INSTRUCCIONES PARA PARTICIPAR EN ESTE BLOG
Cada semana leeremos un cuento o un poema de algún autor hispano.
Te invito a participar de la siguiente manera:
1. Escoge un cuento, poema, o ensayo de la lista de autores que aparece en la columna del lado derecho del blog. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí.
2. Después de leer el material elegido, crea una historia usando las ocho palabras que el grupo ¿Y... qué me cuentas? escogió en clase, o escoge otras ocho palabras de la lectura que quieras practicar. Para encontrar un ejemplo, haz clic aquí.
3. Sube tu historia usando el enlace de comentarios ("comments"). Lo encontrarás al final de cada lectura.
No temas cometer errores en tu historia. Yo estoy aquí para ayudarte. Tan pronto subas tu historia, yo te mandaré mis comentarios.
¿Estás listo? ¡ Adelante!

Escuchen los ipods de

Y…¿qué me cuentas?

Este video muestra el momento en el que los estudiantes de

Y…¿qué me cuentas?

crean una historia usando ocho palabras extraídas de un cuento previamente leído en clase.

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Y…¿qué me cuentas?

Recomendación al Gobierno de México por parte del Consejo Consultivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (CCIME) durante su XVII reunión ordinaria.

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Tuesday, February 14, 2012

"Así dijo el señor" de Tino Villanueva

Para ver los ejercicios de lectura y escritura relacionados con este poema, haga clic aquí
Para ver los ejercicios creados en educaplay relacionados con este poema, haga clic aquí.
Así dijo el señor
Tino Villanueva

Al principio nadie dijo nada.
Sería primavera del 56 — recuerdo aquel bochorno
pegajoso y maloliente del salón pacificado —
y tal enunciación venía
del Director de secundaria, señor de voz
indiferente a nuestras vidas.
Y como nos llamaba latinoamericanos
en aquel entonces, pusimos atención:
“Boys and girls…”, resonó el altavoz
por los salones. “Chicos, he venido escuchando
demasiado español últimamente.
Les recuerdo que vivimos en los Estados Unidos;
por lo tanto,
hablen en americano en estos recintos”.
Así dijo el señor con ese tono altivo que tenía,
como diciéndo que el español
nos perjudicaba.

Mas no me lo tragué del todo, como el agua
no se traga el aceite y sigue viviendo.
Hacía calor y bajo el orden azul del cielo,
crucé el umbral de mis dos mundos:
“El que sabe dos lenguas vale por dos”,
decía mi abuelo en casa.

Nada es eterno
y salí de allí como pude un día,
de aquel salón y de muchos más,
y me dediqué a lo que nace de los libros,
quizá porque allí
se abrían horizontes — la paz y el compás
de lo que vive entre las páginas

Hoy me declaré saludable;
respiro bien para dentro y para afuera
en ritmos esdrújulos y graves,
sobresdrújulos y agudos,
porque el arte bien labrado es también sabiduría:
Juventud, divino tesoro…


*

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero…

*

Verde que te quiero verde.

*

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada…


Andar, desandar. Nada es eterno.
Le he dado la vuelta al mundo
y de pronto en el camino
me he encontrado con esta memoria todavía.
En la clara actualidad: lo marginado
se ha movido más al centro;
lo de afuera se transforma en lo de adentro.
Y si antes no supe dar un contracanto,
ahora conmigo traigo esta asamblea de palabras
a favor de esta república
donde se habla en español.
Nota: Las cuatro citas que aparecen en este poema las extrajo el autor de los siguientes poemas:
1. Juventud, divino tesoro…(Canción de otoño en primavera, Ruben Darío)
2. Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero… (Retrato, Antonio Machado)
3. Verde que te quiero verde (Romance sonámbulo, Federico García Lorca)
4. voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada… (Piedra de sol, Octavio Paz)

Ahora resuelve la siguiente evaluación. Has clic en el título de la misma para agrandar la imagen y poder resolverla.


Autoevaluación
                                             

Monday, February 13, 2012

Ejercicios relacionados con el cuento "Continuidad de los parques" de Julio Cortázar

Para leer el cuento relacionado con estos ejercicios, haga clic aquí.
Aquí he subido algunos ejercicios respecto al cuento "Continuidad de los parques" de Julio Cortazar. Para poder realizar los ejercicios, hagan clic en los títulos que aparecen a continuación. Al dar clic irán al portal de "educaplay" desde donde podrán realizarlos. No olviden regresar al blog ¡Y qué me cuentas!  una vez que hayan concluido sus ejercicios.

¡Diviértete!

1. Ordena las letras y forma la palabra escondida.


2. Relaciona las palabras que sean sustantivos.


3. Ordena las palabras y construye la oración escondida.


4. Termina de escribir este párrafo añadiendo las palabras que faltan.

5. Autoevaluación

Sunday, February 12, 2012

Ejercicio de Lectura y Escritura de "Continuidad de los parques" de Julio Cortázar

Para leer el cuento relacionado con este ejercicio, haga clic aquí.

Para leer otros ejercicios relacionados con el cuento, haga clic aquí
Saludos a todos!
El día de hoy yo les daré las ocho palabras para hacer el ejercicio de lectura y escritura del cuento: "Continuidad de los parques" de Julio Cortázar. Para encontrarlas deben realizar el siguiente crucigrama.
Si no pueden realizarlo desde aquí porque la imagen es muy pequeña, hagan clic aquí y podrán responderlo desde Educaplay.
Como siempre, escriban la historia grupal para que yo la pueda subir al blog, y mándenme sus historias personales en el link que dice "comments".

Saludos y diviértanse encontrando las 8 palabras.

                                             


Saturday, February 11, 2012

"Continuidad de los parques" de Julio Cortázar

Continuidad de los parques


Para leer el ejercicio de Lectura y escritura de este cuento, haga clic aquí.
Para leer los ejercicios relacionados con esta lectura creados en educaplay, haga clic aquí. 



Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Ahora responde la siguiente autoevaluación. (Si la imagen de la autoevaluación es muy pequeña para que la puedas responder, da clic aquí para poder resolverla desde Educaplay. Después de que la respondas, no se te olvide regresar al blog ¡Y qué me cuentas!)

                                             

Friday, February 10, 2012

"El brujo postergado", de Jorge Luis Borges



El brujo postergado

Jorge Luis Borges

En Santiago había un deán que tenía codicia de aprender el arte de la magia. Oyó decir que don Illán de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.

El día que llegó enderezó a la casa de don Illán y lo encontró leyendo en una habitación apartada. Éste lo recibió con bondad y le dijo que postergara el motivo de su visita hasta después de comer. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de comer, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don Illán le dijo que adivinaba que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado luego por él. El deán le prometió y aseguró que nunca olvidaría aquella merced, y que estaría siempre a sus órdenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán que las artes mágicas no se podían aprender sino en sitio apartado, y tomándolo por la mano, lo llevó a una pieza contigua, en cuyo piso había una gran argolla de fierro. Antes le dijo a la sirvienta que tuviese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandaran. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada, hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca y luego una especie de gabinete con instrumentos mágicos. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres con una carta para el deán, escrita por el obispo, su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo y que, si quería encontrarlo vivo, no demorase. Al deán lo contrariaron mucho estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro por tener que interrumpir los estudios. Optó por escribir una disculpa y la mandó al obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el deán, en las que se leía que el obispo había fallecido, que estaban eligiendo sucesor y que esperaban por la gracia de Dios que lo elegirían a él. Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que lo eligieran en su ausencia.

