y bajar un bastón rojo, y atrás toda la compañía: los camiones con altoparlantes, llenos de bailarinas, trapecistas, magos y de todo un poco, y el tractor con las jaulas y adentro los leones y los osos y los tigres y hasta un elefante. Todo el desfile en medio de un bochinche de la gran puta, con la música y un tipo que hablaba por un micrófono, y los payasos saltando de aquí para allá todos pintarrajeados. No me puedo acordar el nombre del circo pero siempre pienso en los animales, en lo cambiado que estaba uno de los camiones que había sido un Ford 28, con una especie de torre llena de banderas y carteles. Pienso en eso y en uno de los payasos que me saludó desde la vereda. Se inclinó con el sombrero en la mano y se fue de un salto.


