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Monday, February 7, 2011

En busca del tabaco perdido de Aurea López

Para leer el ejercicio relacionado con este cuento, hacer clic aquí.

EN BUSCA DEL TABACO PERDIDO
2º Premio del XI Concurso “Semana sin humo”, SEMFYC, 2010
autora: Áurea López
Hacía un mes que había dejado de fumar y lo llevaba bien hasta que un día me senté en un banco del parque donde solía ir a leer un rato y me encontré un paquete casi lleno. Alguien lo había olvidado después de fumarse un par de cigarrillos. Me lo guardé y cuando llegué a casa me fumé uno. Pensé en dosificármelo para que me durara más, pero me lo terminé al día siguiente. Volvería a dejar de fumar, desde luego que no iba a comprarme un paquete. A los pocos días me encontré un cigarrillo completamente intacto sobre el césped del mismo parque. Había vuelto a poner el mechero en el bolso y lo encendí. Me lo fumé de camino a casa.
Después de estos dos hallazgos que creía equivocadamente afortunados, empecé a alargarmis paseos por el parque con la intención de encontrarme de nuevo un cigarrillo que hubiera caído de un paquete al que el propietario no se había molestado en recoger. Pero no siempre se producía el encuentro y entonces le pedía a cualquier persona que viera fumar un pitillo. Algunos entendían mi justificación de no querer comprar tabaco para no fumar más, pero otros se molestaban por mi solicitud, sobre todo los más jóvenes. Aun así me lo daban y a mí me sabía muy bien el cigarrillo que cada día buscaba o pedía. A las semanas ya no era uno sino dos al día los que iba buscando por el parque y por las calles adyacentes. A veces me alejaba hasta otros barrios esperando mejorar mi fortuna en cuanto a los pitillos que me podía fumar al día. Y sí que tuve suerte porque en ocasiones me encontraba paquetes perdidos con dos o tres cigarrillos.
Después de meses mi único aliciente al salir a la calle era encontrar lo que iba a fumar o decidir a quién o cuándo lo pediría. Pero si había pasado horas dando vueltas sin haber conseguido nada, me iba a una cafetería y me pedía un té o un café tras lo que le pedía un pitillo a la persona más cercana que estuviera fumando. A veces, una amena charla proseguía.
Nunca nadie me lo negó e incluso ciertas personas se mostraron comprensivas y me dijeron que me entendían. A los familiares y amigos también los sableaba, de tal modo que solo quería quedar con los que fumaban. Ponía cualquier excusa con tal de coincidir y que me dieran tabaco. A veces, yo les regalaba un paquete para que no pensaran que era una tacaña.
Me sabía tan bien el cigarrillo que se me olvidaba toda la vergüenza que había pasado pidiéndolo o agachándome en medio de la calle a cogerlo arriesgándome a que me viera algún conocido. Si me cruzaba con alguien en la calle y no me atrevía a recogerlo del suelo por si me veía,
me paraba y hacía como que buscaba algo en el bolso o daba la vuelta a la manzana esperando que la calle estuviera más solitaria cuando yo doblase a cogerlo de la acera.
El deseo de fumar podía con cualquier reparo que tuviera, hasta que llegué a coger un cigarrillo encendido que uno que subía al autobús tuvo que tirar delante de mis pies cuando yo me acercaba a la parada. Me lo fumé dejando que pasara el autobús que yo aguardaba arriesgándome a llegar tarde a una cita con una amiga.
La tarde que vino el fontanero a arreglarme el calentador vi cómo se dejaba el paquete de tabaco rubio sobre la mesa de la cocina. Le cogí dos pitillos mientras él estaba ocupado en la galería y no me podía ver. En cuanto se marchó y cerré la puerta me lo fumé. Me supo a gloria aquel cigarrillo inesperado.
Muchos días me decía que iba a comprar tabaco, pero no quería hacerlo porque eso suponía reconocer que volvía a fumar. Mientras fuera recogiendo o pidiendo podía decir que yo no fumaba.
Empecé a darme cuenta de que algunas personas con aspecto marginal hacían lo mismo que yo, y hasta se atrevían a coger colillas. Cuando le conté a un amigo, al que también le estaba costando dejar de fumar, que me estaba acostumbrando a pedir tabaco por la calle, me comentó que él también lo hacía cuando estaba desesperado. Ya no me sentía que era la única.
Un día no hubo manera de conseguir ninguno y decidí que en un bar podía robar el paquete de alguien que lo dejara sobre la mesa mientras iba al servicio o a pagar. Pero no fue posible y me sentí tan furiosa que cogí una colilla que había debajo de la mesa. Me decía a mí misma que era medio cigarrillo que alguien había tenido que apagar al marcharse para convencerme de que yo no iba andando por ahí cogiendo colillas.
Cuando salí de debajo de la mesa, me encontré con la madre de un alumno mío mirándome, y tal fue el sofoco que pagué y me marché corriendo. Luego pensé que quizá no se hubiera dado cuenta de lo que me estaba fumando, que, por cierto, sabía fatal, a un trozo de palo quemado.
Esa noche me picaba tanto la lengua que me asusté por si había cogido alguna infección en la boca. Soñé con duendecillos malignos que se me comían por dentro hasta que iba arrastrándome porque me dejaban sin fuerzas. Me desperté gritando asustada.
En busca del tabaco había caído muy bajo. A la mañana siguiente dejé de fumar. Han pasado ya diez años y no he vuelto desde entonces.