A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos y lo saludaron obispo. Cuando don Illán vio estas cosas se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo para su propio hermano, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago.

Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses recibió el obispo mandaderos del Papa que le ofrecía el arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El arzobispo le hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de su padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán no tuvo más remedio que asentir.

Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años recibió el arzobispo mandaderos del Papa que le ofrecía el capelo de cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El cardenal le hizo saber que había reservado el arzobispado para su propio tío, hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Roma. Don Illán no tuvo más remedio que asentir. Fueron para Roma los tres, donde los recibieron con honores y misas y procesiones. A los cuatro años murió el Papa y nuestro cardenal fue elegido para el papado por todos los demás. Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió el cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán (cuyo rostro se había remozado de un modo extraño), dijo con una voz sin temblor:

–Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué.

La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa se halló en la celda subterránea en Toledo, solamente deán de Santiago y tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran cortesía.

(Del Libro de Patronio del infante don Juan Manuel, que lo derivó de un libro árabe: Las cuarenta mañanas y las cuarenta noches)

Monday, February 6, 2012

¡Y que me cuentas! en el programa de radio "En Busca del Cuento Perdido"

¡Hola a todos!
El día de ayer en el programa de radio mexicano "En Busca del Cuento Perdido",  Sandra Lorenzano, la conductora del mismo, hizo referencia al trabajo que hacen los alumnos del blog ¡Y qué me cuentas! Su programa es una invitación a la lectura y a la escritura creativa. Durante su emisión radial, Sandra hace referencia semanalmente a un libro y a un autor de cualquier parte del mundo. Al final del programa la conductora invita a los radioescuchas a escribir un cuento y ella les da el tema a desarrollar.
Casi al final de su programa de este lunes 6 de febrero del 2012, Sandra amablemente hizo referencia al blog ¡Y qué me cuentas! y al trabajo creativo de ustedes, y aprovechando el tema Estados Unidos-México, Sandra invitó a sus radioescuchas a que escribieran un cuento en primera persona, de no más de 15 líneas, respecto al tema del migrante.
Me gustaría que ustedes intentaran escribir un cuento para mandárselo a Sandra. ¿Qué les parece la idea? ¿Se animan? Creo que sería muy interesante tanto para Sandra como para los radioescuchas mexicanos escuchar un cuento escrito por ustedes, que son angloamericanos, respecto a un tema tan sensible como lo es el migratorio.
Hice una edición del programa para que puedan escuchar facilmente lo que Sandra mencionó de nosotros. Lo convertí en podcast. El podcast lo pueden encontrar  aquí:

También lo pueden encontrar en la sección de podcast del blog (justo debajo del video que explica nuestro proceso de construcción de historia). Es el primero. Se llama: ¡Y qué me cuentas! en "En Busca del Cuento Perdido".
De todas formas, los invito a que escuchen todo el programa (dura 30 minutos) en el siguiente link:
http://feeds.feedburner.com/enbuscadelcuentoperdido
Al abrir esta página, verán una lista de títulos de los podcast del programa. El que deben abrir es el primero en la lista: PROGRAMA 087. PAOLO GIORDANO, 06 DE FEBRERO, 2012.
Los invito a que escuchen éste y todos sus programas. Son verdaderamente interesantes.
Solo les pido que me hagan llegar el cuento a más tardar este viernes, para que yo pueda hacerles correcciones y se los podamos mandar a tiempo a Sandra el domingo a más tardar. Debido a que el programa dura treinta minutos, Sandra no puede leer todos los cuentos, pero le pediré que nos haga el favor de leer por lo menos uno de los que le mandemos. Así que... a trabajar!!!!!!!


Thursday, February 2, 2012

Ejercicio de Lectura y escritura de "La puerta condenada" de Julio Cortazar

Para leer el cuento relacionado con este ejercicio, haga clic aquí.

Aquí están las 8 palabras que escogimos de «La puerta condenada»:

1. El ascensor – elevator
2. El ciempiés – centipede
3. Las pantuflas – slippers
4. Chicotear – to click, slap, whip
5. Acostarse – to lie down, go to bed
6. Adosado a – backed against
7. La percha – hanger
8. El escritorio – office, desk

Sigue el cuento que escribimos en forma grupal:

"Me puse las pantuflas antes de acostarme. Oí el ascensor y gente andando como ciempiés. Ese chicoteo me mantuvo despierto y tenía que llegar al escritorio a las siete de la mañana. Adosé a la puerta el armario con las perchas colgando adentro. Entonces dormía mejor pero no podía salir por la puerta."

_______________________________________________________

Hola a todos!

Gracias por mandar su cuento grupal. Por favor lean mis comentarios en el link correspondiente (comments) y suban sus ejercicios usando el mismo link.
De igual forma invito a cualquier persona que quiera hacer este ejercicio para que lo mande por este medio. ¡Anímense a participar!

Saludos.

Ramón

Wednesday, February 1, 2012

"La puerta condenada" de Julio Cortázar

La puerta condenada
Julio Cortázar

Para leer el ejercicio relacionado con esta lectura, haga clic aquí.

A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en el vapor de la carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de Montevideo. Petrone aceptó una habitación con baño en el segundo piso, que daba directamente a la sala de recepción. Por el tablero de llaves en la portería supo que había poca gente en el hotel; las llaves estaban unidas a unos pesados discos de bronce con el número de habitación, inocente recurso de la gerancia para impedir que los clientes se las echaran al bolsillo.
El ascensor dejaba frente a la recepción, donde había un mostrador con los diarios del día y el tablero telefónico. Le bastaba caminar unos metros para llegar a la habitación. El agua salía hirviendo, y eso compensaba la falta de sol y de aire. En la habitación había una pequeña ventana que daba a la azotea del cine contiguo; a veces una paloma se paseaba por ahí. El cuarto de baño tenía una ventana más grande, que se habría tristemente a un muro y a un lejano pedazo de cielo, casi inútil. Los muebles eran buenos, había cajones y estantes de sobra. Y muchas perchas, cosa rara.
El gerente resultó ser un hombre alto y flaco, completamente calvo. Usaba anteojos con armazón de oro y hablaba con la voz fuerte y sonora de los uruguayos. Le dijo a Petrone que el segundo piso era muy tranquilo, y que en la única habitación contigua a la suya vivía una señora sola, empleada en alguna parte, que volvía al hotel a la caída de la noche. Petrone la encontró al día siguiente en el ascensor. Se dio cuenta de que era ella por el número de la llave que tenía en la palma de la mano, como si ofreciera una enorme moneda de oro. El portero tomó la llave y la de Petrone para colgarlas en el tablero, y se quedó hablando con la mujer sobre unas cartas. Petrone tuvo tiempo de ver que era todavía joven, insignificante, y que se vestía mal como todas las orientales.
El contrato con los fabricantes de mosaicos llevaría más o menos una semana. Por la tarde Petrone acomodó la ropa en el armario, ordenó sus papeles en la mesa, y después de bañarse salió a recorrer el centro mientras se hacía hora de ir al escritorio de los socios. El día se pasó en conversaciones, cortadas por un copetín en Pocitos y una cena en casa del socio principal. Cuando lo dejaron en el hotel era más de la una. Cansado, se acostó y se durmió en seguida. Al despertarse eran casi las nueve, y en esos primeros minutos en que todavía quedan las sobras de la noche y del sueño, pensó que en algún momento lo había fastidiado el llanto de una criatura.
Antes de salir charló con el empleado que atendía la recepción y que hablaba con acento alemán. Mientras se informaba sobre líneas de ómnibus y nombres de calles, miraba distraído la enorme sala en cuyo extremo estaban la puerta de su habitación y la de la señora sola. Entre las dos puertas había un pedastal con una nefasta réplica de la Venus de Milo. Otra puerta, en la pared lateral daba a una salida con los infaltables sillones y revistas. Cuando el empleado y Petrone callaban, el silencio del hotel parecía coagularse, caer como cenizas sobre los muebles y las baldosas. El ascensor resultaba casi estrepitoso, y lo mismo el ruido de las hojas de un diario o el raspar de un fósforo.
Las conferencias terminaron al caer la noche y Petrone dio una vuelta por 18 de Julio antes de entrar a cenar en uno de los bodegones de la plaza Independencia. Todo iba bien, y quizá pudiera volverse a Buenos Aires antes de lo que pensaba. Compró un diario argentino, un atado de cigarrillos negros, y caminó despacio hasta el hotel. En el cine de al lado daban dos películas que ya había visto, y en realidad no tenía ganas de ir a ninguna parte. El gerente lo saludó al pasar y le preguntó si necesitaba más ropa de cama. Charlaron un momento, fumando un pitillo, y se despidieron.
Antes de acostarse Petrone puso en orden los papeles que había usado durante el día, y leyó el diario sin mucho interés. El silencio del hotel era casi excesivo, y el ruido de uno que otro tranvía que bajaba por la calle Soriano no hacía más que pausarlo, fortalecerlo para un nuevo intervalo. Sin inquietud pero con alguna impaciencia, tiró el diario al canasto y se desvistió mientras se miraba distraído en el espejo del armario. Era un armario ya viejo, y lo habían adosado a una puerta que daba a la habitación contigua. A Petrone le sorprendió descubrir la puerta que se le había escapado en su primera inspección del cuarto. Al principio había supuesto que el edificio estaba destinado a hotel pero ahora se daba cuenta de que pasaba lo que en tantos hoteles modestos, instalados en antiguas casas de escritorios o de familia. Pensándolo bien, en casi todos los hoteles que había conocido en su vida —y eran muchos— las habitaciones tenían alguna puerta condenada, a veces a la vista pero casi siempre con un ropero, una mesa o un perchero delante, que como en este caso les daba una cierta ambigüedad, un avergonzado deseo de disimular su existencia como una mujer que cree taparse poníendose las manos en el vientre o los senos. La puerta estaba ahí, de todos modos, sobresaliendo del nivel del armario. Alguna vez la gente había entrado y salido por ella, golpeándola, entornándola, dándole una vida que todavía estaba presente en su madera tan distinta de las paredes. Petrone imaginó que del otro lado habría también un ropero y que la señora de la habitación pensaría lo mismo de la puerta.
No estaba cansado pero se durmió con gusto. Llevaría tres o cuatro horas cuando lo despertó una sensación de incomodidad, como si algo ya hubiera ocurrido, algo molesto e irritante. Encendió el velador, vio que eran las dos y media, y apagó otra vez. Entonces oyó en la pieza de al lado el llanto de un niño.
En el primer momento no se dio bien cuenta. Su primer movimiento fue de satisfacción; entonces era cierto que la noche antes un chico no lo había dejado descansar. Todo explicado, era más fácil volver a dormirse. Pero después pensó en lo otro y se sentó lentamente en la cama, sin encender la luz, escuchando. No se engañaba, el llanto venía de la pieza de al lado. El sonido se oía a través de la puerta condenada, se localizaba en ese sector de la habitación al que correspondían los pies de la cama. Pero no podía ser que en la pieza de al lado hubiera un niño; el gerente había dicho claramente que la señora vivía sola, que pasaba casi todo el día en su empleo. Por un segundo se le ocurrió a Petrone que tal vez esa noche estuviera cuidando al niño de alguna parienta o amiga. Pensó en la noche anterior. Ahora estaba seguro de que ya había oído el llanto, porque no era un llanto fácil de confundir, más bien una serie irregular de gemidos muy débiles, de hipos quejosos seguidos de un lloriqueo momentáneo, todo ello inconsistente, mínimo, como si el niño estuviera muy enfermo. Debía ser una criatura de pocos meses aunque no llorara con la estridencia y los repentinos cloqueos y ahogos de un recién nacido. Petrone imaginó a un niño — un varón, no sabía por qué— débil y enfermo, de cara consumida y movimientos apagados. Eso se quejaba en la noche, llorando pudoroso, sin llamar demasiado la atención. De no estar allí la puerta condenada, el llanto no hubiera vencido las fuertes espaldas de la pared, nadie hubiera sabido que en la pieza de al lado estaba llorando un niño.


Por la mañana Petrone lo pensó un rato mientras tomaba el desayuno y fumaba un cigarrillo. Dormir mal no le convenía para su trabajo del día. Dos veces se había despertado en plena noche, y las dos veces a causa del llanto. La segunda vez fue peor, porque a más del llanto se oía la voz de la mujer que trataba de calmar al niño. La voz era muy baja pero tenía un tono ansioso que le daba una calidad teatral, un susurro que atravesaba la puerta con tanta fuerza como si hablara a gritos. El niño cedía por momentos al arrullo, a las instancias; después volvía a empezar con un leve quejido entrecortado, una inconsolable congoja. Y de nuevo la mujer murmuraba palabras incomprensibles, el encantamiento de la madre para acallar al hijo atormentado por su cuerpo o su alma, por estar vivo o amenazado de muerte.
«Todo es muy bonito, pero el gerente me macaneó» pensaba Petrone al salir de su cuarto. Lo fastidiaba la mentira y no lo disimuló. El gerente se quedó mirándolo.
—¿Un chico? Usted se habrá confundido. No hay chicos pequeños en este piso. Al lado de su pieza vive una señora sola, creo que ya se lo dije.
Petrone vaciló antes de hablar. O el otro mentía estúpidamente, o la acústica del hotel le jugaba una mala pasada. El gerente lo estaba mirando un poco de soslayo, como si a su vez lo irritara la protesta. «A lo mejor me cree tímido y que ando buscando un pretexto para mandarme mudar», pensó. Era difícil, vagamente absurdo insistir frente a una negativa tan rotunda. Se encogió de hombros y pidió el diario.
—Habré soñado —dijo, molesto por tener que decir eso, o cualquier otra cosa.