1 comment:

  1. Hace unos años unos jóvenes fueron a hacer trabajos voluntarios en un pueblo aislado y pobre. Fueron con un grupo de electricistas, fontaneros y otros expertos en construcción. No les importaba que iban a vivir tres meses sin sus amenidades acostumbradas. Habían grandes alicientes de ir tan lejos para trabajar ese verano, entre ellos ayudar al prójimo y también conocer más del mundo.
    Todo iba bien hasta que a uno de los voluntarios, Armando, le picó un insecto muy venenoso. La gente del pueblo se desanimó y con razón, porque sabían que este insecto tenía una picadura fatal si no había acceso al antídoto.
    --Tenemos que llamar a los padres de este jóven --dijo el alcalde. --El antídoto cuesta mucho dinero. Lo tendrán que hacer mandar desde la capital.

    Pero los padres de Armando no estuvieron dispuestos a ayudar porque nunca estaban de acuerdo con su participación en el proyecto. Además estaban algo tacaños y no querían gastar una suma tan grande. Dijeron que podría ser solamente un truco para sacarles dinero.

    Entonces el joven se quedaba sufriendo. Toda la gente del pueblo quiso ayudarlo, pero sin éxito. Todos sentían desesperados y tristes. Sin embargo, dentro de unos días, se oyeron unos gritos de alegría y celebración. Un mensajero corrió a la casa en donde yacía el enfermo. --Viene el viejo Onésimo
    -- anunció.

    Pronto apareció un hombre viejo y encorvado. Era tan pequeño que parecía un duendecillo. Pero no debía ser malo, porque sus ojos negros brillaban con bondad. Al mirarle los ojos, el enfermo ya sintió alivio. Nunca se supo lo que hizo Onésimo para ayudar a Armando. Pasó un rato en su cuarto y después se fue a visitar a otras personas en los alrededores que lo necesitaban por una cosa u otra.

    La próxima mañana, Armando amaneció perfectamente bien, sin ningún rasgo de su sufrimiento. Había felicidad en todo el pueblo. Prepararon un almuerzo riquísimo, con el alcalde y su esposa, Armando, Onésimo y todos sentados en las mesas y los bancos de la plaza principal. El ambiente era tan ameno que el grupo de voluntarios sentía triste que acercara la fecha de regresar a su país. Pero pronto tenían que empezar a empacar sus cosas y arreglar sus viajes a casa.

    Es decir, todos menos Armando. El jóven había decidido a alargar su estadía en el pueblo. De hecho, pensaba quedarse bastante tiempo allá.

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