El cabaret era de un aburrimiento mortal y sus dos anfitriones no parecían demasiado entusiastas, de modo que a Petrone le resultó fácil alegar el cansancio del día y hacerse llevar al hotel. Quedaron en firmar los contratos al otro día por la tarde; el negocio estaba prácticamente terminado.
El silencio en la recepción del hotel era tan grande que Petrone se descubrió a sí mismo andando en puntillas. Le habían dejado un diario de la tarde al lado de la cama; había también una carta de Buenos Aires. Reconoció la letra de su mujer.
Antes de acostarse estuvo mirando el armario y la parte sobresaliente de la puerta. Tal vez si pusiera sus dos valijas sobre el armario, bloqueando la puerta, los ruidos de la pieza de al lado disminuirían. Como siempre a esa hora, no se oía nada. El hotel dormía las cosas y las gentes dormían. Pero a Petrone, ya malhumorado, se le ocurrió que era al revés y que todo estaba despierto, anhelosamente despierto en el centro del silencio. Su ansiedad inconfesada debía estarse comunicando a la casa, a las gentes de la casa, prestándoles una calidad de acecho, de vigilancia agazapada. Montones de pavadas.
Casi no lo tomó en serio cuando el llanto del niño lo trajo de vuelta a las tres de la mañana. Sentándose en la cama se preguntó si lo mejor sería llamar al sereno para tener un testigo de que en esa pieza no se podía dormir. El niño lloraba tan débilmente que por momentos no se lo escuchaba, aunque Petrone sentía que el llanto estaba ahí, continuo, y que no tardaría en crecer otra vez. Pasaban diez o veinte lentísimos segundos; entonces llegaba un hipo breve, un quejido apenas perceptible que se prolongaba dulcemente hasta quebrarse en el verdadero llanto.
Encendiendo un cigarrillo, se preguntó si no debería dar unos golpes discretos en la pared para que la mujer hiciera callar al chico. Recién cuando los pensó a los dos, a la mujer y al chico, se dio cuenta de que no creía en ellos, de que absurdamente no creía que el gerente le hubiera mentido. Ahora se oía la voz de la mujer, tapando por completo el llanto del niño con su arrebatado —aunque tan discreto— consuelo. La mujer estaba arrullando al niño, consolándolo, y Petrone se la imaginó sentada al pie de la cama, moviendo la cuna del niño o teniéndolo en brazos. Pero por más que lo quisiera no conseguía imaginar al niño, como si la afirmación del hotelero fuese más cierta que esa realidad que estaba escuchando. Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo y los débiles quejidos se alternaban o crecían entre los murmullos de consuelo, Petrone empezó a sospechar que aquello era una farsa, un juego ridículo y monstruoso que no alcanzaba a explicarse. Pensó en viejos relatos de mujeres sin hijos, organizando en secreto un culto de muñecas, una inventada maternidad a escondidas, mil veces peor que los mimos a perros o gatos o sobrinos. La mujer estaba imitando el llanto de su hijo frustrado, consolando al aire entre sus manos vacías, tal vez con la cara mojada de lágrimas porque el llanto que fingía era a la vez su verdadero llanto, su grotesco dolor en la soledad de una pieza de hotel, protegida por la indiferencia y por la madrugada.
Encendiendo el velador, incapaz de volver a dormirse, Petrone se preguntó qué iba a hacer. Su malhumor era maligno, se contagiaba de ese ambiente donde de repente todo se le antojaba trucado, hueco, falso: el silencio, el llanto, el arrullo, lo único real de esa hora entre noche y día y que lo engañaba con su mentira insoportable. Golpear en la pared le pareció demasiado poco. No estaba completamente despierto aunque le hubiera sido imposible dormirse; sin saber bien cómo, se encontró moviendo poco a poco el armario hasta dejar al descubierto la puerta polvorienta y sucia. En pijama y descalzo, se pegó a ella como un ciempiés, y acercando la boca a las tablas de pino empezó a imitar en falsete, imperceptiblemente, un quejido como el que venía del otro lado. Subió de tono, gimió, sollozó. Del otro lado se hizo un silencio que habría de durar toda la noche; pero en el instante que lo precedió, Petrone pudo oír que la mujer corría por la habitación con un chicotear de pantuflas, lanzando un grito seco e instantáneo, un comienzo de alarido que se cortó de golpe como una cuerda tensa.

Cuando pasó por el mostrador de la gerencia eran más de las diez. Entre sueños, después de las ocho, había oído la voz del empleado y la de una mujer. Alguien había andado en la pieza de al lado moviendo cosas. Vio un baúl y dos grandes valijas cerca del ascensor. El gerente tenía un aire que a Petrone se le antojó de desconcierto.
—¿Durmió bien anoche? —le preguntó con el tono profesional que apenas disimulaba la indiferencia.
Petrone se encogió de hombros. No quería insistir, cuando apenas le quedaba por pasar otra noche en el hotel.
—De todas maneras ahora va a estar más tranquilo — dijo el gerente, mirando las valijas—.La señora se nos va a mediodía.
Esperaba un comentario, y Petrone lo ayudó con los ojos.
—Llevaba aquí mucho tiempo, y se va así de golpe. Nunca se sabe con las mujeres.
—No —dijo Petrone—. Nunca se sabe.
En la calle se sintió mareado, con un mareo que no era físico. Tragando un café amargo empezó a darle vueltas al asunto, olvidándose del negocio, indiferente al espléndido sol. Él tenía la culpa de que esa mujer se fuera del hotel, enloquecida de miedo, de vergüenza o de rabia. Llevaba aquí mucho tiempo...Era una enferma, tal vez, pero inofensiva. No era ella sino él quien hubiera debido irse del Cervantes. Tenía el deber de hablarle, de excusarse y pedirle que se quedara, jurándole discreción. Dio unos pasos de vuelta y a mitad del camino se paró. Tenía miedo de hacer un papelón, de que la mujer reaccionara de alguna manera insospechada. Ya era hora de encontrarse con los dos socios y no quería tenerlos esperando. Bueno, que se embromara. No era más que una histérica, ya encontraría otro hotel donde cuidar a su hijo imaginario.

Pero a la noche volvió a sentirse mal, y el silencio de la habitación le pareció todavía más espeso. Al entrar al hotel no había podido dejar de ver el tablero de las llaves, donde faltaba ya la de la pieza de al lado. Cambió unas palabras con el empleado, que esperaba bostezando la hora de irse, y entró en su pieza con poca esperanza de poder dormir. Tenía los diarios de la tarde y una novela policial. Se entretuvo arreglando sus valijas, ordenado sus papeles. Hacía calor, y abrió de par en par la pequeña ventana. La cama estaba bien tendida, pero la encontró incómoda y dura. Por fin tenía todo el silencio necesario para dormir a pierna suelta, y le pesaba. Dando vueltas y vueltas, se sintió como vencido por ese silencio que había reclamado con astucia y que le devolvían entero y vengativo. Irónicamente pensó que extrañaba el llanto del niño, que esa calma perfecta no le bastaba para dormir y todavía menos para estar despierto. Extrañaba el llanto del niño, y cuando mucho más tarde lo oyó, débil pero inconfundible a través de la puerta condenada, por encima del miedo, por encima de la fuga en plena noche supo que estaba bien y que la mujer no había mentido, no se había mentido al arrullar al niño, al querer que el niño se callara para que ellos pudieran dormirse.

Friday, January 27, 2012

Ejercicio de lectura y escritura de los cuentos "La droga" de Luisa Valenzuela, y "El recado" de Elena Poniatowska

Hola Ramón,

Ayer leímos los dos cuentos, “La droga” de Luisa Valenzuela y “El recado” de Elena Poniatowska. Escogimos las 8 palabras de ambos cuentos.

(Para leer el cuento "La droga", haga clic aquí, y para leer el cuento "El recado" haga clic aquí.)




Las 8 palabras:

1. La olla – the pot, kettle
2. Borronear – to scribble
3. La gimnasia – gymnastics (o el gimnasio – the gym)
4. La granada – the pomegranate
5. El remolino – the crowd, whirlpool
6. El rinconcito – the little nook (corner)
7. Deshacerme – to rid myself of, get rid of
8. Adictiva – addictive

Nuestro cuento:

Fui al gimnasio para hacer los ejercicios para deshacerme de peso. Después me senté en un rinconcito y tomé un vaso de zumo de granada dejando el resto en la olla. El jugo de granada es adictivo. Mientras estaba en mi rinconcito, vi un remolino de mujeres hablando y riendo, y borroneando notas entre sí. 



Respuesta de Ramón:


Muchas gracias clase de Y qué me cuentas! por hacer el ejercicio de las 8 palabras. Los felicito. Al parecer pudieron  comprender los significados de las palabras adecuadamente para poder construir su historia.
Ahora quedo en espera de que tanto ustedes, como cualquier persona que lea el blog, me manden sus ejercicios individuales.


Saludos.
Ramón.



Wednesday, January 25, 2012

"El recado" por Elena Poniatowska


EL RECADO
Elena Poniatowska
Para leer el ejercicio de este cuento, haga clic aquí
Para escuchar el cuento leído por la autora, haga click aquí.

Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arranzan las ramas más accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.
    Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en ti muy despacio, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.
    Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: "No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche..." Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.
    Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos --oh mi amor-- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.
    Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: "Te quiero..." No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.

Tuesday, January 24, 2012

"La droga" de Luisa Valenzuela

La droga
Luisa Valenzuela.
Para leer los ejercicios relacionados con este cuento, haga clic aquí y aquí.

Estoy en el puerto donde llega la droga y tengo que volver con un poquito. Me voy acercando lentamente al mar ¿qué mar? parecería el Caribe por su quietud de plomo derretido, y justo al borde del la playa están tendidas las esteras para que se arme allí el gran mercado. Sólo que hoy casi no han entrado barcos, y un único mercader con aire bastante oriental parece estar esperándome. Me siento frente a él sobre su estera, en posición de loto, y me va mostrando las sedas que saca de una valija (yo tengo la mía). Elijo por fin un pañuelo color borravino y el mercader me dice, por que justo en ese momento pasa a nuestro lado un guardia. Es un proceso colombiano, pero me hace seña de cinco con la mano. Entiendo que es por la droga que ha escondido en el pañuelo. Yo hurgo en la bolsita que llevo colgada en el cuello y saco monedas de variaos países. Por fin encuentro cinco pesos colombianos, le pago, él me hace un paquete con el pañuelo y yo lo meto dentro de mi maleta.
Me dirijo hacia la salida del mercado: hay una muralla de alambre tejido, y las tranqueras están cerradas. Mucha gente hace cola para pasar la aduana y espera pacientemente. Yo me asusto pienso que el paquete con el pañuelo comprado allí mismo es demasiado delator. Además ¿de donde vengo yo? no he vuelto de ningún viaje como para justificar mi valija. Opto por buscar el baño para tratar de deshacerme de la droga o al menos esconderla mejor. Solo encuentro baños para el personal de aduana pregunto donde está el baño para viajeros, me contestan vagamente, nadie sabe muy bien. Sigo arrastrando mi valija y me siento muy sospechosa. Y, aun que pienso que la busca es bastante inútil, sigo buscando la puerta del baño. No quisiera deshacerme de la droga, pero sé que me la van a encontrar si no tomo alguna medida, además siempre me cruzo con guardias armados. Subo escaleras, recorro pasillos sucios, como de hospital y de golpe me cruzo con una columna humana que avanza siguiendo a un instructor de gimnasia. Un, dos, un dos. Y me siento un poco ridícula buscando un baño con mi valija a cuestas. De golpe me doy cuenta de que la columna está formada por los viajeros que hacia cola frente a la aduana. Pongo cara de urgencia y sigo buscando en sentido contrario. Más escaleras, ningún baño, más corredores y de nuevo me cruzo con el instructor de gimnasia y su cola, y ellos se ríen de mí y todo sería muy cómico (yo, mi valija, la gimnasia) si no fuera por mi temor que me descubran la droga. La tercera vez que me encuentro con ellos ya nos los cruzo, vamos en el mismo sentido, los precedo y el instructor me dice cosas entre amables y obscenas y me da un puntapié amistoso sobre el hombro mientras bajamos por unas escaleras. Es como un espaldarazo para que yo dirija la columna humana, la de los viajeros que marchan, y yo que llevo la droga en mi valija no sé si debo negarme a hacerlo o si es mi deber, mi premio o mi condena. 

Monday, January 23, 2012

Más información respecto a Que/Qué

Saludos a todos!

Permítanme compartir con ustedes un mensaje que me hizo llegar Ron Garza, uno de los estudiantes de ¡Y qué me cuentas! a mi correo privado. Creo que explica muy bien el uso de Que/Qué.
Gracias Ron por tu aportación
Su mensaje en inglés dice los siguiente:

Ramón,
Thanks. The tilde in questions and exclamations (Que/Qué) is pretty clear.
Let me see if I've got it. (please correct me if I'm wrong)

(Most of these examples are from SpanishDict.com)

In questions, qué is used as
what (adj), which (adj), what (pronoun), how (adv), why (adv)
1. ¿qué hora es?, what time is it?
2. ¿qué coche prefieres?, which car do you prefer?
3. ¿qué te dijo?, what did s/he tell you?
4. ¿qué tanto?, how much?
5. ¿por qué?, why?

In exclamations, qué is used as how / what

1. ¡qué horror!, how awful!
2. ¡qué casa tan bonita!, what a beautiful house!

The problem occurs when qué or que is used in a sentence that is not a question or an exclamation.
In those cases,

qué is used as what (pronoun)
For example: no sé qué hacer, I don't know what to do.

que is used as
who/whom, that, which, than
1. la mujer que me saludó, the woman who greeted me
2. la moto que me gusta, the scooter that I like
3. la playa a la que fui, the beach to which I went
4. es más rápido que tú, s/he is faster than you
-------------------------------------------------------------------------------------------
Hacía mucho tiempo que no iba, it had been a long time that (since) s/he had not gone.
Te dije que no, I told you (that) no.

Más información respecto a Que/Qué

Saludos a todos!

Permítanme compartir con ustedes un mensaje que me hizo llegar Ron Garza, uno de los estudiantes de 
¡Y qué me cuentas! a mi correo privado. Creo que explica muy bien el uso de Que/Qué.
Gracias Ron por tu aportación
Su mensaje en inglés dice los siguiente:

Ramón,
Thanks. The tilde in questions and exclamations (Que/Qué) is pretty clear.
Let me see if I've got it. (please correct me if I'm wrong)

(Most of these examples are from SpanishDict.com)

In questions, qué is used as
what (adj), which (adj), what (pronoun), how (adv), why (adv)
1. ¿qué hora es?, what time is it?
2. ¿qué coche prefieres?, which car do you prefer?
3. ¿qué te dijo?, what did s/he tell you?
4. ¿qué tanto?, how much?
5. ¿por qué?, why?

In exclamations, qué is used as how / what

1. ¡qué horror!, how awful!
2. ¡qué casa tan bonita!, what a beautiful house!

The problem occurs when qué or que is used in a sentence that is not a question or an exclamation.
In those cases,

qué is used as what (pronoun)
For example: no sé qué hacer, I don't know what to do.

que is used as
who/whom, that, which, than
1. la mujer que me saludó, the woman who greeted me
2. la moto que me gusta, the scooter that I like
3. la playa a la que fui, the beach to which I went
4. es más rápido que tú, s/he is faster than you
-------------------------------------------------------------------------------------------
Hacía mucho tiempo que no iba, it had been a long time that (since) s/he had not gone.
Te dije que no, I told you (that) no.

Thursday, January 19, 2012

Cognado "abandonar"

Today's Spanish-English Cognate-abandonar

Wednesday, January 18, 2012

La indiferencia de Eva, por Soledad Puértolas

La indiferencia de Eva

Soledad Puértolas

Eva no era una mujer guapa. Nunca me llegó a gustar, pero en aquel primer momento, mientras atravesaba el umbral de la puerta de mi despacho y se dirigía hacia mí, me horrorizó. Cabello corto y mal cortado, rostro exageradamente pálido, inexpresivo, figura nada esbelta y, lo peor de todo para un hombre para quien las formas lo son todo: pésimo gusto en la ropa. Por si fuera poco, no fue capaz de percibir mi desaprobación. No hizo nada por ganarme. Se sentó al otro lado de la mesa sin dirigirme siquiera una leve sonrisa, sacó unas gafas del bolsillo de su chaqueta y me miró a través de los cristales con una expresión de miopía mucho mayor que antes de ponérselas.

Dos días antes, me había hablado por teléfono. En tono firme y a una respetable velocidad me había puesto al tanto de sus intenciones: pretendía llevarme a la radio, donde dirigía un programa cultural de, al parecer, gran audiencia. Me aturden las personas muy activas y, si son mujeres, me irritan. Si son atractivas, me gustan.

–¿Bien? –pregunté yo, más agresivo que impaciente.

Eva no se alteró. Suspiró profundamente, como invadida de un profundo desánimo. Dejó lentamente sobre la mesa un cuaderno de notas y me dirigió otra mirada con gran esfuerzo. Tal vez sus gafas no estaban graduadas adecuadamente y no me veía bien. Al fin, habló, pero su voz, tan terminante en el teléfono, se abría ahora paso tan arduamente como su mirada, rodeada de puntos suspensivos. No parecía saber con certeza por qué se encontraba allí ni lo que iba a preguntarme.

–Si a usted le parece –dijo al fin, después de una incoherente introducción que nos desorientó a los dos–, puede usted empezar a explicarme cómo surgió la idea de... –no pudo terminar la frase.

Me miró para que yo lo hiciera, sin ningún matiz de súplica en sus ojos. Esperaba, sencillamente, que yo le resolviera la papeleta.

Me sentía tan ajeno y desinteresado como ella, pero hablé. Ella, que miraba de vez en cuando su cuaderno abierto, no tomó ninguna nota. Para terminar con aquella situación, propuse que realizáramos juntos un recorrido por la exposición, idea que, según me pareció apreciar, acogió con cierto alivio. Los visitantes de aquella mañana eran, en su mayor parte, extranjeros, hecho que comenté a Eva. Ella ni siquiera se tomó la molestia de asentir. Casi me pareció que mi observación le había incomodado. Lo miraba todo sin verlo. Posaba levemente su mirada sobre las vitrinas, los mapas colgados en la pared, algunos cuadros ilustrativos que yo había conseguido de importantes museos y alguna colección particular.

Por primera vez desde la inauguración, la exposición me gustó. Me sentí orgulloso de mi labor y la consideré útil. Mi voz fue adquiriendo un tono de entusiasmo creciente. Y conforme su indiferencia se consolidaba, más crecía mi entusiasmo. Se había establecido una lucha. Me sentía superior a ella y deseaba abrumarla con profusas explicaciones. Estaba decidido a que perdiese su precioso tiempo. El tiempo es siempre precioso para los periodistas. En realidad, así fue. La mañana había concluido y la hora prevista para la entrevista se había pasado. Lo advertí, satisfecho, pero Eva no se inmutó. Nunca se había inmutado. Con sus gafas de miope, a través de las cuales no debía de haberse filtrado ni una mínima parte de la información allí expuesta, me dijo, condescendiente y remota:

–Hoy ya no podremos realizar la entrevista. Será mejor que la dejemos para mañana. ¿Podría usted venir a la radio a la una?

En su tono de voz no se traslucía ningún rencor. Si acaso había algún desánimo, era el mismo con el que se había presentado, casi dos horas antes, en mi despacho. Su bloc de notas, abierto en sus manos, seguía en blanco. Las únicas y escasas preguntas que me había formulado no tenían respuesta. Preguntas que son al mismo tiempo una respuesta, que no esperan del interlocutor más que un desganado asentimiento.

Y, por supuesto, ni una palabra sobre mi faceta de novelista. Acaso ella, una periodista tan eficiente, lo ignoraba. Tal vez, incluso, pensaba que se trataba de una coincidencia. Mi nombre no es muy original y bien pudiera suceder que a ella no se le hubiese ocurrido relacionar mi persona con la del escritor que había publicado dos novelas de relativo éxito.

Cuando Eva desapareció, experimenté cierto alivio. En seguida fui víctima de un ataque de mal humor. Me había propuesto que ella perdiese su tiempo, pero era yo quien lo había perdido. Todavía conservaba parte del orgullo que me había invadido al contemplar de nuevo mi labor, pero ya lo sentía como un orgullo estéril, sin trascendencia. La exposición se desmontaría y mi pequeña gloria se esfumaría. Consideré la posibilidad de no acudir a la radio al día siguiente, pero, desgraciadamente, me cuesta evadir un compromiso.

Incluso llegué con puntualidad. Recorrí los pasillos laberínticos del edificio, pregunté varias veces por Eva y, al fin, di con ella. Por primera vez, sonrió. Su sonrisa no se dirigía a mí, sino a sí misma. No estaba contenta de verme, sino de verme allí. Se levantó de un salto, me tendió una mano que yo no recordaba haber estrechado nunca y me presentó a dos compañeros que me acogieron con la mayor cordialidad, como si Eva les hubiera hablado mucho de mí. Uno de ellos, cuando Eva se dispuso a llevarme a la sala de grabación, me golpeó la espalda y pronunció una frase de ánimo. Yo no me había quejado, pero todo iba a salir bien. Tal vez había en mi rostro señales de estupefacción y desconcierto. Seguí a Eva por un estrecho pasillo en el que nos cruzamos con gentes apresuradas y simpáticas, a las que Eva dedicó frases ingeniosas, y nos introdujimos al fin en la cabina. En la habitación de al lado, que veíamos a través de un

panel de cristal, cuatro técnicos, con los auriculares ajustados a la cabeza, estaban concentrados en su tarea. Al fin, todos nos miraron y uno de ellos habló a Eva. Había que probar la voz. Eva, ignorándome, hizo las pruebas y, también ignorándome, hizo que yo las hiciera. Desde el otro lado del panel, los técnicos asintieron. Me sentí tremendamente solo con Eva. Ignoraba cómo se las iba a arreglar.

Repentinamente, empezó a hablar. Su voz sonó fuerte, segura, llena de matices. Invadió la cabina y, lo más sorprendente de todo: hablando de mí. Mencionó la exposición, pero en seguida añadió que era mi labor lo que ella deseaba destacar, aquel trabajo difícil, lento, apasionado. Un trabajo, dijo, que se correspondía con la forma en que yo construía mis novelas. Pues eso era yo, ante todo, un novelista excepcional. Fue tan calurosa, se mostró tan entendida, tan sensible, que mi voz, cuando ella formuló su primera pregunta, había quedado sepultada y me costó trabajo sacarla de su abismo. Había tenido la absurda esperanza, la seguridad, de que ella seguiría hablando, con su maravillosa voz y sus maravillosas ideas. Torpemente, me expresé y hablé de las dificultades con que me había encontrado al realizar la exposición, las dificultades de escribir una buena novela, las dificultades de compaginar un trabajo con otro. Las dificultades,

en fin, de todo. Me encontré lamentándome de mi vida entera, como si hubiera errado en mi camino y ya fuera tarde para todo y, sin embargo, necesitara pregonarlo. Mientras Eva, feliz, pletórica, me ensalzaba y convertía en un héroe. Abominable. No su tarea, sino mi papel. ¿Cómo se las había arreglado para que yo jugara su juego con tanta precisión? A través de su voz, mis dudas se magnificaban y yo era mucho menos aún de lo que era. Mediocre y quejumbroso. Pero la admiré. Había conocido a otros profesionales de la radio; ninguno como Eva. Hay casos en los que una persona nace con un destino determinado. Eva era uno de esos casos. La envidié. Si yo había nacido para algo, y algunas veces lo creía así, nunca con aquella certeza, esa entrega. Al fin, ella se despidió de sus oyentes, se despidió de mí, hizo una señal de agradecimiento a sus compañeros del otro lado del cristal y salimos fuera.

En aquella ocasión no nos cruzamos con nadie. Eva avanzaba delante de mí, como si me hubiera olvidado, y volvimos a su oficina. Los compañeros que antes me habían obsequiado con frases alentadoras se interesaron por el resultado de la entrevista. Eva no se explayó. Yo me encogí de hombros, poseído por mi papel de escritor insatisfecho. Me miraron desconcertados mientras ignoraban a Eva, que se había sentado detrás de su mesa y, con las gafas puestas y un bolígrafo en la mano, revolvía papeles. Inicié un gesto de despedida, aunque esperaba que me sugirieran una visita al bar como habitualmente sucede después de una entrevista. Yo necesitaba esa copa. Pero nadie me la ofreció, de forma que me despedí tratando de ocultar mi malestar.

Era un día magnífico. La primavera estaba próxima. Pensé que los almendros ya habrían florecido y sentí la nostalgia de un viaje. Avanzar por una carretera respirando aire puro, olvidar el legado del pasado que tan pacientemente yo había reunido y, al fin, permanecía demasiado remoto, dejar de preguntarme si yo ya había escrito cuanto tenía que escribir y si llegaría a escribir algo más. Y, sobre todo, mandar a paseo a Eva. La odiaba. El interés y ardor que mostraba no eran ciertos. Y ni siquiera tenía la seguridad de que fuese perfectamente estúpida o insensible. Era distinta a mí.

Crucé dos calles y recorrí dos manzanas hasta llegar a mi coche. Vi un bar a mi izquierda y decidí tomar la copa que no me habían ofrecido. El alcohol hace milagros en ocasiones así. Repentinamente, el mundo dio la vuelta. Yo era el único capaz de comprenderlo y de mostrarlo nuevamente a los ojos de los otros. Yo tenía las claves que los demás ignoraban. Habitualmente, eran una carga, pero de pronto cobraron esplendor. Yo no era el héroe que Eva, con tanto aplomo, había presentado a sus oyentes, pero la vida tenía, bajo aquel resplandor, un carácter heroico. Yo sería capaz de transmitirlo. Era mi ventaja sobre Eva. Miré la calle a través de la pared de cristal oscuro del bar. Aquellos transeúntes se beneficiarían alguna vez de mi existencia, aunque ahora pasaran de largo, ignorándome. Pagué mi consumición y me dirigí a la puerta.

Eva, abstraída, se acercaba por la calzada. En unos segundos se habría de cruzar conmigo. Hubiera podido detenerla, pero no lo hice. La miré cuando estuvo a mi altura. No estaba abstraída, estaba triste. Era una tristeza tremenda. La seguí. Ella también se dirigía hacia su coche, que, curiosamente, estaba aparcado a unos metros por delante del mío. Se introdujo en él. Estaba ya decidido a abordarla, pero ella, nada más sentarse frente al volante, se tapó la cara con las manos y se echó a llorar. Era un llanto destemplado. Tenía que haberle sucedido algo horrible. Tal vez la habían amonestado y, dado el entusiasmo que ponía en su profesión, estaba rabiosa. No podía acercarme mientras ella continuara llorando, pero sentía una extraordinaria curiosidad y esperé. Eva dejó de llorar. Se sonó estrepitosamente la nariz, sacudió su cabeza y puso en marcha el motor del coche. Miró hacia atrás, levantó los ojos, me vio.

Fui hacia ella. Tenía que haberme reconocido, porque ni siquiera había transcurrido una hora desde nuestro paso por la cabina, pero sus ojos permanecieron vacíos unos segundos. Al fin, reaccionó:

–¿No tiene usted coche? –preguntó, como si ésa fuera la explicación de mi presencia allí.

Negué. Quería prolongar el encuentro.

–Yo puedo acercarle a su casa –se ofreció, en un tono que no era del todo amable.

Pero yo acepté. Pasé por delante de su coche y me acomodé a su lado. Otra vez estábamos muy juntos, como en la cabina. Me preguntó dónde vivía y emprendió la marcha. Como si el asunto le interesara, razonó en alta voz sobre cuál sería el itinerario más conveniente. Tal vez era otra de sus vocaciones. Le hice una sugerencia, que ella desechó.

–¿Le ha sucedido algo? –irrumpí con malignidad–. Hace un momento estaba usted llorando.

Me lanzó una mirada de odio. Estábamos detenidos frente a un semáforo rojo. Con el freno echado, pisó el acelerador.

–Ha estado usted magnífica –seguí– Es una entrevistadora excepcional. Parece saberlo todo. Para usted no hay secretos.

La luz roja dio paso a la luz verde y el coche arrancó. Fue una verdadera arrancada, que nos sacudió a los dos. Sin embargo, no me perdí su suspiro, largo y desesperado.

–Trazó usted un panorama tan completo y perfecto que yo no tenía nada que añadir.

–En ese caso –replicó suavemente, sin irritación y sin interés–, lo hice muy mal. Es el entrevistado quien debe hablar.

Era, pues, más inteligente de lo que parecía. A lo mejor, hasta era más inteligente que yo. Todo era posible. En aquel momento no me importaba. Deseaba otra copa. Cuando el coche enfiló mi calle, se lo propuse. Ella aceptó acompañarme como quien se doblega a un insoslayable deber. Dijo:

–Ustedes, los novelistas, son todos iguales.

La frase no me gustó, pero tuvo la virtud de remitir a Eva al punto de partida. Debía de haber entrevistado a muchos novelistas. Todos ellos bebían, todos le proponían tomar una copa juntos. Si ésa era su conclusión, tampoco me importaba. Cruzamos el umbral del bar y nos acercamos a la barra. Era la hora del almuerzo y estaba despoblado. El camarero me saludó y echó una ojeada a Eva, decepcionado. No era mi tipo, ni seguramente el suyo.

Eva se sentó en el taburete y se llevó a los labios su vaso, que consumió con rapidez, como si deseara concluir aquel compromiso cuanto antes. Pero mi segunda copa me hizo mucho más feliz que la primera y ya tenía un objetivo ante el que no podía detenerme.

–¿Cómo se enteró usted de todo eso? –pregunté–. Tuve la sensación de que cuando me visitó en la Biblioteca no me escuchaba.

A decir verdad, la locutora brillante e inteligente de hacía una hora me resultaba antipática y no me atraía en absoluto, pero aquella mujer que se había paseado entre los manuscritos que documentaban las empresas heroicas del siglo XVII con la misma atención con que hubiese examinado un campo yermo, me impresionaba.

–Soy una profesional –dijo, en el tono en que deben decirse esas cosas.

–Lo sé –admití–. Dígame, ¿por qué lloraba?

Eva sonrió a su vaso vacío. Volvió a ser la mujer de la Biblioteca.

–A veces lloro –dijo, como si aquello no tuviera ninguna importancia–. Ha sido por algo insignificante. Ya se me ha pasado.

–No parece usted muy contenta –dije, aunque ella empezaba a estarlo.

Se encogió de hombros.

–Tome usted otra copa –sugerí, y llamé al camarero, que, con una seriedad desacostumbrada, me atendió.

Eva tomó su segunda copa más lentamente. Se apoyó en la barra con indolencia y sus ojos miopes se pusieron melancólicos. Me miró, al cabo de una pausa.

–¿Qué quieres? –dijo.

–¿No lo sabes? –pregunté.

–Todos los novelistas... –empezó, y extendió su mano.

Fue una caricia breve, casi maternal. Era imposible saber si Eva me deseaba. Era imposible saber nada de Eva. Pero cogí la mano que me había acariciado y ella no la apartó. El camarero me dedicó una mirada de censura. Cada vez me entendía menos. Pero Eva seguía siendo un enigma. Durante aquellos minutos –el bar vacío, las copas de nuevo llenas, nuestros cuerpos anhelantes– mi importante papel en el mundo se desvaneció. El resto de la historia fue vulgar.

Saturday, January 14, 2012

Uso de qué y que.

¿Cuándo usamos la tilde en qué y cuándo no?
La forma más sencilla de aprenderlo, es recordar que le ponemos tilde a la palabra qué cuando la usamos en una pregunta, en una exclamación, o cuando se convierte en el sustantivo. Muchas de las dudas surgen porque no siempre se escribe una pregunta o una exclamación con sus signos correspondientes y esto es lo que muchas veces se presta a confusión. Veamos unos ejemplos para ser más claros.

1. Sentido interrogativo con uso explícito de signos de interrogación:
¿Qué hora es?

2. Sentido interrogativo sin uso explícito de signos de interrogación:
 “No se por qué me dieron miedo” 

(frase tomada del cuento “Médium” de Pío Baroja (http://yquemecuentas.blogspot.com/2011/12/medium-por-pio-baroja.html)
.
3. Sentido exclamativo con uso explícito de signos de interrogación:
¡Y qué me cuentas!

4. Sentido exclamativo sin uso explícito de signos de interrogación: 
"Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas…” 

(oración tomada del cuento “Espantos de agosto” de Gabriel García Márquez   http://yquemecuentas.blogspot.com/2011/12/espantos-de-agosto-por-gabriel-garcia.html#links)

El uso más difícil para una persona que aprende español es cuando qué se convierte en sustantivo, pero no se preocupen, no se usa mucho. Un ejemplo es:

5. Sustantivo -  Es importante el qué, no el cómo.

Aclarando lo anterior, será fácil recordar que todos los demás usos de que se usan sin tilde escrita.

¡Saludos!

Thursday, January 12, 2012

Ejercicio de lectura y escritura de "A la deriva" de Horacio Quiroga

Para leer el cuento relacionado con este ejercicio, haga clic aquí.

Hola Ramón,

Gracias por subir el cuento para los seguidores del blog. Lo leímos anoche en la clase e hicimos el ejercicio de las 8 palabras:

1. Dislocándose – dislocating
2. Arrancar – to pull out, tear out
3. El tobillo – the ankle
4. La caña – sugarcane, reed, rum
5. A la deriva – adrift
6. A la par – at the same time
7. Reponerse – to recover
8. La canoa – the canoe

El cuento escrito con estas palabras es el siguiente:

A la deriva en un río de caña

Su vida estaba a la deriva, como una canoa que estaba arrancada del muelle. A la par, vio por la ventana que el taller no estaba reponiendo su carro. Pateó la pared dislocándose el tobillo. Es porque “necesitaba“ mucha caña, sin pensar que era la caña la fuente de todos sus problemas.



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Hola grupo ¡Y qué me cuentas!

En su historia usan “a la par” dando el significado de “al mismo tiempo”.  Sin embargo la forma en la que lo utilizan no es la correcta. ¿Por qué? Vemos el ejemplo directamente del cuento. En el cuento dice:

“Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par.”

Es decir, dos cosas sucedían al mismo tiempo. La primera eran los dolores, y el segundo era la sequedad de la garganta. Ustedes en su cuento usan “a la par” para unir un estado permanente (“la vida está a la deriva”) con una acción en pasado ( “vio por la ventana”), no dos acciones que se dan simultáneamente en un mismo tiempo. Si quieren usar “la vida está a la deriva” con “a la par” podían decir:

 “Su vida está a la deriva a la par que su cuenta de cheques está vacía”.

 De esta manera las dos acciones concuerdan en un sentido de permanencia. Espero no haberlos enredado.

En relación con la frase “… el taller no estaba reponiendo su carro”, no me quedó claro lo que quisieron decir. ¿Alguno de ustedes me lo quisiera aclarar? Ya saben, suban su participación en el link de “comentarios” así como sus historias personales.

Saludos
Ramón Talavera